Capítulo 7 — La cámara apagada #3
Berta apareció de una mesa lateral.
—¿Los de Cendalva?
—Algunos.
Pilar dejó de contar monedas en la caja.
—¿Y?
Aranda sacó la primera hoja.
—No voy a dejar que nadie se monte una novela con esto.
Clara levantó una ceja.
—Estamos en un café.
—Sabes perfectamente a qué me refiero.
—Sí.
—Bien.
Puso el correo sobre la mesa.
Era antiguo.
Celia escribía desde la cuenta de la comunidad a Sergio Alcoria.
El mensaje hablaba de la portería.
Primeras consultas.
Documentación.
Posibilidades de venta.
Nada extraño.
—Esto no demuestra nada —dijo Clara.
—Correcto.
Segundo correo.
Sergio respondía sobre una posible intermediación comercial.
Tampoco extraño.
Había lenguaje de empresa.
Contactos.
Valoración inicial.
Condiciones.
Pilar leyó por encima.
—Todo esto parece diseñado para que nadie quiera seguir leyendo.
—Así funcionan muchos delitos económicos —dijo Aranda.
—¿Eso es una crítica estética?
—Sí.
Tercera hoja.
Clara empezó a leer.
Era un reenvío.
Celia había enviado un correo a la cuenta de la comunidad meses atrás.
Debajo aparecía parte de una conversación anterior.
No completa.
Una cadena.
Clara bajó.
Dos mensajes.
Tres.
Y en uno de ellos vio una frase.
No la entendió de inmediato.
La volvió a leer.
…los honorarios de éxito quedarían vinculados al cierre efectivo de la operación…
Clara se quedó quieta.
Pilar se inclinó.
—¿Qué?
Aranda la vio.
—Ahí.
Ramiro leyó.
—¿Honorarios de éxito?
Berta frunció el ceño.
—¿De quién?
Aranda negó.
—Eso es precisamente lo que todavía no sabemos con certeza.
Clara siguió leyendo.
La cadena estaba incompleta.
La parte superior del correo se había reenviado sin algunos adjuntos.
No aparecía un contrato.
No aparecía una cantidad.
Ni siquiera quedaba completamente claro quién era el beneficiario de aquellos honorarios.
Pero sí una cosa.
Existían.
—¿Esto es lo que encontró Andrés? —preguntó Clara.
—Probablemente.
—¿En los correos antiguos?
—Sí.
—¿Y por eso escribió “intermediación”?
—Es una posibilidad fuerte.
Ramiro leyó otra vez.
—¿Honorarios pagados por Cendalva?
—Eso parece.
—¿A quién?
Aranda lo miró.
—Todavía estoy esperando documentación.
Pilar se acercó.
—¿Cuándo se cobraban?
Clara volvió a la línea.
Había otra frase.
Más abajo.
…siempre que la operación se formalice dentro del plazo acordado…
La leyó en silencio.
Una vez.
Dos.
Después miró a Aranda.
Él ya la estaba mirando.
—No sabemos el plazo —dijo Clara.
—Todavía no.
—Pero era condicionado.
—Sí.
—A cerrar.
—Sí.
Pilar entendió después.
—Entonces alguien podía perder dinero si se retrasaba.
Aranda guardó silencio.
Ramiro dejó la hoja.
—Andrés quería aplazar la votación.
Clara asintió.
—Hasta tener la valoración.
Berta añadió:
—Y había encontrado estos correos.
—Sí.
Clara miró las tres hojas.
El caso acababa de cambiar otra vez.
Hasta entonces la venta había creado intereses.
Arturo quería que el edificio mejorara.
Sergio quería cerrar una operación.
La comunidad quería evitar una derrama.
Celia había trabajado durante meses para sacar adelante la negociación.
Todo eso explicaba por qué alguien podía preferir un sí.
Pero unos honorarios de éxito explicaban otra cosa.
Urgencia.
—¿Cuánto? —preguntó Clara.
Aranda recogió las hojas.
—No lo sé.
—¿Quién?
—No lo sé con prueba suficiente.
—Pero tienes una idea.
—Tengo una cadena incompleta.
—Aranda.
—Y voy a esperar a tener el contrato.
Pilar cruzó los brazos.
—Eso significa que sí tienes una idea.
—Significa que hago mi trabajo.
—A veces es lo mismo.
Aranda guardó las copias.
Clara seguía viendo la frase.
Vinculados al cierre efectivo.
No a negociar.
No a intentarlo.
No a conseguir una oferta.
A cerrar.
—¿Cuándo iba a caducar VC-18B? —preguntó.
Ramiro respondió:
—Al día siguiente.
Clara negó.
—No.
—Sí.
—Formalmente sí.
Aranda la miró.
—¿Qué estás pensando?
Clara recordó a Sergio.
Si la comunidad no daba un acuerdo claro aquella noche, el expediente volvía a revisión interna.
Podían mantener la oferta.
O no.
Recordó a Andrés.
Esto no se vota hoy.
Recordó la valoración.
Ciento nueve mil.
La oferta.
Noventa y seis.
La representación fabricada.
El voto que hacía avanzar el acuerdo.
Y ahora aquellos honorarios.
—Que el día siguiente quizá ya fuera demasiado tarde para alguien.
Pilar dejó la mano sobre la barra.
Ramiro frunció el ceño.
—Pero la oferta seguía vigente.
—La oferta —dijo Clara.
Miró el lugar donde Aranda había guardado los correos.
—No necesariamente el dinero de quien necesitaba que la aceptaran.
Aranda no dijo nada.
Aquello fue suficiente.
Clara volvió la vista hacia la puerta del Portal 7.
Durante dos días habían preguntado quién quería vender la portería.
La respuesta era demasiada gente.
Pero Andrés no había muerto porque alguien quisiera vender algún día.
Había muerto la tarde de una junta concreta.
Su firma había sido copiada para una oferta concreta.
Su voto había sido fabricado para una decisión concreta.
Y por primera vez tenían un indicio de que, para alguien, el calendario no era un detalle.
Era el motivo.
La urgencia nunca había sido vender la portería.
Era venderla aquella noche.