CAPÍTULO 12 INTERROGATORIO EN LA PENUMBRA (Isolda)
El dolor en mi antebrazo posee una precisión mecánica, un pinchazo constante que me devuelve a la realidad de mi propia fragilidad carnal.
Aislada en las entrañas de la maquinaria hueca del sifón, presiono un paño de lona áspera contra la incisión que el metal mate dejó en mi epidermis.
El tejido absorbe el fluido espeso mientras intento, de manera desesperada, recuperar la compostura militar que me arrebataron en la fortaleza.
Es un esfuerzo lánguido. Mis manos, curtidas en el manejo de armas y marcadas por las cicatrices del entrenamiento en los nudillos, tiemblan sutilmente, no por el pavor a la oscuridad absoluta que nos rodea, sino por la cercanía forzada de la criatura que descansa a mi lado.
Respiro despacio.
El aire aquí dentro es escaso, confinado por las colosales paredes de bronce de la torre.
La penumbra densa se ve interrumpida de forma quirúrgica por el flujo cianótico y bioluminiscente que emana de las grandes tuberías de cristal de la base, donde el éter líquido condensado corre con un ronroneo grave que me vibra directamente en el pecho.
La atmósfera es asfixiante; la humedad extrema hace que la herrumbre de cobre y el óxido se condensen en los remaches, desprendiendo un olor metálico que se mezcla con el aroma a lluvia y ozono que Malphas exhala tras la estabilización de sus alas.
Él permanece de pie, apoyado contra un pistón inerte con esa sofisticada arrogancia que ninguna herida parece capaz de morder.
Su fisonomía pálida y felina capta los reflejos cian de los tubos, dotando a sus ojos de ámbar dorado de una claridad espectral que me vigila sin descanso.
El brillo azul cobalto de sus venas, antes parpadeante y quebrado, ha recuperado su curso armónico, delatando que mi proximidad biológica ha consumado el prodigio de anclar su esencia vital.
El pavor inicial de la huida empieza a replegarse, cediendo su lugar a una sospecha analítica que no puedo contener. Mis años en la Injunción de Hierro me enseñaron a buscar el orden, a catalogar el peligro místico antes de que degenere en la locura del estado feral.
—Los manuales de la orden dictan que los tuyos cazan por pura corrupción —le digo, rompiendo el silencio denso con un tono directo, desprovisto de los adornos de la retórica cortesana— —. Que el consumo de éter en tu raza es un acto de parasitismo insaciable que devora la consistencia del Velo.
Malphas curva los labios en una sonrisa lánguida, un ademán de elegancia decadente que tensa la seda negra de su camisa abierta. Su voz, aterciopelada y melódica, surca la humedad de la torre con la lentitud de un insulto sofisticado.
—Los manuales de tus carceleros están escritos con el miedo de los seres terrenales, inquisidora —responde, dando un paso precipitado hacia el límite de mi puesto de roble— —.
¿De verdad crees que filtramos la esencia por vicio?
Necesitamos la resonancia para mantener la cohesión física de nuestras plumas.
Sin ella, somos ceniza. Aunque noto que tu doctrina militar se resquebraja con la misma facilidad que el papel viejo cuando mi mano se aproxima a tu Marca.
—No tientes a mi acero, Malphas —replico, apretando el paño contra la carne herida, sintiendo la zozobra de mi propia debilidad mortal ante su agilidad hiperdesarrollada—. Mi daga sigue en el cinto, y el hierro frío no entiende de galanterías aristocráticas.
—Tu daga es solo un fragmento de metal gélido frente a la simbiosis biológica que nos une, Isolda —su susurro es cortante como una cuchilla, cargado de un subtexto erótico y altivo que me altera las sienes— —.
Tu Marca con forma de ala fracturada no miente.
Late porque mi vuelo te reclama. Me necesitas cuerdo tanto como yo necesito tu calor para no volverme feral.
Escucho sus evasivas y, de pronto, las piezas del engranaje encajan en mi mente con una lucidez atormentada.
Recuerdo los Sifones Atmosféricos de la superficie, las calderas analógicas drenando el Velo día y noche para propulsar la industria de la ciudad, mientras la propaganda militar mostraba a los seres alados como simples plagas destructivas.
El desgarro del cenit que presenciamos en la plaza no fue provocado por su magia, sino por la sobreexplotación humana que ha adelgazado la membrana hasta el paroxismo.
La Injunción de Hierro nos ha mentido sistemáticamente.
Nos convirtieron en verdugos ciegos de una fisonomía que desconocíamos, ocultando que las Anclas humanas somos la única salvaguarda biológica capaz de parchear las grietas de Noxvalia.
La pesadumbre de mi traición se transforma en una agonía moral profunda: he profanado mis votos por una verdad que me convierte en el enemigo de todo lo que juré proteger.
—Nos usaron... —mascullo, y la palabra se pierde en el rumor líquido de los canales.
Malphas no responde con palabras. Da un paso definitivo, eliminando los últimos centímetros de distancia entre nuestros cuerpos.
La opacidad de la torre nos encierra mientras él reduce el espacio escaso a una tortura de proximidad forzada.
El vaho helado que escapa de mis labios se mezcla de forma febril con su aliento gélido, interrumpiendo las frases que pretendo articular.
No hay roce carnal, no hay contacto directo de piel, pero la acumulación de estática mística sacude nuestros núcleos con una descarga eléctrica palpable que me obliga a clavar la mirada en sus orbes dorados.
Es un Slow Burn asfixiante, una devoción sombría y prohibida que nace del pavor mutuo y que me condena a depender de mi propio captor en el silencio del subsuelo.