CAPÍTULO 6 GARRAS DE OBSIDIANA (Malphas)
El espacio escaso de este nicho es un insulto a mi estirpe, pero la cercanía de la mortal es una revelación carnal que me hiela los pensamientos.
Puedo escuchar el galope desbocado de su pulso, el latido urgente que delata la zozobra de su naturaleza efímera a escasos milímetros de mi pecho.
Los humanos son criaturas de una fragilidad insultante; un armazón de carne delgada y sangre caliente que se agita ante el menor escalofrío de éter.
Sin embargo, aprisionado entre el relieve de granito de este rostro gótico que llora y la rigidez de su uniforme de lona, su calor mortal se filtra a través de mi camisa de seda negra abierta como un bálsamo abrasador.
La patrulla de Purificadores se detiene a la distancia de un suspiro. Las uniones de vapor de sus armaduras pesadas sisean, liberando una presión caliente que enturbia la penumbra densa del contrafuerte.
El oficial de la Injunción de Hierro escudriña las sombras; el destello intermitente de su foco blanco barre los adoquines húmedos, buscando el rastro magnético de un proscrito.
Isolda no se mueve. Su fisonomía táctica está congelada en un resorte militar, pero percibo el sutil temblor que recorre sus nudillos cicatrizados, firmes sobre mi torso para mantener la distancia, y la pesadumbre moral que la atormenta por profanar sus antiguos juramentos.
Me inclino hacia su oído rubio ceniza, permitiendo que mi aliento roce la línea de su mandíbula decantada. Mi pavor a la invalidez, ese pánico crónico a quedar confinado para siempre en la inmundicia del suelo, se disuelve bajo una oleada de sofisticada soberbia.
—¿Siente el peso de la traición, inquisidora?
—le susurro, y mi voz aterciopelada fluye con una lentitud melancólica que busca desarmar su disciplina— —.
Sus iguales portan el hierro frío que la decapitará por este pacto forzado.
¿Va a entregarme a sus cadenas para limpiar su conciencia militar, o prefiere descubrir qué secretos aguardan detrás de la membrana?
Isolda entorna los ojos, conteniendo una respiración que se vuelve escasa en la oclusión del nicho.
Para recordarle quién gobierna las alturas, extiendo los dedos de mi mano derecha contra la piedra viva; mis uñas largas y afiladas como garras de obsidiana surcan suavemente la epidermis de mármol del muro, provocando un crujido mineral, sutil y lúgubre, que reverbera entre los arbotantes.
Entonces, el prodigio biológico me sacude el ánima.
Una corriente de energía desconocida, un fulgor cianótico que no pertenece al parpadeo de las farolas de gasneón de la calle, brota del contacto con su cuerpo. Mi Marca no se ha encendido, pero el desgaste químico de mi sistema se detiene de golpe.
Las plumas quebradizas de mi ala derecha, aquellas que caían convertidas en ceniza grisácea por la supresión del metal mate, recuperan una mínima cohesión física.
El raquis negro absorbe su calor febril; la iridiscencia aceitosa con destellos de petróleo regresa a mis barbas vegetales con la fuerza de una simbiosis sagrada.
Isolda es mi Ancla viva, un pararrayos biológico que me arranca de la decrepitud feral.
Un silbato de vapor lejano rasga el aire enrarecido del distrito.
En la pasarela de rejilla metálica, el oficial recibe un grabado mecánico en su terminal analógico; da una orden rítmica y los Purificadores reanudan su batida, alejándose hacia las agujas de la plaza central.
El peligro exterior se repliega, la cortina de focos blancos nos abandona, devolviendo al contrafuerte su quietud gótica clásica saturada por el aroma a sándalo e incienso que se filtra desde las aspilleras de la Catedral.
La cordura me ordena romper la proximidad, reanudar la marcha febril hacia el subsuelo. Pero me niego.
La acumulación de estática es un veneno dulce que me nubla el juicio aristocrático. Despliego mis alas masivas, bloqueando la salida del nicho, aprisionando su fragilidad mortal contra el mármol frío bajo el manto de mi seda negra.
—La Injunción se ha marchado, Malphas —masculla ella, y su tono autoritario flaquea ante la descarga eléctrica que nuestra cercanía impone— —. Suéltame. El pacto no incluía este encierro.
—El pacto exige que sobreviva, inquisidora —replico, reduciendo los centímetros entre nuestros labios hasta que el vaho de mi boca gélida le reclama su calor carnal— —. Y mi éter exige que permanezca exactamente donde está si no desea verme caer.