El voto del vecino muerto Capítulo 8 — El precio de aquella noche
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Capítulo 8 — El precio de aquella noche

El precio de aquella noche

A la mañana siguiente, Clara escribió cuatro cifras en una servilleta.

Pilar miró por encima de su hombro.

—Eso parece una dieta muy cara.

Clara trazó una línea bajo las cuatro cifras.

—Falta algo.

—¿Otra cifra?

—No.

—¿Entonces?

Clara miró la servilleta.

—Saber cuánto valía para alguien que la votación se celebrara aquella noche.

Pilar dejó la taza.

—Eso no cabe bien en una servilleta.

—Por eso no he puesto nada.

—Progreso.

El Café Aurora acababa de abrir.

Afuera llovía con una insistencia fina, suficiente para oscurecer el portal y hacer que todo el edificio pareciera encerrado en la misma mañana.

La portería seguía cerrada.

Clara había pasado junto a la puerta al levantar la persiana.

Crema.

Pomo oscuro.

Nada distinto.

Un espacio vacío por el que alguien había matado.

No.

Clara se corrigió.

Eso todavía no lo sabía.

Alguien había matado a Andrés.

Después alguien había utilizado su voto para intentar salvar una operación.

Podía ser la misma persona.

La lógica decía que probablemente lo era.

Pero probablemente seguía sin ser una prueba.

La puerta se abrió.

Aranda entró con Ramiro detrás.

Clara dejó de sonreír.

No por Ramiro.

Por la carpeta que llevaba Aranda.

Era gruesa.

Pilar miró la servilleta.

Luego a Clara.

—No me digas nada.

—No iba a hacerlo.

Aranda se acercó a la barra.

—Necesito café.

—Eso suena grave.

—Necesito dos.

—Eso sí.

Clara preparó uno para él y otro para Ramiro.

Ramiro no había pedido.

No protestó.

—¿Qué habéis encontrado? —preguntó Clara.

Aranda abrió el abrigo.

—Primero quiero aclarar una cosa.

Pilar se sentó.

—Cuando empiezas así, nunca es algo divertido.

—Ayer encontramos una referencia a honorarios de éxito.

—Sí.

—No sabíamos quién los cobraba.

—Sí.

—Ni cuánto.

—Sí.

Aranda la miró.

—¿Puedes dejar que termine alguna vez?

—Estoy confirmando.

—No necesito confirmación.

—Pues adelante.

Ramiro sujetaba la taza con ambas manos.

Clara lo observó.

—Tú ya lo sabes.

Ramiro miró el café.

—Sí.

Pilar se volvió hacia él.

—¿Es malo?

Ramiro tardó.

—Es… bastante malo.

Aranda puso la carpeta sobre una mesa.

—Cendalva ha entregado la documentación contractual vinculada a la operación.

Clara salió de detrás de la barra.

—¿Voluntariamente?

—Después de hablar con sus abogados, sí.

—Eso suena menos voluntario.

—No importa.

Abrió la carpeta.

Sacó un documento de varias páginas.

La primera línea llevaba el nombre de Cendalva Patrimonial.

La segunda, un nombre que Clara ya esperaba encontrar.

Celia Velarte.

Pilar dejó de moverse.

Ramiro bebió.

Aranda giró el documento.

—Contrato de asesoramiento e intermediación.

Clara leyó.

No todo.

Solo lo suficiente.

Fechas.

Objeto.

Descripción de la operación.

Servicios de contacto, coordinación y facilitación.

Luego llegó a la cantidad.

Se quedó quieta.

Pilar miró la hoja.

—Catorce mil.

Ramiro dejó la taza.

Clara volvió a leer la cifra antes de mirar a Aranda.

—¿Catorce mil euros?

—Sí —dijo Aranda.

—Pagaderos a Celia.

—Sí.

—Por asesoramiento e intermediación.

—Sí.

—¿La comunidad sabía?

Ramiro negó.

—Yo no.

—¿Berta?

—No.

—¿Los propietarios?

—No consta en ninguna acta ni documentación comunitaria.

Clara miró a Aranda.

—Entonces era privado.

—Sí.

—¿Ilegal?

—No necesariamente.

—Pero oculto.

—Eso sí.

Clara siguió leyendo.

—¿Cuándo cobraba?

Aranda señaló una cláusula.

Clara bajó.

La frase era seca.

Contractual.

Casi aburrida.

La remuneración variable pactada quedará devengada únicamente en caso de aceptación de la propuesta por la comunidad dentro de su periodo de vigencia y posterior formalización de la operación.

Clara leyó otra vez.

—Aceptación dentro del periodo de vigencia.

—Sí.

—¿Qué significa exactamente para aquella noche?

Aranda sacó otra hoja.

—Una adenda.

Ramiro dejó la taza.

—Eso es lo peor.

Pilar lo miró.

—No me gusta cuando tú dices eso.

Aranda puso la hoja al lado.

Fecha reciente.

Tres días antes de la junta.

La adenda vinculaba los honorarios a una oferta concreta.

VC-18B o propuesta revisada equivalente aceptada en junta convocada para el día…

Clara llegó a la fecha.

La misma noche en que había muerto Andrés.

—No era simplemente cerrar la venta —dijo.

—No.

—Era conseguir el acuerdo de esa junta.

—Sí.

—¿Si se aplazaba?

Aranda señaló el siguiente párrafo.

Clara leyó.

La condición económica caducaba.

El expediente podía renegociarse después.

La venta incluso podía producirse.

Pero aquellos honorarios concretos no quedarían garantizados.

Pilar se acercó.

—Entonces si Andrés conseguía aplazar la votación…

—Celia podía perder catorce mil euros —dijo Ramiro.

—Podía perderlos aunque luego se vendiera —añadió Clara.

Aranda asintió.

—Exactamente.

Silencio.

La cifra tenía una forma diferente a las demás.

Noventa y dos.

Noventa y cinco.

Noventa y seis.

Ciento nueve.

Aquellas eran cifras sobre el valor de un espacio.

Catorce mil era el valor que la noche tenía para una persona.

Pilar se sentó.

—Eso ya no es “quería que se vendiera”.

—No —dijo Clara.

—Es “necesitaba que se votara”.

—Sí.

Aranda cerró el contrato.

—Y todavía no demuestra que matara a Andrés.

Clara lo miró.

—Lo sé.

—Ni que falsificara la representación.

—Lo sé.

—Bien.

Pilar levantó una mano.

—Pero empieza a ser una colección bastante desagradable de casualidades.

Aranda no discutió.

Clara volvió al documento.

—¿Por qué Cendalva pagaba a Celia?

—Según ellos, por contactos, documentación preliminar, coordinación con la comunidad y acompañamiento de la operación.

Ramiro se enfadó por primera vez.

No levantó la voz.

Eso lo hizo más evidente.

—Eso era trabajo de la presidencia.

Aranda lo miró.

—Parte podía serlo.

—Ella hizo esos contactos siendo presidenta.

—Sí.

—Con documentación de la comunidad.

—Sí.

—Y luego firmó un contrato privado.

—Sí.

Ramiro dejó la taza.

—Eso tenía que haberse declarado.

—Probablemente —dijo Aranda.

—No probablemente.

—Ramiro.

—Los propietarios tenían derecho a saber que una persona que participaba en la negociación iba a cobrar si la operación salía adelante.

—Eso tendrá que analizarse por separado.

—No es por separado.

Clara observó a Ramiro.

Entendía su enfado.

Durante días se había culpado por haber contado correctamente un documento falso.

Ahora descubría que otra persona había usado la estructura de la comunidad mientras ocultaba un interés propio.

Para Ramiro, aquello no era solo dinero.

Era contaminación del procedimiento.

—Andrés lo descubrió —dijo Clara.

Aranda no respondió inmediatamente.

Eso fue respuesta suficiente.

—Encontrasteis el correo completo.

—Parte.

—¿Parte suficiente?

Sacó otras hojas.

—Creo que sí.

El correo que había encontrado Andrés no era especialmente dramático.

Eso lo hacía peor.

No llevaba en el asunto palabras como secreto , comisión o no enseñar a los vecinos .

El asunto decía:

Documentación pendiente / vivienda portería

Celia había reenviado meses atrás una conversación a la cuenta comunitaria.

Probablemente por error.

O por comodidad.

Debajo del mensaje reciente había quedado incrustada una cadena anterior.

Clara la leyó despacio.

Sergio agradecía las gestiones.

Celia respondía que el edificio era complicado.

Sergio hablaba de mantener las condiciones del acuerdo de asesoramiento.

Celia pedía que los detalles económicos quedaran al margen de las comunicaciones dirigidas a la comunidad.

Clara se detuvo.

—Aquí.

Aranda asintió.

—Sigue.

El mensaje siguiente era de Sergio.

Por supuesto. Los honorarios pactados son ajenos a la comunidad y corresponden exclusivamente al trabajo de intermediación realizado por usted.

Más abajo.

La parte variable quedará condicionada al cierre en los términos acordados.

Clara levantó la vista.

—Andrés vio esto.

—Creemos que sí.

—¿Cuándo?

—Estamos intentando fijarlo.

Ramiro intervino.

—Pidió copias del archivo para preparar la valoración cuatro días antes de la junta.

—¿Y estos correos estaban ahí?

—Sí.

—¿Impresos?

—No.

—Entonces los encontró en digital.

—Probablemente.

Pilar estaba leyendo sobre el hombro de Clara.

—¿Cómo sabemos que realmente los vio?

Aranda sacó una hoja más.

Esta no era un correo.

Era una impresión encontrada en el despacho de Andrés durante una segunda revisión.

La cadena.

Con tres líneas subrayadas a mano.

Una de ellas:

honorarios pactados

Otra:

al margen de las comunicaciones dirigidas a la comunidad

Y al lado, con la letra azul que ya conocían:

¿conflicto? pedir explicación antes de votar

Clara se quedó quieta.

Había algo doloroso en aquellas palabras.

No porque fueran emocionantes.

Porque eran Andrés.

No escribía “escándalo”.

No escribía “corrupción”.

No escribía “Celia está robando”.

Escribía:

¿conflicto?

Pregunta.

Verificación.

Explicación.

Antes de votar.

—Entonces no pensaba acusarla sin más —dijo Clara.

—No parece.

—Quería pedir una explicación.

—Sí.

—Y aplazar la votación.

—Sí.

Ramiro miró el papel.

—Probablemente habría conseguido aplazarla.

—¿Seguro? —preguntó Aranda.

Ramiro pensó.

—Si hubiera mostrado eso durante la junta y pedido tiempo para aclararlo… sí. No creo que nadie hubiera querido seguir votando esa noche.

Pilar señaló:

—Especialmente con la valoración en ciento nueve.

—Sí.

Clara volvió al contrato.

Catorce mil.

Si Andrés bajaba a la junta, el voto probablemente se aplazaba.

Si no bajaba, su ausencia dejaba la operación sin el consentimiento necesario.

Incluso muerto seguía bloqueando.

Hasta que apareció una hoja.

Una representación.

Un sí.

—Lo necesitaba dos veces —dijo Clara.

Aranda la miró.

—¿Qué?

—El asesino.

Pilar dejó de leer.

Clara empezó a ordenar las piezas en voz alta.

No como una conclusión final.

Como si necesitara oír dónde encajaban.

—Primero necesitaba que Andrés no hablara.

Aranda no respondió.

—Porque Andrés había encontrado los correos.

—Sí.

—Pensaba enseñarlos en la junta.

—Sí.

—Y pedir que no se votara.

—Sí.

—Pero matarlo no solucionaba el problema de la votación.

Ramiro comprendió.

—Sin su consentimiento, tampoco avanzaba.

—Exacto.

Clara miró la copia de la representación.

—Así que después de matarlo seguía necesitando a Andrés.

Pilar frunció el ceño.

—Solo que ya no podía preguntarle.

—Por eso alguien respondió por él.

Aranda guardó silencio.