CAPÍTULO 23 EL BÁLSAMO DEL CALOR (Isolda)
El hierro frío de mi daga atraviesa la bruma con una precisión quirúrgica, y la sombra absoluta, ese espectro de lo que alguna vez fue un ser alado, se desmorona en un siseo estático antes de disolverse en el vacío.
El Distrito de los Lamentos parece contener el aliento; solo el repiqueteo de la lluvia industrial, cargada de partículas de ceniza y éter, golpea los adoquines con una cadencia lúgubre.
Envaino el arma, sintiendo la pesadumbre de mi propia supervivencia, y giro sobre mis talones hacia donde Malphas se ha desplomado contra el granito empapado.
Su núcleo de éter late desbocado, una frecuencia errática que vibra incluso en el aire enrarecido.
Se retuerce en un espasmo de agonía silenciosa, atrapado en los umbrales de la demencia feral mientras su fisonomía, tan aristocrática y altiva hace escasos momentos, se marchita bajo el rigor de la extenuación.
No hay tiempo para la duda, ni para las defensas de la Inquisidora que fui.
Me arrastro hasta él, ignorando cómo el lodo industrial mancha mis rodillas y la seda negra que aún cubro, y lo estrecho contra mí con una urgencia que me desarma.
—No te atrevas a abandonarte a la ceniza —le susurro, presionando su cabeza contra la curva de mi cuello, donde el pulso de mi vida mortal fluye más rápido, más febril, más vivo.
Malphas gime, un sonido aterciopelado que se rompe en un suspiro que me eriza el vello de la nuca.
Al contacto, el contraste térmico es una descarga devastadora.
Mi piel, inflamada por el pavor y la adrenalina, le ofrece el refugio que su esencia exige para no sucumbir a la disolución.
Siento el impacto de su sienes gélidas contra mi epidermis de mármol, un choque de mundos que detiene el tiempo mismo sobre los adoquines.
El giro es instantáneo, biológico, irrefutable. Las venas de color cobalto que recorren sus brazos, esas ramas de éter que hace un instante destellaban con la furia ciega de la bestia, comienzan a amainar su brillo salvaje.
La energía desbocada de su interior se drena hacia mi propio pulso, calmándose al contacto con la fragilidad térmica de una humana que ha renunciado a todo por anclarlo a este mundo.
Él bebe de mi calor, de mi arrepentimiento, de mi vida, y en ese acto, la agonía cede paso a una rendición silenciosa.
En esa vulnerabilidad extrema, sus garras de obsidiana, que hace segundos buscaban desgarrar la realidad, se relajan con una suavidad que me deja sin aliento.
Las puntas afiladas se hunden en la lona de mis hombros, no con intención depredadora, sino como el ancla definitiva de un náufrago que ha encontrado tierra firme.
Malphas se hunde más contra mi cuello, buscando en mi calor mortal la única devoción absoluta que, en su vida de siglos de altura y desprecio, jamás se atrevió a reclamar.
Sobre el granito empapado de la cornisa, bajo la llovizna ácida de Noxvalia, hemos dejado de ser verdugo y presa; somos, por fin, dos náufragos aferrados a un mismo vínculo de ceniza y aliento.