El voto del vecino muerto Capítulo 6 — Dos firmas iguales #2
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Capítulo 6 — Dos firmas iguales #2

—Sí.

—Pero no firma dos veces una mancha del escáner.

Silencio.

Ramiro volvió a mirar.

—¿Qué quieres decir?

Clara apoyó un dedo junto a la hoja, sin tocarla.

—Eso no forma parte de la firma.

—¿Entonces?

—Forma parte de la imagen.

Berta se quedó inmóvil.

—La digitalización.

Clara asintió.

—Si alguien recortó la firma de este documento…

Señaló 2024.

—…y la pegó en el otro…

No terminó.

No hacía falta.

Ramiro miró a Aranda.

—¿Se puede comprobar?

—Sí.

—¿Seguro?

—Sí.

—¿Cómo?

—Con alguien que no use una lupa del café.

Clara lo miró.

—No la he usado.

—Porque te lo he impedido.

Pilar levantó la mano.

—Quiero que conste que la lupa queda exonerada.

Nadie le hizo caso.

Aranda sacó el móvil.

Fotografió ambas copias por separado.

Después hizo otra imagen de las dos juntas.

—Esto no sale de aquí.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó Clara.

—Mandarlas comparar.

—¿Hoy?

Aranda la miró.

—¿Quieres ponerme una hora?

—No.

—Bien.

—Pero sí.

Pilar sonrió.

—Ahí está la Clara que conocemos.

Aranda empezó a escribir un mensaje.

Berta observaba la representación antigua con una mezcla extraña de orgullo y disgusto.

—Es mi copia.

Clara la miró.

—¿Qué?

—Esta impresión la hice yo esta mañana del archivo digital.

—Sí.

—El punto está en el archivo.

—Eso parece.

—Entonces no es suciedad de la impresora.

Aranda levantó la vista.

—Buena observación.

Berta intentó parecer normal ante el elogio.

No lo consiguió.

Pilar se inclinó hacia Clara.

—Ahora va a traer treinta carpetas mañana.

—No la motives.

Berta cerró la boca.

La confirmación no llegó inmediatamente.

Eso irritó a Clara más de lo que estaba dispuesta a admitir.

A las diez y media atendió a seis clientes.

A las once limpió dos veces una mesa que ya estaba limpia.

A las once y veinte preparó un café para Aranda que él no había pedido.

—¿Esto qué es?

—Un café.

Pilar levantó la cabeza.

—Sé que es un café.

Clara la miró.

—No.

—Era demasiado bonito para dejarlo pasar.

Aranda bebió.

—No esperes una pericial completa en cuarenta minutos.

—No espero una pericial completa.

—Esperas una respuesta completa.

—Espero saber si estamos viendo lo que creemos.

—Eso es casi lo mismo.

Clara miró hacia la carpeta.

Las dos representaciones ya no estaban sobre la mesa.

Aranda las había guardado.

Quizá por procedimiento.

Quizá porque sabía que Clara terminaría midiéndolas con una regla.

Ella tampoco descartaba esa posibilidad.

—Hay otra cosa —dijo Ramiro.

Aranda lo miró.

—¿Qué?

Ramiro tenía el portátil abierto.

—He estado revisando el histórico de la carpeta.

—¿Te he pedido que lo hicieras?

—No he modificado nada.

—No es la pregunta.

Ramiro quedó en silencio.

Aranda suspiró.

—Dime.

—El archivo de la representación de 2024 tiene fecha de creación digital del mismo día de aquella junta.

—Eso es normal —dijo Clara.

—Sí.

—¿Y?

—El nombre del archivo sigue un patrón.

Giró el ordenador.

REP_JUNTA_17-10-2024_ANDRES_MONTALVO.pdf

Pilar miró.

—Eso es muy Ramiro.

—Yo no lo nombré.

—Entonces existe otro de tu especie.

Ramiro señaló.

—La carpeta contiene otros documentos digitalizados con el mismo patrón.

—¿Qué demuestra? —preguntó Aranda.

—Nada sobre quién hizo la falsificación.

Clara sonrió.

—Está aprendiendo.

—Pero demuestra que no hacía falta revisar cientos de archivos para encontrarlo. Si alguien conocía el sistema, bastaba buscar “Andrés Montalvo” dentro de la carpeta de representaciones.

Aranda asintió.

—Eso es útil.

Clara observó la pantalla.

—¿Quién conocía el sistema?

Ramiro negó.

—No lo sé.

Berta habló:

—Quien hubiera usado el archivo en esa época.

—Celia —dijo Pilar.

Aranda la miró.

—Y Berta.

Pilar miró a Berta.

—Cierto.

—Y el administrador anterior —añadió Ramiro.

—Y posiblemente propietarios que recibieran enlaces —dijo Clara.

—Exacto.

Aranda señaló a todos con el bolígrafo.

—Eso es lo que quiero que recordéis. No tenemos una persona. Tenemos un documento accesible.

Pilar miró la carpeta.

—Pero alguien lo encontró.

—Sí.

—Y lo usó.

—Sí.

—Y sabía que servía.

Aranda no respondió.

Clara sí.

—Porque era exactamente el tipo de documento que necesitaba.

No una factura.

No un acta.

No una firma perdida en una carta.

Una representación.

Un precedente.

Andrés delegando su voto.

La falsificación no solo había tomado la firma correcta.

Había aprendido de un documento que ya hacía exactamente aquello que necesitaba fingir.

A las doce menos cuarto, el móvil de Aranda vibró.

Clara estaba sirviendo una tostada.

Lo vio leer.

No dejó la tostada.

Casi.

—¿Qué?

Aranda siguió leyendo.

—Nada definitivo.

—Aranda.

—He dicho nada definitivo.

Pilar apareció junto a Clara.

—Eso significa algo.

—Significa una primera revisión visual.

Ramiro se levantó.

Berta también.

Migas no.

Aranda amplió una imagen en el teléfono.

—La persona que lo ha mirado dice que la coincidencia entre ambas firmas es incompatible con dos ejecuciones manuscritas independientes.

Clara dejó el plato.

—En español.

Aranda la miró.

—Son la misma imagen.

Nadie habló.

—¿Seguro? —preguntó Ramiro.

—A falta de análisis formal, muy probablemente.

Berta se sentó otra vez.

—Entonces la firma nueva no es una firma.

Clara recordó una frase que había formulado muchas veces sin necesidad de decirla.

Esta vez sí.

—Una persona repite una firma.

Pilar la miró.

Clara señaló la carpeta.

—Una imagen repite píxeles.

Aranda asintió.

—Y también repite defectos.

—El punto gris.

—Sí.

Ramiro se quedó mirando el portátil.

—Entonces alguien abrió el archivo de 2024.

—O una copia derivada de ese archivo —corrigió Aranda.

—Recortó la firma.

—Probablemente.

—Y la puso en la representación nueva.

—Eso estamos intentando confirmar formalmente.

Ramiro se sentó.

—Es muy fácil.

Clara lo miró.

—¿Qué?

—Hacerlo.

—Si tienes el archivo.

—Con cualquier editor básico.

Aranda señaló el portátil.

—No necesito una demostración.

—No iba a hacerla.

Pilar sonrió.

—Su intención hace ruido.

Aranda la miró.

—Esto se está volviendo insoportable.

—Ahora entiendes nuestra convivencia.

Clara apenas escuchaba.

La firma falsa había perdido parte de su misterio.

No había una mano intentando imitar a Andrés.

Ni un papel que hubiera pasado clandestinamente a un falsificador profesional.

Ni una habilidad especial.

Una imagen.

Copiar.

Recortar.

Pegar.

Imprimir.

La banalidad lo volvía todo peor.

—Quiero ver el correo de 2024 —dijo Clara.

Aranda levantó la vista.

—¿Qué correo?

—Berta dijo que había un correo de envío con la representación.

Berta abrió la carpeta.

—Sí.

—¿Quién la envió?

—Andrés.

—¿A quién?

Berta buscó.

Encontró la hoja.

—A la cuenta de la comunidad.

—¿Solo?

—Y a…

Se detuvo.

Clara la observó.

—¿A quién?

Berta levantó el papel.

—A Celia.

Aranda extendió la mano.

Leyó.

—Era presidenta.

—Sí —dijo Clara.

—Es perfectamente normal.

—Sí.

—Clara.

—Estoy de acuerdo contigo.

Eso hizo que Aranda la mirara con más desconfianza.

—Pero —continuó ella—, entonces sabemos una cosa más.

—¿Cuál?

Clara señaló el correo.

—Celia no solo podía haber encontrado esa representación en un archivo comunitario dos años después.

Aranda permaneció quieto.

—La recibió directamente cuando se creó.

Pilar miró a Clara.

Berta miró a Aranda.

Ramiro bajó la vista hacia el portátil.

La frase no acusaba.

Todavía no.

Celia había sido presidenta.

Recibir representaciones formaba parte de su función.

Nada de aquello probaba que hubiera abierto el archivo dos años después.

Nada probaba que hubiera copiado la firma.

Y, como Aranda había insistido durante toda la mañana, otras personas podían haber accedido al mismo documento.

Pero la investigación había cambiado.

Hasta entonces tenían una firma falsa y muchas manos posibles.

Ahora tenían la imagen exacta de la que probablemente había nacido.

Clara miró la fecha del correo.

17 de octubre de 2024.

Dos años antes de que Andrés Montalvo muriera.

Dos años antes de VC-18B.

Dos años antes de que alguien necesitara que un muerto votara.

La firma llevaba todo ese tiempo esperando dentro de un archivo.

Y alguien había sabido exactamente dónde buscarla.