El voto del vecino muerto Capítulo 8 — El precio de aquella noche #2
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Capítulo 8 — El precio de aquella noche #2

Clara siguió:

—A las cuatro y algo, Andrés está vivo y quiere frenar la junta.

—Sí.

—Muere antes de las cinco y cuarto.

—Sí.

—Celia tiene una ventana de veintidós minutos en la que su ordenador está conectado pero ella no aparece.

Aranda levantó una mano.

—Posibilidad.

—Posibilidad.

—No presencia probada en el tercero B.

—No.

—Continúa.

Clara asintió.

—Después llega VC-18B.

—A las dieciocho catorce.

—Noventa y seis mil.

Pilar siguió la lógica.

—Mil por encima de la frase de Andrés.

—Sí.

Clara señaló el contrato.

—Y ahí aparece una solución.

Ramiro la miró.

—¿Solución?

—Para quien ya lo ha matado.

Nadie habló.

—Antes de las seis y catorce —continuó Clara—, fabricar un voto favorable era difícil de explicar. Andrés llevaba días exigiendo una valoración y quería aplazar la junta.

—Pero después llega una oferta mejor —dijo Pilar.

—Sí.

—Una oferta que supera exactamente la cifra que él había repetido.

—Sí.

Ramiro miró la representación falsa.

—Entonces el precio no solo era una condición comercial.

—Era una historia.

Clara recordó el primer capítulo.

La explicación entrando en la sala y colocándose sola.

Si ha puesto la referencia, habrá visto la nueva oferta.

—Alguien piensa: ahora puedo hacer que parezca que Andrés cambió de opinión.

Aranda la observó.

—¿Por qué incluir VC-18B?

Clara lo miró.

Sabía que él conocía la respuesta.

Pero se la estaba haciendo decir.

—Porque “voto a favor” no bastaba.

—¿Por qué?

—Porque nadie lo habría creído.

Ramiro asintió lentamente.

—Todos sabíamos que estaba en contra.

—Exacto.

Clara señaló la línea.

—Necesitaba explicar el cambio.

Pilar terminó:

—Noventa y seis.

—Sí.

—El detalle que hace buena la falsificación.

Clara miró a Aranda.

—Es el mismo detalle que la destruye.

Silencio.

La frase quedó allí.

Simple.

—Porque Andrés ya estaba muerto cuando existió VC-18B —dijo Ramiro.

—Sí.

Clara apoyó las manos sobre la mesa.

Lo veía.

No imaginaba.

Veía la lógica.

Un golpe.

Un hombre muerto.

Una videollamada que seguía abierta arriba.

Después horas.

Una oferta nueva.

Una oportunidad.

Una firma antigua guardada en algún archivo.

Una representación escrita.

Un sobre.

La junta.

El muerto votando.

—Falta una cosa —dijo Aranda.

Clara lo miró.

—La prueba de que Celia hizo el documento.

—Entre otras.

—El backup.

—Sí.

—Está en su casa.

—Según ella.

—¿Vais a comprobarlo?

—Estamos en ello.

Clara percibió algo en la forma de decirlo.

—¿Ya puedes?

Aranda cerró la carpeta.

—Tenemos más que ayer.

—Eso no responde.

—No necesito explicarte cada paso judicial.

—No te he pedido cada paso.

—Estabas a punto.

Pilar sonrió.

—Esto es casi reconfortante.

Aranda continuó:

—Contrato oculto. Condición económica ligada a la junta. Correos que Andrés encontró. Ventana temporal compatible. Acceso directo al documento-fuente de la firma y reconocimiento de un backup privado.

—Y la falsa representación.

—Sí.

—¿Suficiente?

—Suficiente para hacer cosas que ayer no podíamos hacer.

Clara aceptó la respuesta.

No necesitaba saber más.

Todavía.

Celia no apareció en el café aquel día.

Clara lo notó.

También notó que estaba notándolo.

Eso le molestó.

A las doce y media sirvió doce menús.

A la una discutió con un proveedor por cuatro cajas de leche que no había pedido.

A la una y veinte descubrió a Migas dormido dentro de una caja de servilletas.

A la una y veintiuno Pilar afirmó que, técnicamente, las servilletas seguían utilizables.

A la una y veintidós Clara tiró la caja.

El mundo continuaba.

Pero debajo de cada conversación seguía existiendo la misma reconstrucción.

Celia.

Clara intentó poner otro nombre.

Arturo.

No.

Su ventana estaba prácticamente cerrada y no tenía acceso evidente al archivo antiguo.

Sergio.

No.

Había interés comercial, sí.

Pero estaba en una reunión durante la muerte y el contrato pagaba a otra persona.

Nora.

No.

Dinero, herencia, una frase horrible.

Pero no explicaba el voto.

Lola.

No.

Ni oportunidad ni incentivo para fabricar un sí a una operación que quería impedir.

Berta.

Acceso documental.

Sí.

Pero ningún motivo para el homicidio ni urgencia por la venta.

Ramiro.

Acceso.

Conocimiento.

Procedimiento.

Pero tampoco motivo.

Y había sido precisamente él quien encontró el documento y lo procesó creyéndolo auténtico.

Celia era diferente.

Cada capa no la probaba.

Pero cada capa volvía a encontrarla.

Negociación.

Cifra de noventa y cinco.

Archivo.

Representación de 2024.

Backup.

Ventana de videollamada.

Honorarios.

Plazo.

Andrés investigándola.

Clara no necesitaba que una pista dijera Celia .

El problema era que todas las rutas terminaban pasando por ella.

Pilar se sentó al otro lado de la barra.

—Ya lo sabes.

Clara limpió una taza.

—¿Qué?

—Quién.

—No sé nada.

—Vale.

—Lo sospecho.

—Eso es una versión más aburrida de saber.

—Es una versión correcta.

Pilar observó la cafetería.

—¿Crees que fue por catorce mil euros?

Clara dejó la taza.

—No.

Pilar la miró.

—¿No?

—Creo que fue por muchas cosas.

—Eso suena preocupantemente humano.

—Catorce mil explican la urgencia.

—¿Y el golpe?

Clara pensó.

—Probablemente no bajó al tercero pensando en matar a Andrés.

—¿Entonces?

—Convencerlo.

—De que no enseñara los correos.

—Sí.

—Y salió mal.

—Eso creo.

Pilar miró hacia el portal.

—Luego llega la oferta.

—Sí.

—Y decide falsificar el voto.

Clara tardó en responder.

—Eso ya es diferente.

—¿Por qué?

—Porque el golpe puede haber sido impulsivo.

Pilar entendió.

—El papel no.

—No.

Copiar una firma.

Escribir una representación.

Introducir VC-18B.

Noventa y seis mil.

Imprimir.

Preparar un sobre.

Bajarlo.

Dejarlo en el buzón.

Eso requería decisiones.

Una detrás de otra.

—El homicidio puede empezar en un segundo —dijo Clara.

Pilar no dijo nada.

—El voto necesitó tiempo.

Aranda volvió a las cinco y cuarenta y ocho.

Esta vez no venía solo.

Dos agentes permanecieron en el portal.

Clara salió del café.

—¿Qué ha pasado?

—Nada que necesites seguir.

—Entonces no habrías entrado.

—He venido a buscar a Ramiro.

—Está arriba.

—Bien.

Aranda empezó a caminar.

Clara lo siguió.

Él se detuvo.

—No.

—No voy contigo.

—Estás literalmente viniendo conmigo.

—Voy al primero.

—¿Por qué?

Clara pensó.

—A hablar con Ramiro.

—Yo también.

—Qué coincidencia.

Aranda la miró.

Pilar apareció detrás.

—Puedo confirmar que Clara necesitaba hablar urgentemente con Ramiro desde hace… treinta segundos.

—Gracias.

—De nada.

Aranda respiró.

—Quedaos en el café.

Clara miró a los agentes.

Después hacia arriba.

—¿Celia?

—Sí.

—¿Vais a entrar en su casa?

—Clara.

—Solo pregunto.

—Quedaos.

Pilar puso una mano sobre el brazo de Clara.

—Ven.

Clara no quería.

Precisamente por eso volvió al café.

A veces la diferencia entre ayudar y estorbar consistía en aceptar que una puerta debía cerrarse sin ella.

Tardaron casi dos horas.

Pilar preparó café.

Clara no bebió.

Ramiro bajó una vez, habló con los agentes y volvió a subir.

Doña Amparo preguntó tres veces qué estaba pasando.

A la tercera, Pilar respondió:

—Procedimientos.

Doña Amparo hizo una mueca.

—Eso no explica nada.

—Estoy aprendiendo.

A las siete y treinta y seis, Aranda entró.

Clara supo que habían encontrado algo.

No porque sonriera.

No lo hacía.

Porque ya no parecía estar persiguiendo una hipótesis.

Parecía cargar una respuesta.

—¿Café? —preguntó Clara.

—Sí.

—¿Encontrasteis el disco?

Aranda la miró.

—Café primero.

—Eso es cruel.

—Eso es café.

Clara preparó uno.

Aranda bebió.

Pilar esperaba.

Migas también, aunque por razones distintas.

—El disco existe —dijo finalmente.

Clara dejó de secar una taza.

—¿Y?

—Contiene el backup del periodo en que Celia fue presidenta.

—¿La representación de Andrés?

—Sí.

Ramiro acababa de entrar.

Se quedó en la puerta.

Aranda continuó:

—Y varias versiones de documentos de aquella época.

—¿Algo sobre la representación falsa?

—Todavía estamos analizando.

Clara frunció el ceño.