CAPÍTULO 8 LA CAZA DE LAS AGUJAS (Malphas)
Saborearse el quiebre con la misma lentitud con la que el veneno de la supresión se arrastra por un raquis desprotegido.
Contemplar el perfil endurecido de Isolda, desarmado por el peso de una traición de la que ya no puede retractarse, es un espectáculo prodigioso.
Su lealtad dogmática, esa armadura moral que la definía en el patio de armas, acaba de arder ante mis ojos, convertida en un puñado de copos cianóticos que mueren sobre las hileras de mesas de roble negro.
La devoción absoluta siempre es más hermosa cuando nace de la profanación.
Veo el temblor contenido de sus nudillos cicatrizados y la pesadumbre que le oprime el pecho, y mi soberbia aristocrática se deleita en la sutil corriente de estática que su zozobra humana inyecta en nuestro vínculo de esencia.
Sé que me odia; sé que me teme. Y, sin embargo, ha profanado sus votos definitivos para salvaguardar mi existencia mística.
—No te acostumbres a mi silencio, criatura —sisea ella, apartando su hombro del magnetismo de mi mano suspendida, aunque su Marca sigue latiendo con un resplandor azul gélido que traspasa la lona de su casaca táctica—. Lo he hecho por los planos del Gran Sifón, no por ti.
—Por supuesto, inquisidora —replico, permitiendo que mi voz aterciopelada dibuje una inflexión de sofisticada ironía en la penumbra del scriptorium—. Convéncete de esa farsa si te ayuda a mitigar el pavor. Pero ambos sabemos que tu calor mortal acaba de firmar un pacto de sangre con mi frío.
Me yergo, disfrutando de la mínima cohesión física que su proximidad forzada ha devuelto a mis barbas vegetales.
Mis alas masivas, aunque pesadas y entumecidas en las puntas, vuelven a reflejar esa iridiscencia aceitosa similar al petróleo bajo la luz quirúrgica cian de los tinteros abandonados.
Nos envuelve una atmósfera gélida y confinada, un reducto de maderas viejas y pergamino seco que parece exhalar los secretos de un mundo proscrito.
Es un instante suspendido, una tortura donde cada centímetro evitado es una acumulación de estática que nos oprime los pulmones.
Entonces, la quietud gótica de la aguja es pulverizada.
Un estallido violento sacude la estructura circular del campanario, haciendo que las pasarelas de rejilla metálica giman con un eco macabro.
Las aspilleras de ventilación escupen una ráfaga de esporas químicas y partículas sofocantes que inundan la estancia en segundos, enturbiando la claridad mortecina del fuego místico.
Tueste el aire de inmediato; un pavor puramente instintivo me atenaza el pecho al percibir el rastro magnético de un asalto coordinado.
—¡Rastreadores! —exclama Isolda, con el pulso precipitado y la daga de hierro frío ya desenvainada en un reflejo reactivo.
—Han localizado la resonancia —bramo, mientras la estática mística me eriza el vello de los brazos.
El ventanal de porcelana antigua del ala oeste estalla hacia el interior en una lluvia de fragmentos translúcidos.
Virotes pesados, disparados por ballestas mecánicas de precisión desde los tejados contiguos, surcan el aire enrarecido y se hunden en el mobiliario, astillando las mesas de roble con la fuerza implacable de los pistones industriales.
La Injunción no busca capturarnos; ejecutan una purificación radical.
Intento desplegar la seda negra de mis alas para interponer mi cuerpo, pero la velocidad del comando anula mi planeo. Uno de los proyectiles de hierro frío cruza el espacio escaso de la estancia y roza con saña mi ala derecha.
El impacto es una agonía biológica absoluta; el metal mate absorbe el fulgor cobalto de mis conductos vitales, provocando un escalofrío de éter que me quiebra las articulaciones superiores.
Suelto un rugido sordo, cortante como una cuchilla, mientras una nube de ceniza negra se desprende de mis plumas marchitas, flotando en el ambiente como el hollín de una caldera corrupta.
El pánico a la invalidez, a perder el nexo con el cielo y quedar atrapado para siempre en la inmundicia de la tierra, me desquicia la cordura.
—¡Malphas! —Isolda grita mi nombre por primera vez, y su tono autoritario se deshace ante la visión de mi desintegración física.
—¡La escalera! —le devuelvo, forzando a mis garras de obsidiana a clavarse en el borde de un pupitre para no desplomarme.
A través de la humareda de fósforo azul que asciende desde los niveles inferiores, iluminando la estancia desde abajo con un brillo blanco y cegador, distingo las siluetas pesadas de los Purificadores.
Sus armaduras de placas bloquean por completo la única escalera de caracol de hueso pulido; el siseo de sus calderas analógicas y el tintineo marcial de sus armas anti-magia cierran el perímetro del Scriptorium.
No hay salida terrenal. Los tiradores vuelven a accionar los tensores de las ballestas en la Plaza de la Ejecución.
Miro a Isolda. Su fragilidad mortal se agita ante la inminencia de la muerte, compartiendo el vaho helado en medio del asedio químico. Sé lo que piensa; sé que prefiere caer antes que entregarse a la herrumbre administrativa del cuartel.
—Confía en la caída, inquisidora —pienso, devorado por una necesidad de supervivencia que borra cualquier rastro de nuestra desconfianza letal.
Paso mi brazo izquierdo por su cintura, sujetando su anatomía delgada con la fuerza febril de mi musculatura fibrosa.
Isolda ahoga un jadeo cuando el contacto directo activa la filigrana de su omóplato, desatando un destello cianótico que nos envuelve en una simbiosis desesperada. No espero a que los virotes partan de los muelles.
Doy un paso precipitado hacia el ventanal destrozado, hundiéndome en la ventisca de ceniza exterior, y nos lanzo de cabeza hacia el vacío del callejón inferior, abandonando el granito bajo el rugido ensordecedor de los silbatos de vapor.