Capítulo 7 — La cámara apagada
La cámara apagada
A las cuatro y diecisiete de la tarde, Pilar decidió que el problema de una coartada era que la gente tendía a enamorarse de ella.
Clara levantó la vista desde la cafetera.
—¿De la coartada?
—Sí.
—¿Quién se enamora de una coartada?
—Quien la tiene.
Clara dejó una taza en la bandeja.
—Eso no tiene sentido.
—Claro que tiene sentido. Encuentras una cosa que demuestra que no pudiste hacer algo horrible y empiezas a quererla. La proteges. La enseñas. La mencionas aunque nadie te pregunte.
—¿Estás hablando de alguien?
Pilar mordió una galleta.
—Estoy hablando de la naturaleza humana.
—Eso es peor.
Migas dormía sobre el banco junto a la ventana, completamente ajeno a la naturaleza humana y a las coartadas.
El Café Aurora había recuperado casi toda su normalidad.
Casi.
La silla donde Andrés se había sentado tantas mañanas seguía vacía.
Nadie la evitaba de forma deliberada.
Eso habría sido demasiado evidente.
Simplemente, durante dos días, siempre había resultado más cómodo sentarse en otra.
Clara lo había notado.
No había dicho nada.
—¿Te han llamado? —preguntó Pilar.
—¿Quién?
—Aranda.
—No.
—Entonces estás mirando el móvil por motivos sentimentales.
Clara levantó la cabeza.
—Estoy esperando un proveedor.
—Claro.
—Es verdad.
—Eso no lo hace menos decepcionante.
Clara guardó el teléfono en el bolsillo.
—¿Por qué estás hablando de coartadas?
Pilar se encogió de hombros.
—Porque ayer todo giraba alrededor de una firma y hoy no.
—¿Y hoy alrededor de qué gira?
—De quién pudo estar en el tercero B cuando murió Andrés.
Clara no respondió.
Eso era precisamente lo que llevaba pensando desde la mañana.
La representación falsa les había dado una ruta.
La firma de 2024.
El archivo.
La copia.
La oferta de noventa y seis mil.
Pero nada de aquello demostraba quién había entrado en casa de Andrés entre las cuatro y media y las cinco y cuarto.
Y mucho menos quién lo había golpeado.
Un documento podía llevarlos hasta una persona.
Un homicidio exigía algo más.
—Arturo parece tener cámaras —dijo Pilar.
—Sí.
—Lola tiene dentista.
—Sí.
—Nora llegó mucho después.
—Según lo que sabemos.
—Y Sergio estaba trabajando.
—Según lo que sabemos.
Pilar sonrió.
—Te gusta mucho esa frase.
—Es correcta.
—También es irritante.
—Eso no la hace menos correcta.
La puerta se abrió.
Aranda entró.
Pilar señaló a Clara.
—Proveedor.
Clara la ignoró.
El inspector llevaba una carpeta fina y una expresión que no era exactamente mala.
Era peor.
Era eficiente.
—Buenas tardes.
—Eso depende —dijo Pilar.
—No he venido a discutir.
—Entonces te has equivocado de edificio.
Clara preparó café sin preguntar.
Aranda dejó la carpeta sobre la barra.
—Necesito hablar con Celia.
Clara puso la taza delante de él.
—¿Otra vez?
—Sí.
—¿Aquí?
—No necesariamente.
—Entonces ¿por qué has venido?
Aranda bebió.
—Porque Ramiro está intentando localizarla y porque quería comprobar una cosa.
Pilar levantó la mano.
—¿Somos la cosa?
—No.
—Qué alivio.
Clara miró la carpeta.
—¿Qué has comprobado?
—Varias coartadas.
Pilar dejó lentamente la galleta.
—Ah.
Aranda la miró.
—¿Qué?
—Nada.
Clara apoyó una mano sobre la barra.
—Arturo.
—Las cámaras del local lo sitúan allí desde poco antes de las cuatro hasta pasadas las cinco y media. Hay empleados, un proveedor y dos clientes que lo confirman.
—Entonces fuera.
—No he dicho fuera.
—Pero casi.
—He dicho que su oportunidad para subir al tercero B durante la ventana de muerte es muy mala.
—Eso es casi fuera.
—Clara.
—Bien.
—Sergio estaba en la oficina de Cendalva.
—¿Todo el tiempo?
—Reunión presencial desde las cuatro y cuarto hasta las cinco y diez. Cuatro personas. Después una llamada desde el fijo de la empresa.
Pilar asintió.
—También bastante malo.
—Sí.
—Lola.
Aranda bebió.
—Dentista.
Pilar sonrió.
—La mejor coartada del libro.
—Hay registro de cita, tarjeta, dentista, higienista y una mujer de la sala de espera que recuerda haber discutido con ella por una revista.
Clara miró hacia la ventana.
—Eso sí es Lola.
—Y salió a las cinco y veinte.
—Entonces tampoco.
—Tampoco parece buena candidata para estar en casa de Andrés en la franja que manejamos.
—Nora.
Aranda guardó silencio un segundo.
—Su teléfono y dos cámaras la sitúan lejos del edificio hasta mucho después.
Clara respiró.
No porque hubiera creído realmente que Nora había matado a su tío.
Pero porque dejar de sospechar de alguien era también una forma de quitarle peso.
—¿Y Celia? —preguntó Pilar.
Aranda la miró.
—Eso es lo que quiero comprobar.
Clara sintió un cambio.
Pequeño.
—La videollamada.
—Sí.
—Dijiste que empezó a las cuatro y media.
—A las cuatro y treinta.
—Y terminó después de las cinco.
—A las cinco y doce.
Pilar se inclinó.
—Eso parece perfecto.
Aranda no respondió.
Clara lo miró.
—Parece.
Él dejó la taza.
—Exacto.
La puerta del portal se abrió y Ramiro apareció.
—La he encontrado.
—¿Dónde? —preguntó Aranda.
—En casa.
—¿Está bajando?
—Sí.
Ramiro miró a Clara.
Luego a Pilar.
—¿Qué pasa?
Pilar respondió:
—La coartada se ha enamorado de sí misma.
Ramiro frunció el ceño.
—No entiendo.
—Nadie.
Celia apareció un minuto después.
Llevaba vaqueros, jersey claro y el pelo suelto.
No parecía preparada para una conversación policial.
Eso la hacía parecer más joven.
Más cansada también.
—Inspector.
—Gracias por bajar.
—Ramiro ha dicho que era importante.
—Lo es.
Celia miró a Clara.
Después a Pilar.
—¿Aquí?
Aranda señaló una mesa apartada.
—Si no le importa.
—No.
Se sentó.
Clara hizo ademán de alejarse.
Celia la miró.
—Puedes quedarte.
Aranda levantó una ceja.
—No hace falta.
—No me molesta.
Clara dudó.
—Si prefieres—
—Prefiero no repetir después la conversación cinco veces.
Pilar levantó una mano desde el mostrador.
—Yo puedo prometer solo tres.
Aranda la miró.
—Pilar.
—Me voy.
No se fue.
Se desplazó dos metros.
Celia casi sonrió.
—Empiece.
Aranda abrió la carpeta.
—Ayer nos dijo que estuvo conectada a una videollamada profesional durante la franja en que murió Andrés Montalvo.
—Sí.
—Desde las cuatro y media.
—Sí.
—Hasta poco después de las cinco.
—Sí.
—Hemos comprobado el registro.
Celia apoyó las manos sobre la mesa.
—Bien.
Clara observó el gesto.
No nervioso.
Ordenado.
—La conexión empezó a las dieciséis treinta y dos —dijo Aranda— y terminó a las diecisiete doce.
—Eso encaja.
—Sí.
Celia esperó.
Aranda pasó una hoja.
—La llamada era con seis personas.
—Sí.
—¿Usted participó?
—Claro.
—Al principio.
Celia frunció ligeramente el ceño.
—Durante toda la llamada.
—No exactamente.
Silencio.
Pilar dejó de mover una cucharilla.
Clara la vio sin mirarla.
Aranda siguió:
—A las dieciséis cuarenta y tres apaga cámara y micrófono.
Celia respiró.
—Sí.
—¿Por qué?
—Tuve que atender una cosa en casa.
—¿Qué cosa?
Celia tardó.
No mucho.
—No recuerdo.
—Ayer sí parecía recordar que estuvo en la llamada.
—Porque estuve.
—Eso no responde.
Celia miró a Clara.
No buscando ayuda.
Quizá midiendo cómo sonaba todo desde fuera.
—Pudo ser una entrega.
Aranda consultó la hoja.
—No consta ninguna entrega al edificio en esa franja.
—Entonces otra cosa.
—¿Cuál?
—No lo sé.
—¿Una llamada?
—Puede.
—Su teléfono no registra ninguna.
Celia se tensó.
Solo un poco.
—Podía ser cualquier cosa doméstica.
—¿Durante veintidós minutos?
Ahora sí hubo silencio.
Clara sintió la cifra.
Veintidós.
No era una hora.
Era un hueco.
Aranda continuó:
—Entre las dieciséis cuarenta y tres y las diecisiete cinco no aparece en cámara.
—Eso no significa que no estuviera en casa.
—No.
—Ni que saliera.
—No.
—Entonces no entiendo qué quiere demostrar.
Aranda apoyó la espalda.
—Nada todavía.
Celia lo miró.
—Suena a algo.
—Estoy reconstruyendo una franja.
—Mi ordenador estuvo conectado.
—Su ordenador sí.
La frase quedó suspendida.
Clara vio cómo Celia cambiaba de postura.
—Yo también.
—Eso es lo que estamos comprobando.
Celia no levantó la voz.
—Puede preguntar a cualquiera de la llamada.
—Lo hemos hecho.
—Entonces sabrán que estaba.
—Saben que entró.
—Y que participé.
—Al principio.
—Y después.
—No.
Celia dejó las manos quietas.
Aranda pasó otra hoja.
—A las dieciséis cuarenta y dos responde a una pregunta.
—Sí.
—A las dieciséis cuarenta y tres apaga cámara y micrófono.
—Sí.
—Durante los siguientes veintidós minutos no habla, no escribe en el chat, no reacciona a ninguna pregunta y no aparece en pantalla.
—Estaba escuchando.
—Dos participantes dicen que le pidieron opinión directamente.
Celia frunció el ceño.
—No lo recuerdo.
—No respondió.
—Podía no haberlo oído.
—A las diecisiete cinco vuelve a encender la cámara.
Clara levantó apenas la vista.
La hora estaba dentro de la ventana.
Perfectamente dentro.
—Y entonces sí participa —continuó Aranda.
—Porque estaba allí.
—A las diecisiete cinco.
Celia dejó escapar aire.
—Inspector, no sé qué quiere que diga.
—La verdad.
—Ya se la he dicho.
—Me ha dicho que estuvo en una videollamada de cuatro y media a cinco y doce.
—Porque es verdad.
—Su ordenador estuvo en una videollamada de cuatro y media a cinco y doce.
Celia lo miró.
Aranda no cambió el tono.
—No es lo mismo.
Ramiro estaba de pie cerca de la barra.
Parecía incómodo.
Pilar completamente inmóvil.
Clara sintió el impulso de mirar a Celia como sospechosa.
Se obligó a no hacerlo.
Una mala coartada no era un homicidio.
Una ausencia de cámara no era una presencia en el tercero B.
Aranda lo sabía.
Y Celia también.
—¿Salió de su apartamento? —preguntó.
—No.
—¿En ningún momento?
—No.
—¿Bajó al tercero?
—No.
—¿Entró en casa de Andrés?
Celia lo miró fijamente.
—No.
—¿Habló con él esa tarde?
—No.
—¿Lo llamó?
—No.
—¿Le escribió?
—No.
Aranda cerró la carpeta.
—Bien.
Celia pareció sorprenderse.
—¿Eso es todo?
—Sobre la llamada, sí.
—Entonces puedo irme.
Aranda no respondió inmediatamente.
Celia se levantó.
—Hay otra cosa —dijo Clara.
Aranda la miró.
Celia también.
Clara casi se arrepintió.
Pero la pregunta estaba allí.
—¿Guardaste copias de los documentos de 2024?
Celia se quedó quieta.
—¿Qué documentos?
—Los de la comunidad.
—Muchos.
—¿En tu ordenador?
—Algunos.
Aranda volvió a abrir la carpeta.
—Eso también íbamos a preguntarlo.
Celia lo miró.
—¿Por qué?