CAPÍTULO 2 SEDA Y HERRUMBRE (Malphas)
El eclipse perpetuo es una burla de ceniza tras los ventanales.
Desde este salón, las nubes saturadas de éter se retuercen en un remolino lánguido que asfixia el cenit de Noxvalia, privándonos de cualquier rastro de la claridad que una vez nos perteneció.
Observo la penumbra que devora los tapices de terciopelo desgastados, el reflejo de la herrumbre que avanza por los candelabros de plata antigua oxidada, y solo encuentro el eco de nuestra propia e inevitable decadencia.
Somos la aristocracia de las alturas, atrapados en un suelo que nos rechaza, mendigando la esencia misma de la vida para no disolvernos en el olvido.
Intento erguirme, buscando recuperar la prestancia que el pavor a la invalidez me arrebata palmo a palmo. Con un movimiento precipitado, trato de extender mis masivas alas negras, pero el esfuerzo evoca un sonido quebradizo y lúgubre que resuena en la vastedad del mármol gélido.
Es como el rasgar de la seda vieja.
Un escalofrío de éter me surca las sienes.
Mi sistema biológico, diseñado para el aislamiento de las alturas, acusa la escasez crítica del combustible bioluminiscente.
Giro el rostro para inspeccionar mis extremidades y el pavor me atenaza el pecho: las puntas de mis plumas han perdido por completo esa iridiscencia aceitosa, ese fulgor similar al petróleo que delata el flujo de la vida mística.
Al menor vaivén del aire enrarecido, los raquis desprenden un polvo ceniciento que flota en la penumbra antes de extinguirse contra el pavimento mohoso.
Me estoy desintegrando. Si no localizo una fuente de éter líquido en los distritos altos, mi ánima perderá su cohesión mística y caeré en los callejones del nivel intermedio, expuesto a la humillación o a la muerte a manos de la Injunción de Hierro.
—Una plaga andante... —susurro, y mi voz aterciopelada se corta con la dureza de una cuchilla en el silencio denso del salón.
Me apoyo en una consola de caoba, sintiendo el aroma dulce-metálico del éter que se evapora de mi propio cuerpo, una fragancia de ozono mezclada con sándalo que se vuelve más punzante a medida que mis fuerzas flaquean.
En Noxvalia, la belleza siempre está teñida de pérdida, pero la agonía de perder el vuelo es un tormento que mi soberbia no puede soportar.
De pronto, el zumbido eléctrico y constante de los tubos de gasneón de la calle parpadea bruscamente.
Las farolas cianóticas que delinean los ventanales se apagan al unísono, sumiendo el palacio en una opacidad asfixiante.
Un siseo violento de válvulas de vapor a alta presión resuena en los pasadizos exteriores, interrumpiendo la quietud gótica del Distrito de los Lamentos.
Reconozco esa vibración rítmica, ese paso rudo y marcial de las botas que golpean las pasarelas de rejilla metálica.
Los Rastreadores.
El rastro magnético de mi éter degradado me ha delatado. Intento replegar mis alas heridas, forzando a mis garras a aferrarse al cuero de mis pantalones para contener la zozobra.
—No me arrastrarán al suelo —mascullo entre dientes, sintiendo cómo la rabia enciende mis venas cobalto.
Un estallido ensordecedor pulveriza la calma de los aposentos altos.
El portón masivo de roble negro y herrumbre del ala oeste es demolido desde fuera por la presión hidráulica de un pistón industrial.
El impacto esparce astillas y metal oxidado por el salón.
A través de la cortina de humo de carbón que inunda la estancia, una patrulla de Purificadores irrumpe con sus armaduras pesadas de placas reflejando la escasa luz del crepúsculo.
Avanzan con ángulos rectos, implacables, con los inyectores de supresión cargados con dardos de hierro frío apuntando directamente hacia mi pecho.