El voto del vecino muerto Capítulo 7 — La cámara apagada #2
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Capítulo 7 — La cámara apagada #2

—Porque una representación firmada por Andrés en 2024 parece ser la fuente de la firma usada en el documento falso.

Por primera vez, la expresión de Celia cambió de verdad.

No miedo.

Sorpresa.

—¿Qué?

—La firma de la representación de esta semana no fue escrita a mano —dijo Aranda—. Es una reproducción de la firma que Andrés dejó en un documento de 2024.

Celia se sentó otra vez.

—Eso es absurdo.

—No.

—¿Están seguros?

—Bastante.

Clara observó su reacción.

Esta vez no había cálculo visible.

Solo una incredulidad muy limpia.

O muy buena.

—Yo era presidenta en 2024 —dijo Celia.

—Lo sabemos.

—Recibía representaciones.

—También.

—Digitalicé archivos.

—Sí.

—¿Y por eso ahora creen que falsifiqué una?

Aranda negó.

—No he dicho eso.

—Pero es lo que está insinuando.

—Estoy reconstruyendo acceso.

Celia miró a Clara.

—Tú también tienes copias antiguas de documentos.

Clara frunció el ceño.

—No de las representaciones.

—No lo sabes.

—Sí lo sé.

—La comunidad enviaba cosas.

—No este tipo de cosas.

Berta apareció desde el portal en ese momento, como si alguien hubiera pronunciado la palabra documento con suficiente fuerza para convocarla.

—¿Qué pasa?

Pilar sonrió.

—Impresionante.

Berta se acercó.

Celia la vio.

—Berta tenía acceso a la carpeta.

—Sí —dijo Berta.

—Ramiro tiene el archivo.

—Desde 2025 —respondió él.

—El administrador anterior también.

Aranda levantó una mano.

—Precisamente. Por eso he dicho que estamos reconstruyendo acceso.

Celia se volvió hacia él.

—Entonces no entiendo por qué esta conversación es conmigo.

—Porque usted recibió directamente la representación de Andrés en 2024.

—Era presidenta.

—Sí.

—Y eso era mi función.

—Sí.

—Entonces estamos de acuerdo.

—Completamente.

Celia pareció irritarse más con la concordancia que con una acusación.

—Además, conservé un backup.

Clara la miró.

—¿Qué backup?

Celia se quedó callada un segundo.

Aranda inclinó la cabeza.

—Siga.

—Cuando terminé como presidenta hice una copia de los documentos que tenía en el ordenador.

Ramiro la miró.

—¿Por qué?

—Porque no iba a borrar dos años de trabajo sin saber si faltaba algo en el traspaso.

—¿Dónde está?

—En un disco externo.

La sala pareció encogerse.

Aranda no hizo ningún gesto.

—¿Lo conserva?

—Creo que sí.

—¿Dónde?

—En casa.

Ramiro abrió la boca.

Celia lo miró.

—No es un secreto.

—No sabía que lo tenías.

—Porque nunca me lo preguntaste.

—Debías haberlo entregado.

—Entregué todo.

—Una copia también forma parte—

Aranda levantó la mano.

—No ahora.

Ramiro cerró la boca.

Celia continuó:

—Hay actas, presupuestos, facturas, fotografías de obras. No recuerdo qué más.

—¿Representaciones?

—Puede ser.

—¿La de Andrés?

—No lo sé.

—¿Podemos comprobarlo?

Celia miró al inspector.

—¿Ahora?

—No voy a entrar en su casa sin más.

—Bien.

—Pero necesito que no manipule ese disco.

Celia soltó una risa breve.

—¿Cree que voy a subir corriendo a borrar archivos?

—Creo que acabo de decirle que no los manipule.

—No voy a hacerlo.

—Gracias.

Pilar miró a Clara.

Clara conocía esa mirada.

No era “la tenemos”.

Era peor.

Era “eso importa”.

Celia cogió el bolso.

—¿Puedo irme ya?

Aranda asintió.

—Sí.

Celia caminó hacia la puerta.

Pilar la siguió con la mirada.

Antes de salir, Celia se detuvo.

—¿La venta queda anulada?

Nadie respondió inmediatamente.

Celia miró a Ramiro.

—La operación. ¿Qué pasa con la operación?

Ramiro frunció el ceño.

—Después de un voto falsificado y un homicidio, no vamos a seguir como si nada.

—No he dicho eso.

—Entonces ¿qué preguntas?

—Si Cendalva puede mantener la oferta.

Clara sintió algo.

No una prueba.

Una dirección.

Pilar la sintió también.

Lo supo porque dejó de mirar a Celia y miró a Clara.

Ramiro respondió:

—No lo sé.

—Deberías saberlo.

—Celia—

—Si todo se suspende, es probable que retiren la oferta.

—Ha muerto Andrés.

Celia cerró la boca.

Ramiro añadió:

—Y alguien usó su nombre para alterar una decisión de la comunidad.

—Lo sé.

—Entonces ahora mismo la oferta me importa bastante poco.

Celia lo miró.

—A ti puede.

Silencio.

La frase había salido mal.

Celia lo supo.

—No quería decirlo así.

Ramiro no respondió.

Celia salió.

La puerta se cerró.

Nadie habló durante varios segundos.

Aranda fue el primero.

—No.

Pilar lo miró.

—¿No qué?

—No conviertas una frase desafortunada en una confesión.

—No iba a hacerlo.

—Sí ibas.

Pilar miró a Clara.

—¿Ves? Ahora él también lee caras.

Clara seguía mirando la puerta.

—No es la frase.

—¿Qué es? —preguntó Aranda.

Clara se volvió hacia Pilar.

—Tú lo has visto.

Pilar asintió.

—Sí.

Aranda se mostró cansado.

—¿Qué habéis visto?

Pilar dejó la cucharilla.

—Que cuando le has contado que alguien usó una firma de Andrés de 2024, se ha defendido.

—Normal.

—Sí.

—Y cuando Ramiro ha hablado del muerto…

—También.

—¿Entonces?

Pilar se inclinó.

—Pero cuando ha tenido que irse, ¿qué ha preguntado?

Aranda miró hacia la puerta.

No respondió.

Pilar sí.

—Si todavía se podía salvar la operación.

Ramiro frunció el ceño.

—Eso puede ser porque lleva meses trabajando en ella.

—Claro.

—No significa nada.

—No he dicho que signifique algo.

—Ha sonado como si—

Clara intervino.

—Es una pista humana, no una prueba.

Pilar la miró.

—Exacto.

Aranda guardó la carpeta.

—Una persona también puede aferrarse a una preocupación práctica cuando está asustada.

—Sí —dijo Clara.

—Y puede preguntar por una operación porque la conoce bien.

—Sí.

—Y guardar un backup porque fue presidenta.

—Sí.

Aranda la miró.

—Me estás dando demasiado la razón.

—Porque tienes razón.

—Eso me preocupa más.

Pilar sonrió.

Clara volvió a mirar la puerta.

—Pero ahora tenemos dos cosas distintas.

—¿Cuáles?

—Una posibilidad documental.

—El backup.

—Sí.

—Y una ventana temporal.

—La cámara apagada.

Aranda asintió.

—Ninguna prueba homicidio.

—Todavía no.

—Clara.

—He dicho “todavía” como concepto.

—Claro.

Berta se sentó.

—¿Podemos mirar el archivo de acceso?

Aranda se volvió hacia ella.

—¿Qué archivo?

—El histórico de la carpeta compartida.

Ramiro negó.

—Es demasiado antigua. No tenemos registro completo.

—Pero algunos correos sí.

—Eso es distinto.

Berta abrió su carpeta.

Pilar suspiró.

—Ya ha vuelto a traerla.

—No me he ido nunca.

—Eso es peor.

Berta sacó varias hojas.

—Ayer, cuando encontramos la representación de 2024, dijimos que Andrés la envió a la cuenta de la comunidad y a Celia.

—Sí —dijo Clara.

—Pero hay una cadena posterior.

Aranda se acercó.

—¿Qué cadena?

—El administrador anterior responde.

—¿Y?

—Reenvía la representación junto con otras dos a una carpeta de archivo.

Ramiro la miró.

—Eso ya lo sabemos.

—No. Sabemos que existe la carpeta. No quién recibió ese correo.

Berta puso la hoja sobre la mesa.

Clara leyó los destinatarios.

Celia.

Berta.

Administrador.

Dos propietarios.

Una dirección genérica de obras.

—Eso amplía todavía más el acceso —dijo Aranda.

—Sí.

Clara no estaba decepcionada.

Debería haberlo estado.

Pero no.

Una pista demasiado exclusiva habría sido fácil.

Y el caso no era fácil.

—Entonces seguimos sin poder ligar la firma a una sola persona.

—Exacto —dijo Aranda.

Pilar miró hacia el portal.

—Pero solo una tiene ahora una coartada con un agujero.

Aranda la señaló.

—Y eso tampoco basta.

—No he dicho que baste.

—Bien.

Pilar sonrió.

—Estamos todos aprendiendo.

A las seis de la tarde, Aranda volvió.

Esta vez sin café.

Sin saludo.

Y con Ramiro detrás.

Clara supo que algo había cambiado antes de que dijeran nada.

—¿Qué?

Aranda dejó una funda transparente sobre la barra.

Dentro había tres hojas impresas.

—Hemos empezado a recuperar la cadena antigua de correos que Andrés quería revisar.

Clara se acercó.

—¿De 2024?

—Parte de 2024. Parte de 2025.