El vuelo de la ceniza (Noxvalia nº 3) CAPÍTULO 7 EL JURAMENTO PROFANADO (Isolda)
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CAPÍTULO 7 EL JURAMENTO PROFANADO (Isolda)

—Atrás —le espeto, y mi propia voz me suena extraña, desprovista de la rigidez marcial que solía aplacar mis dudas en los barracones.

Apoyo las palmas de mis manos en las placas pálidas de su pecho y empujo a Malphas con una fuerza precipitada, rompiendo el encierro asfixiante de sus alas masivas antes de que la estática termine por devorar el escaso juicio que me queda.

No espero a ver la reacción de sus ojos de ámbar dorado.

Me abro paso a través de la penumbra densa de la pasarela alta y me refugio temporalmente en el scriptorium abandonado del campanario, buscando la protección de sus muros de granito y el aislamiento del viento gélido de la altura.

Aquí, el silencio no es vacío; es denso, cargado con el frío de la piedra muerta y el recuerdo de los bibliotecarios que alguna vez movieron sus plumas de ave en turnos hipnóticos.

Mis manos tiemblan de forma febril. Ignoro el espacio circular que me rodea y me deslizo de espaldas contra una hilera de mesas de roble negro desgastadas por el peso de los siglos.

Desabrocho la correa de cuero de mi cinturón utilitario con dedos torpes.

Mis nudillos cicatrizados tropiezan con las costuras reforzadas hasta que extraigo el legajo clasificado: los informes tácticos que sustraje de los archivos de la Injunción de Hierro, los mismos documentos que detallan con precisión quirúrgica los puntos exactos de extracción de éter líquido y los cuadrantes de caza de los seres alados.

Contemplo los caracteres impresos en el papel, y una pesadumbre lánguida, un tormento moral que me atenaza el pecho, me quiebra la cordura. Estoy sosteniendo el mapa del exterminio de su estirpe. Y también la prueba irrefutable de mi propia caída.

—Si el orden es una farsa... —susurro en la penumbra, contemplando el vaho helado que exhalo a cada segundo—, la obediencia es solo la antesala de la ceniza.

Cruzo la estancia con pasos precipitados, arrastrando las botas tácticas por el pavimento mohoso.

Me acerco a una pequeña estufa de bronce donde el éter líquido residual parpadea con una claridad gélida, un fulgor cianótico y mortecino empleado en los niveles altos para mantener la humedad a raya.

Desenrollo los informes informativos, sintiendo la Marca de mi omóplato derecho latir con un paroxismo sutil, como si la filigrana con forma de ala fracturada supiera el peso del pecado que estoy a punto de cometer.

El papel cruje. Mis dedos se aproximan al calor del cristal de la caldera hasta que el primer borde del documento roza la luminiscencia reactiva.

El papel se enciende en un destello de combustión rápida, una llama cian y gélida que devora las líneas clasificadas con un siseo eléctrico que me carga el vello de los brazos.

Las sombras alargadas del scriptorium se retuercen en las paredes, volviéndose espectrales bajo la luz quirúrgica de los tinteros abandonados.

Observo cómo las letras de la orden militar se curvan, carbonizándose en copos grisáceos que caen sobre las mesas como la misma ceniza del cenit que vi caer del cielo.

Ya está. Un escalofrío de pavor me sacude el núcleo. He profanado mi juramento militar definitivo. He destruido mi identidad ante la Injunción por salvar a la bestia de las alturas. No hay retorno de este abismo.

El olor acre del papel en descomposición consumido por el fuego mágico inunda mis fosas nasales, mezclándose con la fragancia dulce-metálica del éter destilado y el sándalo viejo de los pupitres.

Me quedo estática, contemplando las últimas volutas de humo azul cobalto que ascienden hacia las vigas del techo abovedado, con la laringe ocluida por una pesadumbre insoportable.

Mi lealtad dogmática se ha convertido en herrumbre, un residuo inservible sobre el granito gótico.

De pronto, la penumbra a mi espalda se altera. No escucho el eco mineral de sus pasos, pero la estática ambiental aumenta de forma febril, delatando su proximidad antes de que sus palabras rompan el silencio denso.

—Un sacrificio hermoso, inquisidora —su voz aterciopelada y sofisticada surca el aire enrarecido, cortante como una cuchilla, cargada con una soberbia que busca herir mis últimas defensas— —.

¿Le duele quemar los mapas de sus carceleros, o es que la seda negra de mi camisa le está enseñando a profanar los votos de su orden?

Intento girarme, desenvainando la daga de hierro frío en un reflejo puramente reactivo, pero la velocidad de sus sentidos hiperdesarrollados anula mi movimiento.

Malphas se desliza entre el laberinto de mesas de roble con la fluidez de un depredador alado.

Se sitúa justo detrás de mí, deteniendo su fisonomía pálida a escasos centímetros de mi espalda, compartiendo el vaho helado en un espacio que se vuelve insoportablemente escaso.

Sin llegar a rozar la epidermis de mi cuello, extiende su mano enguantada y la suspende sobre mi omóplato derecho, cubriendo con su sombra la lona de mi casaca táctica.

La Marca de la fractura reacciona de inmediato de forma salvaje.

No hay contacto directo de piel, pero la sola proximidad de su éter azul desata una descarga eléctrica subsónica que me sacude el núcleo místico.

La filigrana destella con una luminiscencia cian tan intensa que surca las costuras de la seda, quemándome los tendones con un pulso febril que me obliga a arquear la espalda contra su torso.

Mis ojos claros se cierran ante el paroxismo térmico; mi calidez mortal es succionada por su vacío térmico en un Slow Burn que suspende el transcurrir efímero del tiempo dentro del campanario.

Estamos encadenados en una simbiosis biológica que el acero de mi orden jamás podrá extinguir.