El vuelo de la ceniza (Noxvalia nº 3) CAPÍTULO 14 SOMBRAS EN LA CATEDRAL (Isolda)
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CAPÍTULO 14 SOMBRAS EN LA CATEDRAL (Isolda)

El peso de la seda negra es un recordatorio constante de mi claudicación.

La prenda de Malphas me cubre el uniforme de lona desgarrado, pero el tejido es demasiado fino para detener el frío gélido que asciende desde los adoquines mohosos del subsuelo.

Avanzamos en una penumbra rota únicamente por las irisaciones azuladas que flotan sobre las aguas residuales; guío al ser alado de regreso al Distrito de los Lamentos a través de las redes de alcantarillas y los pasadizos de servicio clandestinos que solo los cazadores de mi antigua orden conocen.

A cada paso rítmico de mis botas, el siseo del vapor de los pistones industriales resuena en los conductos de bronce, un eco mecánico que me oprime el pecho con una pesadumbre insoportable.

Sé que estoy profanando cada voto que juré en el Cuartel de la Injunción de Hierro, pero la sospecha analítica me quema la cordura de una forma más voraz que el pavor a la ejecución por traición. Nos han usado.

Nos convirtieron en herramientas de limpieza mientras la tecnocracia desecaba el Velo.

Miro de reojo a la criatura que se desliza a mi flanco: su fisonomía pálida acusa la extenuación biológica, y sus alas masivas se arrastran por el suelo de granito con el lánguido crujido de la seda vegetal maltratada.

Si su núcleo de éter sufre una parálisis definitiva antes de alcanzar el Archivo de las Sombras, la corrupción feral lo devorará por completo.

—La entrada de los criptopórticos está detrás de la esclusa de bronce —le digo, sin recortar los centímetros de distancia que transforman nuestra marcha en una tortura de proximidad forzada—.

Sube despacio. Tus sentidos hiperdesarrollados no tolerarán la estática si los quemadores de la superficie están encendidos.

Malphas curva los labios con una ironía cortante, entornando sus ojos de ámbar dorado bajo la opacidad de los túneles.

—Preocúpate por tu propia epidermis mortal, inquisidora —responde, y su voz aterciopelada vibra con una sofisticada soberbia que me surca las sienes como una cuchilla—. El vacío térmico de mi sistema es un regalo comparado con la zozobra que te deforma el pulso. Estás temblando bajo mi seda.

—Tiemblo de asco, Malphas —replico, forzando a mis nudillos cicatrizados a aferrar la empuñadura de mi daga de hierro frío para no ceder ante el magnetismo de su cercanía.

Ascendemos por la angosta escalera de caracol que conduce al presbiterio.

Al empujar la plancha de plomo de la trampilla, la atmósfera gótica, solemne y gélida de la Catedral de los Lamentos nos sepulta de golpe.

Penetramos en los criptopórticos inferiores.

El espacio es colosal, un laberinto de muros tallados en ébano y bloques de granito negro mate que parecen succionar la luz de las lámparas de la calle.

El aire aquí arriba está enrarecido, saturado por un aroma denso a incienso, cera de vela de sebo derretida y la frialdad mineral del mármol antiguo.

Avanzamos en penumbra hacia el Altar Mayor.

El objetivo es preciso: sustraer el Cristal de Éter Puro que flota sobre el bloque masivo de obsidiana.

Es un fragmento bioluminiscente del tamaño de un puño, una gema de éter concentrado que repelerá la parálisis del dardo y devolverá la consistencia mística a sus raquis antes de descender hacia el búnker clandestino.

Doy un paso precipitado hacia el presbiterio, pero al cruzar el umbral del estrado de obsidiana, el silencio denso del templo es quebrado por un rumor macabro.

En los arbotantes superiores y las cornisas del techo abovedado, las gárgolas durmientes se agitan con un movimiento orgánico.

Los relieves del granito gimen suavemente con un crujido mineral que reverbera en las naves laterales.

No es una transformación feral total, sino la reacción reactiva de los Lithos en hibernación ante mi profanación.

Sus párpados de piedra se entornan, reconociendo la traición de la ex-inquisidora que ahora protege al alado de sangre.

—Isolda... —el susurro de Malphas me intercepta por la espalda; extiende su mano enguantada y la suspende sobre mi hombro derecho sin llegar a rozar la lona de mi uniforme.

El casi contacto detona el paroxismo místico en mi omóplato.

La Marca con forma de ala fracturada despierta con una descarga eléctrica subsónica tan violenta que me obliga a arquear la espalda contra la palidez de su torso, cerrando los ojos ante el parpadeo de la filigrana.

La Marca brilla con un azul gélido e intermitente que traspasa las costuras de la seda negra, inundando el presbiterio con una claridad espectral cian que ilumina nuestras facciones duras desde abajo, dándonos el aspecto de dos espectros condenados.

Me obligo a abrir los párpados, conteniendo un gemido febril ante la estática del vínculo.

Al mirar el altar, descubro que el Cristal de Éter Puro ha reaccionado a la onda expansiva de nuestra simbiosis.

La gema cobalto late desbocada, proyectando sobre los muros de granito sus sombras invertidas de luz azul.

Giro el rostro hacia el ventanal agrietado y mi corazón se congela ante el reflejo que devuelve la porcelana: la luminiscencia cianótica del cristal dibuja con una nitidez aterradora la silueta perfecta de una enorme ala fracturada latiendo con una fuerza salvaje en mi propia espalda, sellando mi condena definitiva ante el orden de los hombres.