El vuelo de la ceniza (Noxvalia nº 3) CAPÍTULO 16 EL SILBATO DE VAPOR (Isolda)
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CAPÍTULO 16 EL SILBATO DE VAPOR (Isolda)

Un bramido metálico surca el aire enrarecido de la cripta y rompe, como un hachazo de hierro, el magnetismo de su mirada.

Parpadeo de forma precipitada, apartando mis ojos claros de sus orbes de ámbar dorado antes de que la estática termine de derretir mi cordura militar.

La proximidad de Malphas sigue aprisionándome contra la mole de obsidiana mate, pero mi cuerpo, habituado a la disciplina de los cuarteles, recupera su naturaleza carnal y reactiva ante el peligro exterior.

—¿Escuchas eso? —pregunto en un susurro, sintiendo el vaho helado de mi aliento chocar directo contra su epidermis pálida.

Él no responde. Se limita a replegar sus alas masivas con un lánguido sonido de seda vegetal maltratada, tensando la musculatura fibrosa de su torso bajo la claridad espectral del presbiterio.

Afuera, un silbato de vapor de alta presión delata la llegada de las unidades pesadas de la resistencia administrativa de la ciudad.

El pavor a una emboscada inminente acelera mi pulso de forma febril.

De pronto, una vibración rítmica y hostil sacude el bolsillo de mi casaca táctica.

Meto la mano con presteza, tropezando con las correas de cuero tratado, y extraigo la placa de pizarra imbuida que guardaba junto a mi daga de hierro frío.

La superficie analógica se enciende en un destello cianótico.

Las líneas rúnicas comienzan a surcar el plano, mostrando un grabado mecánico febril que se materializa mediante tinta de éter azul cobalto.

Acerco el cristal a mis ojos, desprovista de toda compostura.

Mis dedos surcan los bordes de bronce mientras leo el telegrama analógico enviado en código de supresión desde los talleres mecánicos del subsuelo.

Las palabras se graban con una fijeza macabra: la Injunción de Hierro ha firmado mi sentencia definitiva.

Mi nombre de pila, Isolda, aparece impreso en caracteres de un cobalto profundo, seguido de los cargos que sepultan mi rango: insubordinación moral, connivencia con el enemigo místico y complicidad biológica en el Velo.

He profanado mis votos. Han puesto precio a mi cabeza por alta traición y la orden de purificación inmediata ya ha recorrido las calderas de la ciudad. La pesadumbre me cae sobre los hombros con el pánico oclusivo del granito viejo. Ya no soy una cazadora; soy la presa.

—Me han declarado traidora —mascullo, y mi voz autoritaria se quiebra ante la magnitud del tormento que desmorona mi antigua realidad.

Malphas inclina sus sienes pálidas hacia la placa, barriendo el texto con una ironía cortante que ataca mis últimos remordimientos morales.

—¿Le sorprende que su herrumbre administrativa reclame su cuello, inquisidora? —su susurro aterciopelado me roza el oído, destilando una sofisticada soberbia que me eriza el vello de los brazos—. Le advertí que el acero de sus iguales no entiende de lealtades lánguidas cuando el éter escasea.

No tengo tiempo para responder a su arrogancia decadente.

Un estallido violento destruye la penumbra del templo.

Focos cegadores de luz blanca pura cruzan los vitrales góticos superiores, proyectando las sombras alargadas de las gárgolas durmientes sobre el altar de obsidiana.

El claroscuro se vuelve violento. La atmósfera se satura al instante por el olor acre de la combustión de calderas y el aceite caliente que exudan los engranajes de la Injunción al desplegarse en el perímetro.

Entonces, el pavor se vuelve acústico. El sonido rítmico y marcial de las botas de metal de los Purificadores rodea por completo los accesos inferiores de la plaza.

El rechinar hidráulico de los inyectores de supresión delata que las unidades pesadas han tomado los contrafuertes.

El Distrito de los Lamentos está oficialmente sitiado y la única salida nos exige saltar hacia el vacío.