El vuelo de la ceniza (Noxvalia nº 3) CAPÍTULO 3 EL FILO DE LA SOSPECHA (Isolda)
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CAPÍTULO 3 EL FILO DE LA SOSPECHA (Isolda)

El estallido de vapor del palacio contiguo sacude las vigas de hierro bajo mis pies.

No hay tiempo para procesar la traición de mi propia orden; mi cuerpo reacciona con la urgencia precipitada que solo un invierno de persecuciones puede infundir en los huesos.

Me desplazo de forma febril por los tejados inclinados de granito, saltando entre cornisas resbaladizas mientras las agujas altas de la Catedral de los Lamentos cortan la bruma como colmillos oscuros.

El viento gélido de la altura me golpea el rostro, pero el verdadero pavor no nace del abismo que se abre a mis costados, sino de la certeza de lo que estoy a punto de encontrar.

Cierro la distancia en tres zancadas y me deslizo tras el saliente de una chimenea oxidada, con la respiración entrecortada. Allí está él.

Intercepto a Malphas en una cornisa estrecha, justo cuando agita sus masivas alas negras en un intento desesperado por ganar altura.

El crujido de sus plumas heridas, rotas y privadas de éter, suena como el rasgar de una seda maldita bajo la penumbra.

Su fisonomía pálida flaquea, pero su soberbia aristocrática permanece intacta.

Sin titubear, doy un paso al frente y desenvaina mi daga de hierro frío. El metal negro mate absorbe la escasa luminiscencia del distrito, pareciendo beberse la luz a nuestro alrededor. Apunto el filo directamente a su garganta, a milímetros de su epidermis traslúcida.

—Un solo movimiento más —le digo, y mi voz autoritaria suena directa, sin adornos, desprovista de cualquier compasión clínica— —y comprobarás si tus huesos huecos resisten el granito.

Malphas no se inmuta. Lejos de mostrar el pavor que cualquier criatura del Velo experimentaría ante el metal templado, reclina su musculatura fibrosa contra el muro gótico con una elegancia decadente que me revuelve el estómago.

Sus ojos de un ámbar dorado me sostienen la mirada, desafiando mi posición con una ironía cortante que ataca directamente mis remordimientos morales.

—¿Una inquisidora deshonrada jugando a ser el verdugo de las sombras? —su voz es terciopelada, una melodía sofisticada que vibra con un eco peligroso— —. Qué pesadumbre tan lánguida, Isolda. Huele a desesperación. ¿Vas a degollarme con el mismo acero que te arrebató el rango?

Siento el tormento arder en mis entrañas, pero mantengo la mano firme, el pulso inquebrantable. Sé exactamente a qué me enfrento. Mi adiestramiento en el Cuartel de la Injunción de Hierro no se desvanece con una destitución encubierta.

—Conozco cada una de las debilidades biológicas de tu estirpe, Malphas —respondo, acortando la distancia hasta que el vaho de nuestras respiraciones se confunde en el aire enrarecido por el humo de carbón—.

Sé que tu consumo de éter es crítico, que tus plumas ya son ceniza y que tus sentidos hiperdesarrollados están sufriendo por la estática de la bruma.

Si das un paso, el magnetismo de este hierro frío anulará la resonancia de tu núcleo vital y te desplomarás como un pájaro herido antes de que puedas desplegar esa seda negra.

Su mandíbula angulosa se tensa de forma febril, y por un instante, el fulgor azul cobalto de sus venas parpadea con debilidad, delatando la zozobra mística que intenta ocultar tras su máscara de arrogancia.

Estamos tan cerca que el pavor de su vacío térmico empieza a beber de mi calidez mortal.

Es un tira y afloja silencioso, una acumulación de estática que electriza el espacio escaso que nos separa.

La respuesta que prepara se congela en su boca.

Un destello blanco, violento y cegador, barre la fachada inferior del edificio, quebrando el claroscuro de los salientes góticos.

El pánico exterior regresa en forma de silbatos de vapor y órdenes rítmicas.

Miro de reojo hacia el borde del tejado: las luces de los focos de búsqueda de la Injunción de Hierro ya trepan por los muros, y el eco metálico delata que los Rastreadores están subiendo a paso precipitado por las pasarelas de rejilla metálica. Nos han acorralado.