El vuelo de la ceniza (Noxvalia nº 3) CAPÍTULO 11 EL PARARRAYOS DE ÉTER (Malphas)
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CAPÍTULO 11 EL PARARRAYOS DE ÉTER (Malphas)

El impacto contra la pasarela metálica resuena en la estructura de bronce con el crujido sordo de una maquinaria vieja que ha forzado sus engranajes.

Mis pies golpean el suelo de rejilla y la debilidad biológica de mis huesos huecos cede ante el peso de dos cuerpos, arrancándome un bufido que arrastra el vaho helado de mi garganta.

No hay elegancia en el aterrizaje, solo la urgencia precipitada de la supervivencia.

De inmediato, muevo mis extremidades superiores en un resorte instintivo y ejecuto el repliegue de mis alas masivas, curvándolas para formar un caparazón de plumas negras que aísle el cuerpo de Isolda de la llovizna constante que cae del cenit.

Nos envuelve una penumbra densa, una celda vegetal donde la humana permanece estática contra mi pecho.

Puedo percibir la agitación carnal de sus pulmones, el transcurrir efímero de sus latidos mortales chocando directo contra la palidez de mi fisonomía.

Durante un segundo suspendido, el silencio denso del sifón atmosférico nos sepulta, roto únicamente por el chapoteo rítmico y pesado del agua negra del canal cien metros más abajo.

Me aparto de ella con celeridad aristocrática, reacio a permitir que sus ojos claros presencien la decrepitud de mi linaje.

Doy un paso hacia atrás, arrastrando las botas por el metal mohoso de la plataforma superior, e intento erguirme detrás de la barandilla de cobre para recuperar mi habitual soberbia.

El tormento me carcome los tendones. La Injunción me ha quebrado; el roce del dardo supresor de hierro frío ha dejado una herrumbre química en mi ala derecha que bloquea el flujo armónico de mi energía.

—No te acerques —le advierto, pero mi voz melódica se rompe en un susurro cortante, desprovisto de la sofisticación que solía someter a los de mi estirpe.

Isolda no obedece. Se incorpora sobre las manos, con las correas de cuero de su uniforme dañado colgando y la lona rasgada exponiendo la filigrana cianótica de su espalda.

Me contempla con una mezcla de pavor militar y sospecha analítica, manteniendo los nudillos cicatrizados fijos en el suelo húmedo. Su calor mortal flota en el ambiente gélido, un Refugio que mi pavor a la invalidez anhela de forma desesperada.

—Estás perdiendo la cohesión mística, Malphas —dice ella, y su tono directo prescinde de adornos administrativos— —. Tu ala se desintegra.

Es verdad. Reviso la juntura del raquis derecho con una lánguida pesadumbre.

Espero encontrar el desastre definitivo, la parálisis que me condene a ser un ser terrenal desprovisto del don del vuelo.

Sin embargo, al fijar la mirada bajo la claridad gélida que nos rodea, mis ojos de ámbar dorado acusan un prodigio biológico inaudito.

La degradación mística se ha detenido de golpe.

Las plumas que antes caían convertidas en copos de ceniza grisácea sobre los tejados de la Catedral han frenado su desintegración química. El polvo negro cesa de desprenderse.

Con una lentitud febril, observo cómo los raquis negros absorben una luminiscencia azul cobalto que asciende desde la base de mi torso, devolviendo la iridiscencia aceitosa con destellos de petróleo a las barbas de mi seda vegetal.

El dolor punzante de la supresión amaina, sustituido por un zumbido eléctrico que me estabiliza el núcleo vital.

Miro a la ex-inquisidora, estupefacto.

Ella permanece a un metro de distancia, guardando un espacio escaso que condensa la niebla del Velo a nuestro alrededor.

No hay contacto físico entre nosotros; nuestras teces no se han rozado, pero la Marca de su omóplato derecho destella con una resonancia gélida que armoniza de forma biológica con el paroxismo de mis latidos.

Comprendo la verdad fundamental que la tecnocracia humana pretendía exterminar.

Isolda actúa como un pararrayos de éter vivo. Su sola proximidad carnal absorbe la corrupción del hierro frío, sirviendo como un pararrayos emocional que ancla mi fisonomía a la realidad para que mi conciencia no sucumba al estado feral.

Un escalofrío de pavor puramente espiritual me recorre el sistema al asimilar la magnitud del nexo. Estoy encadenado a mi perseguidora.

Ella es mi Ancla, una dependencia química y biológica de la que mi orgullo jamás podrá escapar si deseo conservar mis alas.

Su calidez mortal es la frontera que me separa de convertirme en una bestia destructiva de energía pura, y esa certeza es una cadena que el hierro de sus iguales jamás logrará romper.