CAPÍTULO 15 EL SABOR DE LA TRAICIÓN (Malphas)
La frialdad mineral de la gema bendita cede bajo el cuero de mis dedos enguantados.
Al arrancar el Cristal de Éter Puro de su suspensión sobre el bloque masivo de obsidiana, una sacudida galvánica recorre la fisonomía de mis brazos, encendiendo los canales capilares que surcan mi epidermis pálida.
El flujo azul cobalto, aletargado y marchito por la ponzoña del hierro frío, brama de golpe con una urgencia febril.
Siento cómo la sustancia bioluminiscente avanza de forma precipitada hacia el núcleo de mi pecho, mitigando la pesadumbre del desgaste biológico y devolviendo la iridiscencia aceitosa a los raquis entumecidos de mi ala derecha.
El aire enrarecido del presbiterio, cargado de incienso denso y cera de vela de sebo derretida, se llena de un aroma punzante a ozono liberado tras la magia.
Sostengo la vida en un puño místico, pero la salvación posee un regusto amargo.
Me vuelvo despacio, arrastrando las botas de montar por el mármol antiguo del altar, y la contemplo.
Isolda permanece estática bajo la bóveda gótica, con la silueta recortada por la claridad espectral cian que fluye desde la base del cristal.
Está cubierta con la seda negra de mi camisa abierta, una prenda aristocrática que cuelga de sus hombros y contrasta de forma impúdica con la rigidez de sus correas utilitarias y su uniforme de lona desgarrado.
Tiene la mirada fija en el ventanal alto, donde la lluvia reciente humedece la porcelana opaca.
Sé qué es lo que observa con tal zozobra. El reflejo de la luminiscencia mística proyecta en el vidrio la sombra invertida de un ala fracturada latiendo con fuerza en su propia espalda.
Su mente mortal está asimilando el paroxismo de su quiebre moral.
Lo ha destruido todo. Ha profanado su juramento definitivo, ha entregado su cordura doctrinal y ha pulverizado su rango militar ante la Injunción de Hierro por el único propósito de evitar mi caída hacia la invalidez del suelo.
Un escalofrío de pavor puramente humano tensa sus nudillos cicatrizados, obligándola a aferrar la empuñadura de su daga con una debilidad que me deshace las certezas.
Ella, la cazadora implacable adiestrada para mi exterminio, se encuentra ahora varada en el limbo de los proscritos.
Una mutación imprevista altera mi juicio.
Al ver su espíritu atormentado por la magnitud de su traición, la habitual altivez de mi estirpe se disuelve en el silencio denso del templo.
Mi arrogancia cae, desmenuzada como la seda vegetal que el fósforo azul reduce a ceniza.
Comprendo, con una melancolía elegante y sombría, que la protección que esta mujer me brinda no nace del pavor a sus antiguos iguales ni de una tregua estratégica.
Esto es un vínculo de esencia biológico y metafísico, una simbiosis sagrada que ha decretado que nuestras teces pertenezcan al mismo engranaje de supervivencia.
—Ha profanado su altar, inquisidora —le digo, y mi voz aterciopelada y melódica arrastra un eco cortante que quiebra la solemnidad mineral del espacio— —.
Ha quemado sus informes y ahora su reflejo porta la firma cromática de mis cielos.
¿Le pesa el sabor del acero profano, o es que empieza a comprender que su libertad se escribe con la misma tinta de éter que mis venas?
Isolda no retrocede. Aparta los ojos claros del ventanal y me sostiene la mirada con un desafío que late al compás febril de su Marca.
—No hables de libertad, alado —masculla, y su tono directo prescinde de cualquier adorno cortesano— —. Esto es una condena forzada. Una cadena que me une al monstruo que juré purificar.
—Entonces compartamos la jaula.
Avanzo con un paso precipitado, anulando los metros de distancia que transforman la penumbra en un tormento insoportable.
Corto el aire enrarecido hasta irrumpir en su Refugio carnal, forzando una proximidad donde la lona de su casaca táctica roza el terciopelo gélido de mis alas replegadas.
Nos detenemos de forma febril, a escasos milímetros, hasta que nuestros pechos casi se tocan y el vaho helado que escapa de sus labios se mezcla con mi aliento de invierno en un Slow Burn que nos oprime los pulmones.
Suspendo mi mano enguantada sobre su hombro, sin llegar a tocarla, desatando una acumulación de estática mística que hace vibrar las pasarelas metálicas del triforio superior.
Mi mirada dorada recorre la fragilidad de sus labios bajo la iluminación agonizante del neón de la calle, suspendiendo el transcurrir efímero de la persecución en una tortura que se vuelve un pavor devorador.
Ninguno se aparta; ninguno cede. La entrega de su calor vital es la única frontera que me aparta de la locura feral, y la firma de mi silencio es el único escudo que la mantendrá con vida.