El vuelo de la ceniza (Noxvalia nº 3) CAPÍTULO 9 SOSTENER EL VACÍO (Malphas)
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CAPÍTULO 9 SOSTENER EL VACÍO (Malphas)

El vacío no es una ausencia de materia; es un monstruo que ruge en los oídos y devora el aliento.

Desciendo en picado, una caída vertical y vertiginosa a través de la ventisca de ceniza que azota las agujas más altas de la Catedral de los Lamentos.

Mis alas masivas, habitualmente majestuosas y firmes, se sienten como dos planchas inertes de metal pavonado; el veneno del dardo de hierro frío que acaba de rozarme el raquis derecho ha inyectado un pavor químico que paraliza mis conductos vitales.

Siento el pavor crónico a la invalidez atenazarme las sienes, la pesadumbre de una caída que amenaza con sepultarme para siempre en la inmundicia de la tierra seca, desprovisto de mi estatus aristocrático.

Las plumas negras, desprovistas de la iridiscencia similar al petróleo que delata mi fuerza mística, se curvan y desprenden en ráfagas cenicientas, perdiendo su cohesión biológica a cada segundo.

Fuerzo los músculos de mi espalda, un dolor cortante como una cuchilla que arranca un gemido lánguido de mi garganta.

Noxvalia gira a mi alrededor en un claroscuro violento; las agujas góticas surcan la neblina gris ceniza como colmillos que pretenden destrozar mi fisonomía pálida.

Los focos militares de la Injunción de Hierro parpadean desde el scriptorium alto, saboteando la penumbra con fogonazos de fósforo azul que iluminan la trayectoria de nuestro descenso.

—¡Malphas! —un grito se ahoga en el viento gélido de la altura, una voz carnal, reactiva y mortal que quiebra el silencio denso del abismo.

Es Isolda. Su cuerpo, una masa ligera de lona táctica y encajes desgastados, cae varios metros por debajo de mi plano de planeo, precipitándose de forma desbocada hacia los adoquines húmedos que aguardan abajo.

Su mente mortal debe de estar experimentando la zozobra absoluta del transcurrir efímero, el pánico de una cazadora deshonrada que ve el final de su existencia biológica en el fondo del Callejón de los Engranajes.

Alineo el torso. Desprecio la fragilidad mecánica de mis propios huesos huecos, expuestos a una fractura letal si impacto contra los arbotantes, y pliego lo que queda de mi seda negra para acelerar el descenso.

El aire enrarecido por el azufre y el ozono quemado me lacera las membranas, pero la lealtad forzada de este pacto de sangre me empuja con una urgencia febril.

Extiendo mis brazos fibrosos, surcando el vacío en el último segundo cronológico, justo antes de golpear las cornisas intermedias de la mole de piedra vieja.

La atrapo.

El impacto de su anatomía humana contra mi pecho es una violenta sacudida carnal. Mis garras de obsidiana se hunden instintivamente en la lona reforzada de su casaca, aferrándola contra mi piel pálida con una desesperación que mi soberbia aristocrática jamás admitiría en la superficie.

Nos deslizamos de forma precipitada sobre la pendiente de una cornisa de mármol frío, deteniendo la caída a escasos centímetros de un saliente donde las gárgolas durmientes vigilan la penumbra.

El vaho helado de nuestras respiraciones se mezcla al instante en un espacio escaso, un Slow Burn asfixiante donde la distancia entre sus labios claros y los míos se reduce a milímetros.

Entonces, la corriente de energía desconocida detona bajo mi epidermis.

A pesar del pánico instintivo que oprime mi núcleo místico, el roce forzado con el cuerpo cálido de la humana provoca una reacción biológica inmediata e inaudita.

No hay contacto directo de piel, pero la proximidad de su Marca con forma de ala fracturada actúa como un pararrayos que estabiliza mi esencia desangrada.

El desgaste ceniciento de mis alas se detiene de golpe; percibo cómo el éter líquido azul cobalto de mis venas, adormecido por la herrumbre del hierro frío, se enciende con un fulgor salvaje y abrasador que me reclama el calor de su tez mortal.

Los raquis negros de mis plumas recuperan su iridiscencia de petróleo, absorbiendo su calidez para combatir el vacío térmico de mi sistema.

Isolda exhala un suspiro lánguido contra mi cuello, con el espíritu quebrado por el vértigo, incapaz de romper la sujeción de mis brazos. La miro desde abajo, con las sienes latiendo bajo una oleada de poder y deseo contenida que amenaza con consumir mi cordura mística.

Su sola presencia ha burlado la supresión de la Injunción, encendiendo una devoción sombría que el acero de sus iguales jamás podrá apagar.