El voto del vecino muerto Capítulo 6 — Dos firmas iguales
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Capítulo 6 — Dos firmas iguales

Dos firmas iguales

A las nueve y diez de la mañana siguiente, Berta Luján entró en el Café Aurora con una carpeta.

Una sola.

Clara dejó de limpiar la máquina de café.

—¿Solo una?

Berta la miró.

—Ayer os quejasteis.

—No me estoy quejando.

—Tu tono tenía sorpresa.

—Porque esperaba más.

—Entonces no os entiendo.

Pilar apareció desde la cocina con una caja de servilletas.

—No intentes hacerlo. Llevamos años sin entendernos y funciona bastante bien.

Berta dejó la carpeta sobre una mesa.

—He traído exclusivamente lo relacionado con la representación de 2024.

Pilar miró el grosor.

—¿Exclusivamente?

—Sí.

—Tiene treinta páginas.

—Veintisiete.

—Eso cambia todo.

Clara secó las manos.

—¿Qué hay?

Berta empezó a enumerar con los dedos.

—Convocatoria. Acta. Relación de asistentes. Justificante del viaje de Andrés porque en aquel momento hubo una discusión sobre si había comunicado la ausencia con plazo suficiente. Copia de la representación. Correo de envío. Respuesta de la presidencia. Y—

Pilar levantó una mano.

—Voy a reformular la pregunta.

Berta la miró.

—¿Qué?

—¿Qué hay que pueda ayudarnos?

—La representación.

—Perfecto.

—Y el correo.

Pilar miró a Clara.

—Hemos ganado veinticinco páginas.

Clara se sentó.

Migas ocupaba una silla cercana. Había colocado la cabeza sobre una pata delantera y observaba la carpeta con la falta absoluta de respeto que reservaba a cualquier objeto que las personas consideraran importante.

—¿Aranda viene? —preguntó Berta.

—Ha dicho que sí.

—¿A qué hora?

—No ha dicho.

Berta miró el reloj.

—Eso no es una hora.

—Es policía —dijo Pilar—. Pueden permitirse conceptos más flexibles que Ramiro.

—Ramiro también viene.

Pilar dejó las servilletas.

—Entonces retiro lo dicho.

Clara abrió la carpeta.

Berta puso una mano encima.

—Aranda dijo que no tocáramos.

Clara levantó los ojos.

—La carpeta es tuya.

—Los documentos pueden interesar a la investigación.

—Son copias.

—Aun así.

Pilar se sentó.

—Berta está mutando en Ramiro.

—No.

—Has dicho “aun así” mientras protegías papeles.

—Eso no demuestra nada.

—Es exactamente como empiezan estas cosas.

La puerta se abrió.

Ramiro entró con una funda de plástico bajo el brazo.

Pilar señaló a Berta.

—Perfecto. El original.

—¿Qué?

—Nada.

Ramiro se acercó a la mesa.

—He comprobado el archivo digital.

Clara lo miró.

—¿Y?

—La representación de 2024 también existe escaneada.

Berta asintió.

—Eso ya lo sabíamos.

—Sabíamos que Celia digitalizó parte de la documentación.

—Sí.

—No que esa representación concreta estuviera digitalizada.

Clara dejó de mirar la carpeta.

—¿Dónde está?

—En una carpeta antigua de la comunidad.

—¿Quién podía entrar?

Ramiro respiró.

—Eso es más complicado.

Pilar apoyó la barbilla en una mano.

—Mi palabra favorita en una investigación.

—No estaba en una nube privada con permisos individualizados —explicó Ramiro—. Era una carpeta compartida vinculada a una cuenta antigua.

—¿De la comunidad?

—Sí.

—¿Y quién tenía la contraseña?

Ramiro hizo una pausa.

—Varias personas.

—¿Cuántas?

—No lo sé.

Pilar sonrió.

—La segunda palabra favorita.

Ramiro ignoró el comentario.

—Celia, seguro. Era presidenta.

—Berta también —dijo Clara.

—Durante un tiempo.

Berta levantó un dedo.

—Solo para documentación de obras.

—Pero tenías acceso general.

—Técnicamente, sí.

—¿El administrador anterior?

—Sí.

—¿Propietarios?

—Algunos recibieron enlaces a carpetas concretas.

—¿Andrés?

Ramiro pensó.

—Es posible.

Clara lo miró.

—¿Es posible o lo sabes?

—No lo sé.

—Bien.

Pilar sonrió.

—Ya estáis hablando igual que Aranda.

Ramiro continuó.

—Además, varios documentos se reenviaron por correo. Así que, aunque sepamos quién tenía acceso original, no podemos saber todavía cuántas copias circularon después.

Clara apoyó los brazos sobre la mesa.

Aquello era bueno.

No para la investigación.

Para la historia que estaban intentando evitar contar demasiado pronto.

La representación de 2024 no encerraba a nadie.

Abría posibilidades.

—Entonces cualquiera que hubiera recibido el archivo podría tener la firma.

—En teoría —dijo Ramiro.

—No digas “cualquiera”.

Aranda acababa de entrar.

Nadie lo había oído.

Pilar levantó una ceja.

—Eso ha sido teatral.

—No.

—Has esperado detrás de la puerta.

—No.

—Entonces tienes un problema de pisada.

Aranda dejó una carpeta sobre la mesa.

—Buenos días.

—Buenos días —dijo Clara.

—¿Habéis tocado algo?

Berta respondió antes que nadie.

—No.

Aranda miró a Clara.

—¿Tú?

—No.

—Bien.

—Gracias por la confianza.

—Es experiencia.

Se quitó el abrigo.

—Ramiro me ha enviado la información sobre la carpeta compartida.

—Hay bastantes accesos posibles —dijo Clara.

—Sí.

—Entonces la representación antigua no apunta directamente a Celia.

—No.

—Aunque fuera presidenta.

—No.

—Y aunque se digitalizara durante su presidencia.

Aranda la miró.

—¿Estás intentando convencerme o convencerte?

Clara sonrió.

—Estoy poniendo límites.

Pilar miró hacia la ventana.

—Lola estaría orgullosa.

Aranda se sentó.

—Quiero una cosa clara antes de empezar. Que el documento de 2024 haya pasado por manos de Celia no convierte a Celia en autora de nada.

—Lo sabemos —dijo Berta.

—Lo digo porque ayer, cuando apareció su nombre, hubo cuatro caras distintas haciendo la misma operación mental.

Pilar miró a Clara.

—Yo hice una cara neutral.

—Tú no tienes cara neutral.

—Eso es ofensivo.

—Es descriptivo.

Clara señaló la funda que Aranda había traído.

—¿Tienes la representación falsa?

—Una copia de trabajo.

—¿Podemos verla?

—Sí.

Pilar se volvió hacia Clara.

—Eso ha sido demasiado fácil.

—No lo estropees.

Aranda sacó una copia de alta calidad del escrito encontrado en el buzón.

La colocó sobre la mesa.

Berta abrió su carpeta y extrajo la representación de 2024.

No el original.

Una copia impresa del documento digitalizado.

Las dos hojas quedaron separadas por unos treinta centímetros.

Clara miró primero una.

Luego la otra.

No dijo nada.

Ramiro se inclinó.

—Las firmas se parecen.

Aranda levantó la vista.

—Son del mismo hombre.

—Ya.

—Esperábamos que se parecieran.

—Sí.

Berta señaló la antigua.

—Pero esta está escaneada.

—También lo sabemos.

Pilar miró los dos papeles.

—Yo no veo nada.

—Todavía no hay nada que ver —dijo Aranda.

Clara siguió mirando.

La representación falsa parecía limpia.

Demasiado limpia.

La firma aparecía al final, ligeramente inclinada hacia arriba, con una primera letra grande y un trazo final que descendía antes de volver sobre sí mismo.

La antigua…

Clara acercó un poco la silla.

—¿Puedo mover la hoja?

—La copia, sí.

Desplazó la de 2024.

Luego la falsa.

Las colocó más cerca.

—¿Qué haces? —preguntó Pilar.

—Nada.

—Otra vez esa palabra.

Clara ignoró el comentario.

Había visto miles de firmas en el registro civil.

No porque fuera grafóloga.

No lo era.

Ni pretendía serlo.

Pero durante quince años había observado personas firmando formularios.

Una vez.

Dos veces.

Diez.

Algunas escribían su nombre entero.

Otras hacían apenas una línea.

Había quienes intentaban repetir cada firma con disciplina, como si alguien pudiera castigarlos por mover un milímetro una curva.

Nunca salían idénticas.

Se parecían.

A veces muchísimo.

Pero respiraban.

Una línea subía un poco más.

Una presión cambiaba.

Un ángulo variaba.

Un final se alargaba.

Una persona repetía el gesto.

No copiaba el instante.

Migas saltó a la silla vacía junto a Clara.

—No —dijo ella.

El gato ignoró la advertencia.

Subió una pata a la mesa.

Pilar lo apartó suavemente.

—Hoy no.

Migas decidió que aquello constituía una negociación y apoyó la otra pata.

—Migas.

Berta levantó la representación antigua para alejarla.

Aranda hizo lo mismo con la nueva.

El gato avanzó hasta ocupar el espacio que acababan de dejar libre.

—Perfecto —dijo Pilar—. Ya ha requisado la mesa.

Clara miró las dos hojas que ahora Aranda y Berta sostenían casi a la misma altura.

—Espera.

Nadie se movió.

—Ponlas otra vez.

Berta frunció el ceño.

—¿Dónde?

—Juntas.

Aranda dejó la falsa.

Berta colocó la antigua al lado.

Clara las alineó por la parte inferior.

—No las pongas encima —dijo Aranda.

—No pensaba hacerlo.

—Tu intención—

—Hace ruido. Ya sé.

Pilar sonrió.

Clara acercó la cara.

Primera letra.

Curva.

Trazo descendente.

Pequeña interrupción.

Final.

Volvió a la otra.

Primera letra.

Curva.

Trazo descendente.

Pequeña interrupción.

Final.

—Ramiro.

—¿Sí?

—Mira.

Él se inclinó.

—¿Qué?

Clara señaló sin tocar.

—La interrupción después del segundo trazo.

Ramiro observó.

—¿Esto?

—Sí.

—Está en las dos.

—Exactamente en el mismo sitio.

Aranda se acercó.

—Eso puede pasar.

—Sí.

Clara siguió.

—Y el final.

Berta inclinó la cabeza.

—Parece igual.

—No parecido.

Clara observó las líneas.

—Igual.

Aranda no respondió.

Pilar se acercó por el otro lado.

—Yo sigo viendo una firma.

—Mira la inclinación de la última curva —dijo Clara.

—Vale.

—Ahora la otra.

Pilar cambió de hoja.

—Vale.

—¿Qué ves?

—Que Andrés firmaba como Andrés.

Clara suspiró.

—Gracias.

—Estoy ayudando.

Berta señaló.

—Es verdad que coinciden mucho.

Clara no dijo “demasiado”.

No quería enamorarse de una palabra.

Se levantó y buscó en el cajón del mostrador una lupa pequeña que usaba para leer fechas en algunos envases.

Aranda la miró.

—No.

—¿Qué?

—No vamos a resolver una falsificación con una lupa de cocina.

—No es de cocina.

—¿De qué es?

Clara pensó.

—Del café.

—Eso no mejora nada.

Pilar se rio.

Clara dejó la lupa.

—Bien.

Volvió a sentarse.

Fue entonces cuando vio el punto.

Pequeño.

Gris.

Debajo del trazo principal.

En la representación de 2024 parecía una imperfección del escaneo.

Un minúsculo punto sombreado, casi pegado a la firma.

Clara miró la falsa.

Allí estaba.

Mismo tamaño.

Misma distancia.

Misma posición.

Sintió una certeza distinta.

No sobre quién.

Sobre qué.

—Aranda.

El inspector ya había visto su cara.

—¿Qué?

—Mira debajo.

—¿Debajo de qué?

—De la firma.

Señaló el punto gris de la representación antigua.

—Aquí.

Aranda se inclinó.

—Sí.

—Ahora la nueva.

Buscó.

Tardó un segundo.

Luego dejó de moverse.

Pilar lo vio.

—Esa cara sí la conozco.

Clara señaló las dos hojas.

—Una persona puede hacer dos firmas muy parecidas.

Aranda no respondió.

—Incluso casi iguales.