Capítulo 8 — El precio de aquella noche #3
—Eso no suena a respuesta.
—Porque no voy a convertir un registro en una función de teatro.
—No te he pedido eso.
Aranda dejó la taza.
—Hay una carpeta de trabajo reciente.
Silencio.
—¿En el disco?
—No.
—¿Dónde?
—En el portátil.
Clara sintió el corazón más rápido.
—¿Qué contiene?
Aranda eligió las palabras.
—Entre otras cosas, una imagen recortada de la firma de Andrés.
Pilar cerró los ojos.
Ramiro se sentó.
Clara no dijo nada.
—Procede del documento de 2024 —continuó Aranda—. Coinciden tamaño, imperfecciones y el artefacto gris que observasteis.
—¿Y la representación nueva?
—Hay elementos que tendremos que peritar antes de afirmar exactamente cómo se generó.
—Pero la firma está ahí.
—Sí.
—Recortada.
—Sí.
—En el ordenador de Celia.
—Sí.
Pilar miró a Clara.
Esta vez nadie habló de casualidades.
—¿Cuándo se creó el archivo? —preguntó Clara.
Aranda negó.
—No voy a darte metadatos parciales antes del análisis.
—Vale.
Eso pareció sorprenderlo.
—¿Vale?
—No los necesito.
Clara miró hacia el techo.
Cuarto A.
Celia.
—Ya no.
Ramiro habló:
—¿La han detenido?
Aranda miró hacia él.
—No voy a hablar de eso aquí.
—Entonces sí.
—Ramiro.
—Solo—
—No.
Ramiro calló.
Clara siguió mirando la entrada del portal.
—Hay algo que todavía no entiendo.
Aranda la observó.
—¿Qué?
—El sobre.
—¿Qué pasa con él?
—Supongamos que Celia baja al tercero durante esa franja y Andrés muere.
—Hipótesis.
—Hipótesis.
—Bien.
—Vuelve a su apartamento. Después llega VC-18B a las seis y catorce.
—Sí.
—Hace el documento.
—Probablemente.
—Pero el buzón estaba vacío a las seis y veinticinco.
—Sí.
—Y Ramiro lo encuentra después de las siete.
—Sí.
Clara recordó la junta.
Las personas entrando.
Sillas.
Café.
Celia llegando a las seis y cincuenta y siete.
—Lo dejó cuando bajó.
Aranda no respondió.
—Celia llegó a la sala tres minutos antes de las siete.
Ramiro asintió.
—Sí.
—Venía del cuarto.
—Supongo.
—No sabes de dónde venía.
—No.
Clara miró hacia el buzón comunitario, al otro lado de la puerta.
—Pero era el momento perfecto.
Pilar entendió.
—Baja para la junta.
—Sí.
—Deposita el sobre.
—Sí.
—Y luego entra.
Clara recordó su aspecto.
Pelo recogido.
Carpeta fina.
Calma.
Perdón. Se me ha alargado una llamada.
No había habido una llamada.
O tal vez sí.
No importaba.
Entró en la sala.
Se sentó.
Esperó.
Y cuando Ramiro recordó el buzón, ella ya sabía qué encontraría.
Clara volvió a verla diciendo:
Si ha puesto la referencia, habrá visto la nueva oferta.
La explicación.
Preparada.
—Lo explicó antes que nadie —dijo.
Pilar la miró.
—¿Qué?
—El voto.
—Sí.
Clara sintió que aquella primera escena adquiría otro sentido.
—No solo había escrito el documento para que pareciera que Andrés había cambiado de opinión.
Aranda la observaba.
—También estaba preparada para explicar por qué.
Ramiro recordó.
—“Si ha puesto la referencia, habrá visto la nueva oferta”.
—Exacto.
Pilar se estremeció.
—Eso es bastante peor ahora.
Clara asintió.
No porque fuera una confesión.
Ni siquiera una gran pista.
Porque demostraba cuánto había pensado la falsificación.
No era una firma pegada deprisa.
Era una conducta construida.
Un muerto transformado en vecino razonable.
Un hombre que había dicho noventa y cinco.
Una oferta de noventa y seis.
Una explicación que todos podían aceptar.
Celia no necesitaba que el documento pareciera perfecto.
Necesitaba que Andrés pareciera él mismo.
—Ya sabes por qué lo hizo —dijo Aranda.
Clara lo miró.
—Sí.
—¿Todo?
—Creo que sí.
Pilar se apoyó en la barra.
—Entonces dilo.
Clara negó.
—No aquí.
—¿Por qué?
Clara miró hacia el cuarto piso.
La luz del rellano estaba encendida.
—Porque todavía falta una persona.
Aranda recogió la taza.
—Mañana.
Clara volvió la cabeza.
—¿Qué?
—Mañana hablaremos con Celia otra vez.
—¿Aquí?
—No.
—¿Puedo estar?
Aranda dejó escapar aire.
—No sé por qué sigo sorprendiéndome.
—Eso no es una respuesta.
—Ya veremos.
Pilar sonrió.
—Eso significa sí.
—No significa sí.
—Después de nueve libros ya sabemos traducirte.
Aranda la miró.
—Buenas noches.
Se marchó.
Ramiro lo siguió.
Pilar empezó a recoger las tazas.
Clara se quedó donde estaba.
La investigación ya no tenía la forma de un montón de sospechosos.
Tenía una secuencia.
Andrés descubre los correos.
Andrés decide frenar la votación.
Celia tiene catorce mil euros ligados a aquella noche.
Celia tiene una ventana sin cámara.
Andrés muere.
Llega VC-18B.
La cifra permite fabricar una razón para el cambio de opinión.
La firma de 2024 sale del archivo.
El papel entra en el buzón.
El muerto vota.
Todo estaba allí.
No había aparecido una prueba milagrosa.
No había una grabación.
No había un testigo escondido.
Solo personas.
Papeles.
Dinero.
Tiempo.
Y una falsificación demasiado cuidadosa.
Pilar apagó una de las luces.
—¿Vienes?
Clara no respondió.
Seguía mirando el portal.
Mañana tendrían que decirlo delante de Celia.
No preguntarle qué había ocurrido.
Eso ya no.
Explicárselo.
Explicarle por qué un hombre muerto había votado.
Y por qué, precisamente porque aquel voto parecía tan convincente, ya no podía pertenecerle.