CAPÍTULO 5 LA MARCA FRACTURADA (Isolda)
—No respires —le ordené en un susurro que apenas compitió con el siseo de las tuberías superiores.
Mi mano izquierda se hundió en la seda negra de su camisa para empujarlo, obligando a su musculatura fibrosa a encajarse en la estrechez de la piedra.
Lo arrastré hacia las profundidades de un nicho ciego, un pliegue de la fachada exterior oculto tras un relieve gótico que mostraba un rostro llorando.
El frío mineral del granito nos recibió como una mortaja.
Nos quedamos estáticos, fundidos en un espacio tan escaso que la punta de mi bota táctica rozaba el cuero ajustado de sus pantalones.
A escasos metros, el horror se materializó con un eco rítmico y pesado.
Los Purificadores de élite avanzaban por la pasarela de rejilla metálica, con sus armaduras pesadas de placas emitiendo un tintineo marcial e implacable.
Traían los focos de búsqueda encendidos; fogonazos de luz blanca pura taladraban la penumbra gótica, rebotando en el pavimento húmedo.
La distancia entre el cuerpo de Malphas y el mío se redujo a milímetros.
Podía sentir el vacío térmico que emanaba de su epidermis pálida, un hielo biológico que buscaba con pavor mi propio calor mortal para estabilizar su sistema desgastado.
El aire se volvió escaso, denso, cargado con el olor punzante a herrumbre de las armaduras y el hollín de los pistones que ascendía desde los distritos bajos.
Contuve el aliento. Estar atrapada a ras de suelo con una criatura del Velo, compartiendo el mismo oxígeno enrarecido, saboteaba cada gramo de mi doctrina.
Mis nudillos cicatrizados temblaron sutilmente al oprimir su pecho.
Cada parpadeo de sus ojos de ámbar dorado era un desafío directo, una provocación aristocrática que ponía a prueba mi moral quebrantada.
Es un monstruo, me repetía a mí misma, buscando el ancla de mis viejos juramentos religiosos, una bomba de tiempo condenada al estado feral.
Sin embargo, la melancolía de su cercanía me oprimía las entrañas con una pesadumbre desconocida.
—Están midiendo el rastro magnético —murmuró Malphas, y su cadencia terciopelada rozó mi oído con la lentitud de una caricia prohibida.
—Silencio —mascullé, clavando la mirada en la juntura del relieve gótico.
Un oficial de la Injunción se detuvo justo frente al nicho.
El resplandor de su foco barrió los encajes desgastados de la cornisa superior, dejando nuestra pequeña celda de granito en una opacidad casi absoluta.
La tensión se transformó en estática pura, un Slow Burn asfixiante donde el calor carnal de mi tez chocaba contra su frío de terciopelo gélido.
El pavor a ser descubierta, a que mi antigua orden me ejecutara por alta traición tras profanar mis votos, me provocaba una agonía febril.
De pronto, un latido abrasador desbarató mi compostura.
Bajo la lona reforzada de mi uniforme, la Marca de mi omóplato derecho despertó con un paroxismo salvaje.
No fue el hormigueo habitual; fue una descarga eléctrica de éter líquido que surcó mis tendones, expandiéndose como una supernova hacia mi brazo.
La filigrana con forma de ala fracturada ardió, traspasando las costuras de la ropa con un fulgor de un azul gélido e intermitente.
Me mordí el labio inferior para contener un gemido de dolor.
Era la primera vez que mi vínculo de esencia se activaba con tal violencia, sincronizándose de forma biológica con la fisonomía mística de la criatura que aprisionaba contra la pared.
La Marca no solo brillaba; emitía un zumbido eléctrico residual que cargó el aire de ozono dulce, delatando nuestra posición en la penumbra.
Malphas abrió los labios, sus sienes pálidas acusaron el pico de energía y el cobalto de sus venas intensificó su resplandor bajo mi mano.
El purificador de élite se congeló. El chasquido de las uniones de vapor de su armadura cesó al instante.
Lentamente, la mole de acero negro mate comenzó a volverse hacia nuestro nicho, atraída por la luminiscencia cianótica que parpadeaba tras el rostro llorando de la piedra.
Su mano enguantada buscó el inyector de supresión de la cadera.