CAPÍTULO 13 EL CÓDIGO DE LA SEDA (Malphas)
La humedad asfixiante de la torre de bronce se me mete bajo las escamas invisibles de los raquis, pero es la fisonomía de la ex-inquisidora lo que altera mi compás biológico.
Reparo en ella con una fijeza felina, midiendo la agitación carnal de sus hombros mientras intenta remendar su orgullo herido.
El uniforme de lona táctica modificado, ese caparazón rígido con el que pretendía cazar a los de mi estirpe, cede ante la fatiga de la persecución; los filamentos de las pasarelas metálicas han surcado el tejido, rasgándolo de forma impía.
A través de la abertura deshilachada de la lona, la filigrana gélida de su omóplato derecho queda expuesta a la penumbra.
Su Marca, ese mapa de ala fracturada que delata su condición de Ancla humana, late con un fulgor mortecino, un destello azulado que reclama un equilibrio místico que mi orgullo aristocrático se resiste a conceder.
—Tu orden te ha provisto de un blindaje deficiente para las alturas, Isolda —le digo, rompiendo el silencio denso con una inflexión donde mi voz aterciopelada recupera su habitual cadencia de sofisticada ironía—. Semejante lona áspera solo sirve para acumular el hollín de los distritos bajos.
Isolda clava sus ojos claros en los míos, endureciendo la mandíbula angulosa mientras oprime el paño contra el antebrazo herido. Su respuesta es directa, desprovista de las cortesías de mi linaje.
—Este tejido resiste el hierro frío, Malphas —masculla, sosteniendo la empuñadura de su daga con unos nudillos cicatrizados que delatan su pavor contenido—. Algo que tu preciada seda negra no haría si decidiera cobrarme la profanación de mis votos.
Ignoro su hostilidad reactiva con un ademán de refinada caballerosidad.
Cruzo el espacio escaso que nos separa en la maquinaria del puesto de control abandonado, arrastrando las botas sobre las rejillas oxidadas del Sifón.
Junto al tablero analógico de presiones, abro un cofre de bronce corroído por el salitre y extraigo una de mis camisas de seda negra, una prenda abierta de hilado grueso y pesado, diseñada para el aislamiento de los niveles superiores.
Me despojo de mi gabardina larga, exponiendo la palidez de mi torso recorrido por venas de éter azul cobalto, y sostengo la tela entre mis manos.
—La rigidez militar es una farsa lánguida cuando el aire se vuelve escaso —le aseguro, ofreciéndole la prenda sin recortar los centímetros de distancia que transforman la penumbra en una tortura de proximidad forzada—.
Cúbrete. No toleraré que mi Ancla muera de un pavor térmico antes de que alcancemos las trampillas del subsuelo.
Isolda contempla la seda con una sospecha analítica, moralmente atormentada por la necesidad de aceptar el Refugio de su enemigo. Tras un segundo de duda, toma la prenda de mala gana.
Al deslizar sus brazos por las mangas oscuras para ocultar la Marca de su espalda, el transcurrir efímero de la huida parece detenerse quirúrgicamente en el interior de la torre.
El aroma a sándalo e incienso que arrastrábamos de la Catedral se confunde con el olor acre a madera podrida por la llovizna y el perfume de la seda vegetal.
Es durante ese intercambio febril donde el engranaje del destino sufre un paroxismo biológico.
Isolda tira del tejido con demasiada celeridad; la tela se traba en las correas de su cinto y, en un intento por acomodarla, los dedos enguantados de mi mano derecha rozan de forma accidental la epidermis descubierta de su muñeca.
No hay contacto directo de piel; el cuero fino de mi guante interpone una barrera de milímetros contra la calidez de su tez mortal, pero la proximidad del Ancla es un pararrayos implacable que surca mi sistema místico.
El casi contacto desata una descarga de éter de una violencia inaudita, sacudiendo nuestros núcleos con una resonancia gélida y subsónica.
Una corriente eléctrica de azul cobalto explota desde el nexo de su Marca y recorre los raquis de mis alas masivas con un zumbido sutil que me deforma las sienes.
La energía mística es tan brutal que altera el magnetismo de la Machinery; a través de los ventanales agrietados, las farolas de gasneón exteriores parpadean al unísono en toda la Orilla, extinguiendo su resplandor mortecino violeta y cian antes de estallar en un crujido eléctrico que nos condena a la opacidad absoluta del canal.
En mitad de la neblina del Velo, solo nos sostiene el fulgor salvaje de nuestras esencias entrelazadas.