El vuelo de la ceniza (Noxvalia nº 3) CAPÍTULO 4 EL PACTO DE LA CORNISA (Malphas)
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CAPÍTULO 4 EL PACTO DE LA CORNISA (Malphas)

Un solo centímetro. Esa es la distancia exacta entre mi garganta y el filo de hierro frío de la ex-inquisidora.

El metal negro mate de su daga parece absorber el escaso fulgor del gasneón de los callejones inferiores, bebiéndose la luminiscencia que exuda mi fisonomía herida.

Si presiona un milímetro más, el magnetismo del acero alquímico anulará la resonancia de mi éter y me precipitaré hacia el vacío.

Miro de reojo el abismo que se abre a mi espalda: las agujas de granito descienden de forma perpendicular hacia el pavimento del Callejón de los Engranajes.

Un pavor febril, un escalofrío que me congela la médula de mis huesos huecos, me paraliza.

Quedar atrapado en la tierra seca. Perder el don del vuelo y convertirme en una criatura inválida, vulnerable, desprovista de mi estatus aristocrático a merced de los humanos. Esa idea me provoca una agonía superior al tormento del propio veneno supresor.

—¿Vas a temblar ahora, Isolda, o es que tu adiestramiento militar no incluye degollar a los de mi estirpe bajo el crepúsculo? —le digo, forzando a mi voz a mantener su cadencia terciopelada, cortante como una cuchilla.

Ella no responde de inmediato. Sus ojos claros se clavan en los míos con una hostilidad que apenas oculta la zozobra de su espíritu quebrado.

El viento gélido de la altura agita su cabello corto, rubio ceniza, y hace que la seda negra de mi camisa, la que ahora cubre su uniforme de lona desgarrado, se pegue a su silueta carnal.

El vaho de nuestras respiraciones se mezcla en el aire escaso, cargando el espacio entre nuestros rostros con una estática insoportable.

Es una tortura de proximidad sin roce, un Slow Burn que se alimenta del peligro que asciende desde las fachadas inferiores.

El eco metálico de las botas rítmicas de los Purificadores resuena contra el granito, interrumpiendo el silencio denso del Distrito de los Lamentos.

Las patrullas ya han iniciado el batido de las cornisas intermedias; el siseo de sus calderas de vapor delata que están a menos de una pasarela de distancia. Debo forzar las piezas de este engranaje si quiero conservar la vida.

—Propongo un pacto de sangre, inquisidora —susurro, surcando inconscientemente la piedra con mis uñas afiladas con un crujido mineral que delata mi extenuación biológica—.

Un intercambio de necesidades. La Injunción oculta los planos técnicos y clandestinos del Gran Sifón en el Distrito del Gasneón; yo conozco cada pasadizo de ese búnker de hormigón.

Tú conservas tu placa de identificación y el salvoconducto táctico militar para burlar las brújulas de éter y los controles de las unidades pesadas.

Guíame y te daré la verdad que tus superiores quemaron en el cuartel.

Isolda parpadea, moralmente atormentada.

Su mirada penetrante recorre las grietas de mi epidermis, donde el flujo azul cobalto agoniza por la escasez de combustible vital. Su lealtad dogmática se agrieta ante la evidencia de mi fragilidad no humana y el pánico inminente a convertirse en traidora si firma esta alianza forzada.

—Eres un monstruo, Malphas —masculla ella, con la mandíbula angulosa decantada por el pánico de sus propios pensamientos—. Un edicto militar me obliga a purificarte.

—Y la herrumbre de tu orden te obligará a morir en este tejado si no cedes —replico, inclinando mi rostro hacia el suyo hasta que el calor carnal de su tez roza el vacío térmico de mi piel gélida.

La tensión eléctrica entre nosotros aumenta, un pulso de devoción y odio contenido que nos oprime el pecho.

Isolda contiene un estremecimiento y, con una lentitud febril, baja ligeramente el filo mate de su daga de hierro frío, apartándolo de mi laringe.

El pacto de desconfianza se ha sellado en el silencio de la cornisa.

Sin embargo, Noxvalia no concede treguas.

Un crujido orgánico y macabro rompe la quietud gótica de la aguja contigua.

Las gárgolas Lithos durmientes, empotradas en los arbotantes de la Catedral, emiten un gemido mineral que hace vibrar las pasarelas metálicas.

No es un despertar armónico; la bruma eterna del Velo que rodea nuestros cuerpos se está adelgazando a una velocidad febril por la estática de la persecución y los focos militares blancos.

El aire se satura de un olor acre a aceite de motor quemado flotando desde el subsuelo mecánico, mezclándose con el ozono de una tormenta mística inminente.

La membrana parpadea, deshilachándose en filamentos cianóticos que delatan que la realidad y el Vacío están a punto de colapsar sobre nuestras cabezas.