El voto del vecino muerto Capítulo 9 — El vecino no votó
91%

Capítulo 9 — El vecino no votó

El vecino no votó

A las diez y cuatro de la mañana, Ramiro Gil colocó cuatro sillas en la sala donde había empezado todo.

Después añadió una quinta.

La miró.

La retiró.

Pilar, apoyada en la puerta, lo observó durante todo el proceso.

—¿Qué problema tenía?

—Ninguno.

—Entonces ¿por qué la has quitado?

—No hacía falta.

—Ha estado ahí quince segundos.

—Y ahora no.

Pilar miró a Clara.

—Está nervioso.

—No estoy nervioso —dijo Ramiro.

—Has despedido una silla.

—No se puede despedir una silla.

—Eso es exactamente lo que diría alguien que acaba de hacerlo.

Clara dejó dos vasos de agua sobre la mesa.

No había llevado café.

Pilar se lo había preguntado dos veces.

La primera, Clara dijo que no era el momento.

La segunda, que no quería que aquella conversación se pareciera demasiado a una junta.

Ramiro estuvo de acuerdo.

Eso había terminado de convencerla.

La sala seguía casi igual que cuatro días antes.

La misma ventana.

La misma mesa.

La puerta de la antigua portería visible al fondo del pasillo.

El buzón de la comunidad junto a la entrada.

Lo distinto estaba en las personas.

Berta no había bajado.

Doña Amparo tampoco.

Nora no sabía que iban a hablar con Celia aquella mañana.

Aranda había sido claro.

Solo quienes necesitaban estar.

A Clara le sorprendió descubrir que eso la incluía.

No le preguntó por qué.

Temía que cambiara de opinión.

—¿Qué hora es? —preguntó Ramiro.

Pilar miró el reloj.

—Diez y cinco.

—Había quedado a las diez.

—Cinco minutos no son una declaración de guerra.

—Dijo que bajaría.

Clara miró hacia el portal.

—Bajará.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque si no quisiera hablar, ayer habría llamado a un abogado antes de dejar que entraran en su casa.

Pilar la miró.

—Eso ha sonado policial.

—No lo era.

Ramiro volvió a colocar la quinta silla.

Pilar sonrió.

—Ha sido readmitida.

—Cállate.

Los pasos llegaron desde la escalera.

No del ascensor.

Celia apareció sola.

Llevaba un abrigo oscuro y el pelo recogido.

Igual que la noche de la junta.

Clara notó el detalle.

Se reprochó haberlo notado.

Celia se detuvo al verlos.

—Pensaba que estaríamos solo el inspector y yo.

Aranda salió del pasillo lateral.

—Podemos hacerlo así si lo prefiere.

Celia miró a Clara.

Después a Pilar.

Luego a Ramiro.

—No.

Entró.

—Ya que todo el edificio terminará sabiéndolo, ahorremos tiempo.

Pilar abrió la boca.

Clara la miró.

Pilar volvió a cerrarla.

Celia se sentó.

La quinta silla.

Ramiro también.

Aranda permaneció de pie.

Clara y Pilar ocuparon las dos restantes.

Durante un instante, aquello se pareció demasiado a la junta.

Aranda apoyó una mano en el respaldo de la silla que quedaba libre.

—Antes de empezar: esto no es una declaración formal. No voy a interrogarla aquí. Voy a exponerle varios elementos de la investigación. No está obligada a responder. Si quiere declarar sobre hechos que puedan atribuírsele, será con asistencia letrada.

Celia sostuvo su mirada.

—Entendido.

Celia debió pensarlo también.

Miró la mesa.

—Curioso.

Ramiro frunció el ceño.

—¿Qué?

—Que volvamos aquí.

Aranda respondió:

—No lo es.

Celia levantó la vista.

—¿No?

—Aquí se utilizó el documento.

Ella no contestó.

Aranda dejó una carpeta sobre la mesa.

No la abrió.

—Voy a exponer lo que hemos podido acreditar hasta ahora.

—Ya les he explicado todo lo que sé.

—No voy a pedirle que lo repita.

Aranda empezó por lo más sencillo.

—El contrato con Cendalva Patrimonial.

Celia no se movió.

—¿Qué pasa con él?

Ramiro la miró.

—¿Lo admites?

Celia volvió la cabeza.

—Nunca lo he negado.

—Nunca lo dijiste.

—No es lo mismo.

—Para una comunidad de propietarios sí.

—No estamos aquí para discutir gestión comunitaria.

—No.

Ramiro habló por primera vez con verdadera dureza.

—Estamos aquí porque un vecino está muerto y utilizaste una negociación del edificio para cobrar catorce mil euros sin decirlo.

Celia lo miró.

—No utilicé nada.

—Eras presidenta cuando empezó.

—Y después dejé de serlo.

—Pero seguiste negociando.

—Porque nadie más quería hacerlo.

—Yo soy el administrador.

—Desde 2025.

Ramiro se quedó callado.

Celia respiró.

—Hice trabajo. Llamadas. Reuniones. Documentación. Contactos. Meses.

—Y Cendalva decidió pagarte.

—Sí.

—Si la operación salía.

—Sí.

—Si salía aquella noche.

Celia no contestó.

Aranda tomó el relevo.

—La adenda vincula los honorarios a la aceptación en la junta convocada para ese día.

—Lo sé.

—Si se aplazaba, podía perderlos.

—Podía.

—Andrés quería aplazarla.

Celia sostuvo su mirada.

—Eso parece.

—No “parece”. Lo dijo a varias personas.

—Bien.

—Y había encontrado los correos sobre sus honorarios.

Silencio.

Clara vio el cambio.

Pequeño.

No sorpresa.

Aquello ya no.

Celia sabía que habían llegado hasta allí.

—Los correos no prueban nada ilegal —dijo.

—No he dicho que sea ilegal.

—Entonces no entiendo.

—Prueban un conflicto que Andrés pensaba sacar a la luz.

Celia miró hacia la ventana.

—Andrés veía conflictos en todo.

Clara habló por primera vez.

—No.

Celia se volvió.

Clara sostuvo su mirada.

—Veía documentos.

—Es lo mismo para él.

—No.

—Clara, trabajaste quince años en un registro civil y ahora llevas un café. No conviertas cualquier papel en una revelación moral.

Pilar se movió en la silla.

Clara no.

—No lo estoy haciendo.

—Lo parece.

—Andrés escribió “¿conflicto? pedir explicación antes de votar”.

Celia dejó de hablar.

—No escribió “fraude”.

—No.

—No escribió “corrupción”.

—No.

—Ni siquiera escribió tu nombre en esa nota.

—No.

Clara se inclinó ligeramente.

—Precisamente.

Celia frunció el ceño.

—¿Precisamente qué?

—Que iba a preguntarte.

Silencio.

—No había decidido condenarte —continuó Clara—. Quería que explicaras por qué alguien que estaba ayudando a conducir una negociación iba a cobrar si esa negociación se aprobaba.

Ramiro añadió:

—Y hasta aclararlo, quería aplazar la votación.

Celia lo miró.

—Eso habría destruido la oferta.

—No necesariamente.

—La habría puesto en riesgo.

—Sí.

—Y las obras también.

—Las obras podían esperar una semana.

—Eso lo dices ahora.

—No. Lo digo porque un hombre murió por algo que estamos intentando fingir que era urgentísimo.

Celia se quedó quieta.

Aranda abrió la carpeta.

—La cronología de esa tarde también forma parte de lo que hemos podido acreditar.

Celia no respondió.

Aranda sacó una hoja.

—Dieciséis treinta y dos. Entra en una videollamada.

—Sí.

—Dieciséis cuarenta y tres. Apaga cámara y micrófono.

—Sí.

—Diecisiete cinco. Vuelve a aparecer.

—Sí.

—Andrés muere en ese intervalo compatible.

—Compatible no significa que yo estuviera allí.

—Correcto.

Celia pareció ganar un poco de aire.

—Mi ordenador estuvo conectado todo el tiempo.

—Correcto.

—No hay ninguna cámara que me muestre saliendo.

—Correcto.

—Nadie me vio entrar en casa de Andrés.

—Correcto.

—Entonces esto no demuestra nada.

Aranda asintió.

—Aislado, no.

Celia sonrió apenas.

—Eso es lo que llevo diciendo.

—Por eso no hemos venido a hablar de una sola cosa.

El inspector sacó otra hoja.

La representación de 2024.

—Esta firma es de Andrés.

Celia la miró.

—Sí.

—La recibió usted directamente cuando era presidenta.

—Sí.

—Y conservó un backup.

—Sí.

—También lo conservaba la comunidad.

—Sí.

—Otras personas podían acceder.

—Exacto.

—Aislado, tampoco demuestra nada.

Celia cruzó los brazos.

—Bien.

Aranda sacó otra copia.

La representación falsa.

—Esta firma es la misma imagen.

Celia no respondió.

—No una imitación.

—Ya me lo dijo.

—No una firma parecida.

—Lo sé.

—La misma imagen recortada de la representación de 2024.

—Puede haberla tenido mucha gente.

—Sí.

—Entonces—

—La encontramos recortada en su ordenador.

Silencio.

No largo.

Pero completo.

Celia no miró a Clara.

Ni a Ramiro.

Solo a Aranda.

—Ya explicó eso ayer.

—No.

—Dijo que habían encontrado una imagen.

—Ahora tenemos el análisis.

Celia permaneció quieta.

—El archivo procede de la digitalización de 2024.

—Eso no significa que yo lo usara.

—No por sí solo.

Celia sonrió sin humor.

—Otra vez.

—Sí.

Aranda guardó las hojas.

—Por eso seguimos.

Pilar miró a Clara.

Clara sabía qué venía.

No por la investigación.

Por la estructura.

Habían llegado al punto en que cada hecho podía sobrevivir solo.

Pero juntos empezaban a significar algo distinto.

Aranda señaló la falsa representación.

—Este documento menciona VC-18B.

—Sí.

—Y noventa y seis mil euros.

—Sí.

—La oferta llega a las dieciocho catorce.

—Sí.

—Andrés ya estaba muerto, con margen suficiente.

Celia apretó la mandíbula.

—Eso demuestra que alguien falsificó el documento.

—Sí.

—No que fuera yo.

—No.

—Entonces—

Clara la interrumpió.

—El problema no es que pusieras noventa y seis mil.

Celia se volvió hacia ella.

—No he puesto nada.

Clara ignoró la frase.

—El problema es por qué alguien pondría noventa y seis mil.

Celia no respondió.

Pilar tampoco.

Ramiro miró a Clara.

—Si alguien solo necesitara falsificar un voto —continuó—, habría escrito algo sencillo.

Celia sostuvo su mirada.

—“Autorizo a Ramiro Gil a representarme. Voto a favor”.

—Eso no significa nada.

—Exacto.

La palabra quedó allí.

Celia frunció el ceño.

Clara siguió:

—No habría significado nada para nosotros.

—No entiendo.

—Andrés llevaba semanas oponiéndose.

—Sí.

—Había pedido una valoración independiente.

—Sí.

—Quería aplazar la junta.

—Eso dicen.

—Y todos sabíamos que lo haría.

Celia no dijo nada.

—Si aparecía de repente un papel diciendo solo “voto a favor”, nadie habría entendido el cambio.

Ramiro asintió.

—Habríamos discutido.

Pilar sonrió sin alegría.

—Mucho.

—Pero el documento lo explicaba —dijo Clara.

Celia miró la hoja.

—VC-18B.

Silencio.

—Noventa y seis mil.

La cara de Celia no cambió.

Pero Clara dejó de necesitar que cambiara.

—Andrés había dicho que por debajo de noventa y cinco ni hablaba.

—Todo el edificio lo sabía.

—Sí.

—Eso no me hace culpable.

—No.

Clara se inclinó.

—Pero hacía que noventa y seis pareciera una razón perfecta.

Celia miró a Aranda.

—¿Va a dejar que me acuse?

Aranda respondió:

—Todavía no ha terminado.

Clara sintió que Pilar la miraba.

No necesitaba verla.

—El falsificador no incluyó el precio porque fuera torpe.

—¿No?

—Lo incluyó porque era cuidadoso.

Celia no respondió.