El vuelo de la ceniza (Noxvalia nº 3) CAPÍTULO 10 LA SINERGIA DEL AIRE (Isolda)
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CAPÍTULO 10 LA SINERGIA DEL AIRE (Isolda)

El vacío no posee asideros.

Es una masa invisible que golpea, que arranca las certezas del cuerpo y convierte la gravedad en un verdugo inclemente.

Al caer, experimento la pérdida absoluta de control sobre mis propios miembros; el viento gélido de la altura ruge con una saña tal que congela el aire en el fondo de mis pulmones, transformando cada intento de inhalación en un espasmo doloroso.

Noxvalia se convierte en un remolino desquiciado de piedra viva y herrumbre que gira a una velocidad febril ante mis ojos claros.

No hay pasarelas de rejilla metálica que me sostengan, no hay barandillas de granito a las que aferrarme.

Solo hay una caída limpia y desbocada hacia los adoquines del nivel inferior.

Mi mente mortal, privada del suelo firme, acusa de inmediato la pesadumbre del transcurrir efímero.

Cada segundo se dilata, pesado y lánguido, desprovisto por completo de las certezas terrenales que me grabaron a fuego durante mi antiguo entrenamiento militar en el Cuartel de la Injunción de Hierro.

En las academias de la superficie te enseñan a medir el ángulo de una ballesta y a predecir la trayectoria de un proyectil de hierro frío, pero nadie te adiestra para la indefensión absoluta de los cielos.

El pavor a acabar desparramada como un residuo de ceniza sobre el pavimento me nubla el juicio.

Para no morir destrozada contra los adoquines húmedos que aguardan abajo, me veo forzada a romper mi propia doctrina de aislamiento.

Olvido los votos de la orden, desprecio el pánico a la supresión mística y rodeo el torso de Malphas con mis brazos, aferrándome con desesperación a su anatomía no humana.

Mis dedos, rígidos por el frío gélido del descenso, se clavan en la seda negra de su camisa abierta.

Su tacto no es el de un cuerpo mortal; bajo el tejido se adivina una musculatura fibrosa, extraña, diseñada para un aislamiento que mi especie jamás debió violar.

—¡Sostenme! —le grito, pero la palabra es devorada instantáneamente por el silbido del viento gélido entre los contrafuertes.

Malphas responde replegando sus masivas alas negras a nuestro alrededor, envolviéndonos en un manto de plumas que cruje con el tañido lúgubre de la seda vegetal maltratada por la ventisca.

En el mismo instante en que me encajo contra su pecho, la Marca oculta bajo mi casaca táctica sufre una violenta mutación térmica.

La filigrana con forma de ala fracturada, que hasta hace un segundo me abrasaba los tendones con un paroxismo de calor febril, se estabiliza de golpe en una vibración de frío gélido.

Es una descarga mística que recorre mi omóplato derecho y se extiende hacia mi brazo, armonizando su frecuencia de forma biológica con los latidos pausados del ser alado.

La estática de nuestro vínculo de esencia disminuye su violencia, transformándose en una resonancia sutil, un zumbido eléctrico residual que tiembla en mi interior y templa el pánico de mi ánima.

El descenso vertical continuo nos arrastra hacia los niveles medios, sumergiéndonos en un caos visual de sombras alargadas.

Las agujas góticas de la Catedral proyectan sus siluetas espectrales sobre el espeso banco de bruma baja que asciende desde los muelles, desdibujando las distancias.

El aire aquí abajo es denso, saturado por el olor acre de las correas de cuero viejo de mis propios arneses, que choca de frente con el penetrante olor a ozono que desprende el éter reactivo de Malphas al estabilizar el plano de planeo.

Me aprieto más contra él, escondiendo el rostro en la curvatura de su hombro para huir del vértigo.

Es en ese milímetro de proximidad forzada donde la zozobra de la muerte cede su lugar a un pavor completamente distinto, uno que me cala hasta los huesos con una urgencia carnal y pecaminosa.

Mis nudillos cicatrizados, aún aferrados a la tela rasgada, resbalan inconscientemente hacia la epidermis descubierta de su torso pálido.

Su tez es suave, de una porcelana gélida que contrasta de forma impúdica con la dureza de mis manos curtidas en la milicia.

Sentir la calidez de mi sangre mortal reaccionar ante la entrega de su fuerza mística se convierte en una tortura insoportable, una acumulación de estática que suspende el transcurrir efímero de la huida y transforma mi pánico militar en un vértigo puramente carnal.