Capítulo 9 — El vecino no votó #2
—Quería que Andrés siguiera siendo Andrés incluso después de muerto.
Ramiro bajó la mirada.
Clara continuó:
—No bastaba con su firma. Había que imitar su razonamiento.
Pausa.
—Noventa y dos no.
—Noventa y cinco, hablamos.
—Noventa y seis…
Pilar terminó en voz baja:
—Entonces sí.
Clara asintió.
—Esa era la historia.
Celia soltó una risa breve.
—Eso es literatura.
—No.
—Sí.
—Es exactamente lo que hizo funcionar el documento.
—Estáis interpretando.
—Claro.
Clara señaló el buzón visible desde la puerta.
—Igual que interpretamos aquel papel cuando apareció.
Celia miró hacia allí.
Solo un instante.
—Entraste en la junta a las seis y cincuenta y siete —dijo Clara.
—Sí.
—El buzón estaba vacío a las seis y veinticinco.
—No sé nada del buzón.
—Ramiro encontró el sobre después de empezar.
—Sí.
—Alguien tuvo que depositarlo entre ambas cosas.
—Mucha gente pasó por el portal.
—Sí.
—Entonces tampoco prueba nada.
—No.
Celia la miró.
—¿Vas a seguir diciendo eso después de cada frase?
—Si hace falta.
Pilar casi sonrió.
Clara señaló la sala.
—Llegaste tres minutos antes.
—¿Y?
—Venías del edificio.
—Vivo aquí.
—Sí.
—Eso no es una prueba.
—No.
—Entonces deja de—
—Y cuando Ramiro abrió el documento, tú explicaste inmediatamente la referencia.
Celia se quedó quieta.
Ramiro la miró.
Clara repitió la frase que llevaba días en su cabeza.
—“Si ha puesto la referencia, habrá visto la nueva oferta”.
Celia respiró.
—Era evidente.
—Sí.
—Cualquiera podía decirlo.
—Sí.
—Entonces ¿qué quieres?
Clara tardó un segundo.
—Nada.
Celia la miró.
—No necesito que esa frase pruebe nada.
Clara señaló todos los papeles.
—Porque no hay una frase que lo haga.
Aranda se movió por primera vez.
Se acercó a la mesa.
—Eso es lo importante.
Celia lo miró.
—¿Qué?
Aranda empezó a enumerar sin elevar la voz.
—Andrés descubre un interés económico oculto suyo.
Una hoja.
—Iba a llevarlo a la junta.
Otra.
—Usted tenía catorce mil euros condicionados al acuerdo de esa noche.
Otra.
—Su coartada tiene veintidós minutos sin presencia verificable durante la ventana del homicidio.
Otra.
—La firma utilizada en la falsificación procede de un documento que recibió y conservó.
Otra.
—La imagen recortada aparece en su equipo.
Otra.
—La representación falsa solo podía crearse después de las dieciocho catorce.
Otra.
—Y transforma justamente la cifra que usted había comunicado a Cendalva en la explicación de un cambio de voto.
Celia miró las hojas.
No a las personas.
Las hojas.
Clara pensó que aquello tenía sentido.
Había intentado controlar una historia mediante documentos.
Ahora eran los documentos los que le devolvían la historia.
—Nada de eso prueba que yo matara a Andrés —dijo.
La voz había cambiado.
Solo un poco.
—La falsificación me interesa mucho —respondió Aranda—. El homicidio también.
—Pero no puede unirlos.
—Sí puedo.
Celia levantó los ojos.
—¿Cómo?
Aranda no contestó.
Miró a Clara.
Ella comprendió.
No porque necesitara hablar.
Porque la lógica pertenecía al caso antes que a la policía.
—Porque matar a Andrés no resolvía tu problema —dijo.
Celia la miró.
—No lo maté.
—Si Andrés moría antes de la junta, la operación seguía bloqueada.
—No lo maté.
—Seguía faltando su consentimiento.
—Clara.
—Seguía faltando su voto.
—He dicho—
—Por eso alguien necesitó que votara después de muerto.
Silencio.
No había humor ahora.
Ni Pilar.
Ni Ramiro.
Ni siquiera Aranda.
Clara siguió:
—Si la persona que lo mató no tuviera interés en la junta, no necesitaría falsificar nada.
Celia no apartó la mirada.
—Y si quien falsificó el voto no supiera que Andrés estaba muerto, habría corrido el riesgo de que bajara a la reunión y desmontara todo.
Ramiro levantó lentamente la cabeza.
Pilar también.
Clara sintió la última pieza cerrarse.
—Las dos cosas necesitan a la misma persona.
Celia parpadeó.
—No.
—Sí.
—No necesariamente.
—Sí.
—Alguien pudo encontrarlo muerto.
—¿Y decidir espontáneamente falsificar su voto?
—Puede.
—¿Por qué?
Celia no respondió.
—¿Para ganar qué?
Nada.
—¿Con qué seguridad de que nadie más descubriría el cuerpo antes de las siete?
Silencio.
Clara se inclinó.
—La falsificación solo funciona para alguien que sabe que Andrés no va a bajar.
Celia dejó de respirar durante un instante.
Clara lo vio.
Esta vez sí.
—Porque sabe por qué no va a bajar.
Aranda no necesitó añadir nada.
La sala quedó quieta.
Al otro lado del pasillo, el buzón permanecía cerrado.
Pequeño.
Ridículo.
Suficiente para contener un voto de un muerto.
Celia miró a Ramiro.
—Tú me has visto durante años.
Ramiro no respondió.
—Sabes que trabajé por este edificio.
—Sí.
—Más que muchos.
—Sí.
—Las obras no salían. Nadie quería pagar. Todo era discutir.
—Sí.
—Encontré una opción.
—Sí.
—Negocié.
—Sí.
—Conseguí que subieran la oferta.
Ramiro tragó saliva.
—Sí.
—¿Y ahora todo eso desaparece porque acepté cobrar por mi trabajo?
—No.
—Entonces—
—Desaparece porque Andrés está muerto.
Celia cerró los ojos.
Solo un instante.
Cuando los abrió, ya no miró a Ramiro.
—Fui a hablar con él.
Nadie se movió.
Aranda levantó una mano.
—No continúe.
Celia lo miró.
—¿Qué?
—Lo que quiera declarar sobre el homicidio se hará formalmente y con asistencia letrada. No voy a interrogarla aquí.
—Ya lo saben.
—Eso no cambia sus derechos.
Celia bajó la mirada.
Durante unos segundos solo se oyó la lluvia contra la ventana.
—No fui al tercero para matarlo —dijo al fin, sin que nadie le preguntara—. Fui para que esperara hasta después de la votación.
Aranda volvió a levantar la mano.
—Celia.
—No hace falta que me pregunte.
Respiró.
—Discutimos. Lo golpeé. Volví arriba.
Ramiro cerró los ojos.
Aranda no formuló ninguna pregunta.
Celia siguió hablando de todos modos.
—Después llegó el correo.
Clara sintió el peso de la frase.
Dieciocho catorce.
VC-18B.
Noventa y seis mil.
El golpe podía haber ocurrido en un instante. El papel, no.
—Sin Andrés, la operación no salía —dijo Celia—. Y cuando vi la nueva oferta pensé que todavía podía salvarla.
Aranda cerró la carpeta.
—Basta. Lo demás, con abogado.
Celia asintió.
Clara no necesitaba más.
La secuencia estaba completa: Andrés había descubierto los correos y quería aplazar la junta; alguien había bajado a hablar con él durante el hueco de la videollamada; Andrés había muerto; después había llegado una oferta capaz de convertir su conocida cifra de noventa y cinco mil en una explicación convincente para un falso cambio de voto.
La firma de 2024 hacía posible el resto.
Copiar.
Recortar.
Insertar.
Imprimir.
El documento no había sido torpe.
Había sido demasiado cuidadoso.
Celia miró la copia de la representación falsa.
—Tenía que parecer suyo.
Clara sostuvo su mirada.
—Por eso pusiste la referencia y los noventa y seis mil.
Celia no respondió.
No hacía falta.
El detalle que había hecho creíble la falsificación era el mismo que había demostrado que Andrés nunca pudo escribirla.
Ramiro habló con la voz baja.
—¿El sobre?
Aranda se volvió hacia él.
—Ramiro, no.
Celia respondió de todos modos.
—Lo bajé conmigo. Lo dejé en el buzón antes de entrar.
Ramiro tragó saliva.
—Yo lo encontré.
Celia asintió.
—Lo sé.
—Y cuando lo leí dijiste que seguramente Andrés había visto la nueva oferta.
Celia cerró los ojos un instante.
Ramiro no añadió nada.
Aranda hizo un gesto hacia la puerta.
Celia se levantó.
Al pasar junto a Clara se detuvo.
—¿Sabes qué es lo peor?
Clara no respondió.
Celia sonrió muy poco.
—Que habría funcionado.
Clara la miró.
—No.
—Si Nora no hubiera subido tan pronto.
—No.
—Si el cuerpo aparecía al día siguiente, la operación ya estaría encaminada.
—Celia.
—Habría funcionado.
Clara negó.
—El documento seguía sabiendo algo que Andrés no podía saber.
Celia permaneció quieta.
—Antes o después, alguien habría mirado la hora del correo.
—Quizá.
—Yo la habría mirado.
Silencio.
Celia asintió lentamente.
—Sí.
Aranda se la llevó.
Los dos agentes los esperaban junto a la entrada.
Nadie habló mientras salían.
La puerta del portal se cerró.
Pilar respiró primero.
—Joder.
Ramiro seguía sentado.
Clara miró el buzón.
Pequeño rectángulo de metal.
Había bastado.
Una hoja dentro.
Un nombre.
Una firma.
Una voluntad.
—Tengo que corregir el acta —dijo Ramiro.
Pilar lo miró.
—¿Ahora?
—No.
Pausa.
—Pero tengo que hacerlo.
Clara se sentó frente a él.
—Sí.
Ramiro miró la mesa.
—Figura como voto favorable.
—Lo sé.
—Andrés Montalvo. Representado por el administrador. Voto favorable.
—Lo sé.
—Está escrito.
Clara observó el lugar donde cuatro días atrás había estado la representación.
—El acta registró un voto.
Ramiro levantó la vista.
—Sí.
Clara miró hacia la puerta del tercero B, invisible desde allí.
Después hacia la antigua portería.
Después al buzón.
—Andrés no.
Ramiro respiró.
Pilar no hizo ninguna broma.
Y por primera vez desde aquella junta extraordinaria, nadie intentó explicar lo que un documento quería decir.
Porque finalmente sabían exactamente lo que había ocurrido.
El papel había votado.
El vecino no.