El vuelo de la ceniza (Noxvalia nº 3) CAPÍTULO 1 LA CENIZA DEL CENIT (Isolda)
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El vuelo de la ceniza (Noxvalia nº 3)

El vuelo de la ceniza (Noxvalia nº 3)

Por Alba Nox Valer

© inepub.com

CAPÍTULO 1 LA CENIZA DEL CENIT (Isolda)

El granito de las pasarelas exteriores nunca se seca.

Bajo mis botas tácticas modificadas, los adoquines del Distrito de los Lamentos devuelven un fulgor aceitoso, un reflejo lánguido y mortecino que imita la humedad de una tormenta que cesó hace horas, pero que en realidad es la exhalación perpetua de esta arquitectura gótica y decadente.

Camino con el paso rítmico que me grabaron a fuego en los barracones de la Injunción de Hierro, la espalda erguida por la disciplina y la mano derecha suspendida a escasos centímetros de la correa donde descansa mi daga de hierro frío.

Es una costumbre inútil, un resorte mecánico que mi mente mortal repite para no claudicar ante la humillación que me pudre las entrañas.

Destituida. Apartada del servicio activo bajo el sutil eufemismo de una excedencia forzosa por desobediencia moral.

—La rectitud de la Injunción no admite fisuras en el pulso, inquisidora Isolda —había siseado mi mentor en el patio de armas, con una frialdad administrativa que aplastaba mis años de entrega—.

Despójese de las correas oficiales. Regrese a la superficie hasta que su ánima vuelva a ser dócil al orden humano.

Aprieto los puños dentro de los guantes de cuero, sintiendo cómo las cicatrices de los nudillos se tensan contra la costura áspera.

Miro hacia el vacío opresivo que se abre más allá de las pasarelas de rejilla metálica que vibran bajo mi peso.

A doscientos metros de profundidad, las calles del nivel intermedio parecen trincheras de penumbra donde el vapor blanco de las alcantarillas se tiñe de azul por los carteles de gasneón.

Desde aquí arriba, la Noxvalia aparente, esa farsa industrial de chimeneas y calderas de vapor donde el noventa y cinco por ciento de la población civil duerme con una venda en los ojos, parece un gigante de piedra que respira hollín y exhala la melancolía de un orden moribundo.

Me detengo junto al arbotante de la aguja principal.

Las agujas de la Catedral de los Lamentos son tan afiladas que parecen pinchar la misma membrana del Velo.

A mi lado, una gárgola durmiente descansa con los ojos de piedra cerrados, ajena a la cacería que satura los distritos bajos.

Sé lo que es. No es piedra muerta; es un Lithos en estado de hibernación, un centinela antiguo que aguarda a que el éter líquido vuelva a fluir por las grietas de su fisonomía mineral.

Hace un mes, la sola visión de este ser me habría empujado a armar una ballesta mecánica para asegurar su purificación.

Hoy, tras descubrir los legajos que mis superiores ocultaban, solo siento una profunda zozobra.

Nos han mentido.

Nos entrenaron para odiar lo místico bajo el dogma del exterminio necesario, mientras la Injunción drenaba el éter mediante los sifones atmosféricos para alimentar sus engranajes.

De pronto, un escalofrío gélido me surca la espina dorsal. No es el viento de altura que brama entre las agujas góticas, sino un hormigueo punzante que nace en mi omóplato derecho.

Una corriente de estática inusual me eriza el vello de los brazos. Me llevo la mano izquierda a la espalda, oprimiendo la lona de mi casaca justo donde la piel se retuerce bajo el estigma de mi secreto más oscuro: la Marca mística que apareció tras sobrevivir al contacto directo con el Velo.

Tiene la forma de un ala fracturada, y en este instante, late con una resonancia de baja frecuencia que me quema los tendones. El frío que emana no pertenece al clima de la ciudad; es un vacío térmico que reclama mi calor carnal.

El aire se vuelve escaso, difícil de respirar. Huele a ozono concentrado, una fragancia metálica que siempre precede al paroxismo de la magia o al colapso de la membrana.

¿Es el tormento de mi propia pesadumbre, o es que la realidad se está quebrando a mi alrededor?

Busco apoyo en el muro de obsidiana mate, pero mi mirada queda fija en el cenit.

El cielo crepuscular de Noxvalia está cambiando.

La bruma eterna que habitualmente cubre el eclipse perpetuo se está adelgazando de forma violenta, desquiciándose en un vórtice silencioso que parece inhalar la penumbra de la ciudad.

Y entonces, comienza a caer.

Al principio creo que es la nieve industrial que a menudo cubre el Cementerio de Ceniza cercano, esa escarcha grisácea provocada por la combustión de éter quemado en los cuarteles de la Injunción.

Pero no hay ruido de pistones ni golpes de martillo rítmicos en las pasarelas.

El Distrito de los Lamentos ha quedado sumido en un silencio denso, pesado, absoluto.

Los copos flotan con una ligereza etérea, descendiendo desde el desgarro inminente del cenit.

No caen de forma caótica; se arrastran como partículas inteligentes, buscando las cornisas superiores.

Extiendo el brazo derecho, despegándolo del cuerpo. Expongo la palma de mi guante de cuero negro hacia el cielo parpadeante. Una sola partícula se deposita sobre la lona reforzada.

No se derrite. No es agua helada ni hollín de las calderas de vapor.

El copo emite una bioluminiscencia sutil de un color cian mortecino, un resplandor fantasmal que ilumina las costuras de mi prenda desde abajo.

Lo acerco a mis ojos claros y, al rozarlo apenas con la punta del dedo índice desprotegido, la partícula sufre un colapso químico instantáneo.

Se desintegra, evaporándose en una voluta de humo azul cobalto que penetra directamente por los poros de mi epidermis gélida, desatando una descarga eléctrica que sacude el nexo de mi Marca en el omóplato.

No es ceniza común.

Mi pulso se acelera de forma febril.

Es el Velo desintegrándose sobre mi cabeza, desprendiendo sus partículas vitales como un ánima moribunda. El cielo se está rompiendo y, con él, la última barrera que contiene el pavor de las alturas.