Capítulo 5 — El papel que sabía demasiado #3
—Porque el administrador anterior trabajaba principalmente en papel y Celia decía que aquello era absurdo.
Pilar sonrió.
—Por una vez estoy con Celia.
—También era práctico —continuó Berta—. Si alguien necesitaba una copia, no había que ir a buscarla físicamente.
Aranda preguntó:
—¿Dónde se guardó ese archivo digital?
—Parte en el correo de la comunidad. Parte en una carpeta compartida.
—¿Quién tenía acceso?
Berta pensó.
—Celia, el administrador, yo durante un tiempo…
—¿Tú? —preguntó Clara.
—Estaba ayudando con una comisión de obras.
—¿Alguien más?
—No lo sé.
Ramiro intervino:
—Algunos documentos se enviaron por correo a propietarios concretos.
Aranda anotó.
—Entonces no tenemos un archivo cerrado.
—No —dijo Berta.
—Ni acceso exclusivo.
—No.
Clara sabía que aquello era importante.
También sabía por qué Aranda lo estaba dejando claro.
Un documento de 2024 no señalaría automáticamente a nadie.
Podía haber circulado.
Podía existir en varias bandejas de entrada.
Podía haber sido descargado.
Copiado.
Impreso.
La oportunidad sería amplia.
Al menos por ahora.
—Vamos al archivo —dijo Berta.
Aranda la miró.
—¿Dónde?
—En el cuarto de la comunidad.
Ramiro negó.
—No puedes entrar sin mí.
Berta se levantó.
—Tú puedes venir.
—No era eso.
—Entonces estamos de acuerdo.
Pilar miró a Clara.
—¿El cuarto de la comunidad es tan emocionante como parece?
—No.
—Perfecto.
Aranda señaló a ambas.
—Vosotras os quedáis.
Pilar miró a Clara.
—¿Lo aceptamos?
Clara estaba observando a Berta.
—Berta.
—¿Sí?
—Solo busca 2024.
—Eso pensaba hacer.
—Y solo representaciones de Andrés.
Berta pareció ligeramente ofendida.
—Sé buscar un documento.
Pilar abrió la boca.
Clara le puso una mano en el brazo.
—No.
Pilar sonrió.
—Ni siquiera había empezado.
Tardaron treinta y siete minutos.
Clara lo sabía porque Pilar puso un temporizador.
—¿Por qué has hecho eso?
—Para demostrar que mirar una carpeta cerrada durante media hora no acelera la investigación.
—No estoy mirando la carpeta.
—Ahora miras la puerta.
—Porque han tardado.
—Llevan veintidós minutos.
—Me parece mucho.
—Eso es porque esperas que vuelvan con una respuesta.
Clara siguió secando vasos.
—Espero que vuelvan con un documento.
—Es casi lo mismo.
—No.
—Para ti sí.
El café había recuperado parte de su ritmo normal.
Dos clientes hablaban junto a la entrada.
Migas se había instalado sobre un extremo del banco.
Doña Amparo hacía un crucigrama.
Clara pensó que quizá esa era la parte más extraña de tener un cadáver en el mismo edificio.
La normalidad no esperaba a que terminara la investigación.
Había desayunos.
Tazas.
Facturas.
Personas preguntando si quedaba tortilla.
Un hombre podía morir en el tercero B y, doce horas después, alguien se molestaba porque su café tenía demasiada espuma.
El mundo no se detenía.
Solo incorporaba lo ocurrido.
La puerta del portal se abrió.
Berta apareció primero.
Llevaba una carpeta gris.
Solo una.
Pilar miró a Clara.
—Ha aprendido.
Ramiro venía detrás.
Aranda cerraba el grupo.
Clara dejó el vaso.
—¿Encontrasteis algo?
Berta puso la carpeta sobre una mesa.
—Sí.
Aranda no se sentó.
—Antes de que nadie empiece: el documento todavía no demuestra quién hizo la falsificación.
—No hemos dicho nada —respondió Clara.
—Te anticipo.
—Eso también te está obsesionando.
Berta abrió la carpeta.
Separó cinco hojas.
Acta.
Lista de asistentes.
Convocatoria.
Dos representaciones.
Clara se acercó.
—¿Cuál?
Berta tocó la última.
—Junta ordinaria. Octubre de 2024.
Ramiro leyó el encabezado.
—Andrés estaba ausente.
—En Cuenca —dijo Berta.
Pilar levantó un dedo.
—Iglesia.
—Exacto.
Clara miró la hoja.
No la cogió.
Todavía.
—¿A quién autorizó?
Berta leyó.
—A Celia Velarte.
Nadie habló durante un segundo.
Aranda fue el primero.
—Era presidenta.
—Sí —dijo Berta.
—Así que no es extraño.
—No.
Clara observó la parte inferior de la hoja.
Desde donde estaba, solo distinguía un bloque de texto y una firma.
Oscura.
Pequeña.
No podía compararla con la de la representación falsa porque Aranda había guardado la copia policial dentro de su carpeta.
—¿Está firmada? —preguntó.
Berta la miró como si aquella pregunta fuera ofensiva.
—Por supuesto.
—Solo pregunto.
—Aquí.
Señaló el final.
Clara sintió una impaciencia conocida.
—Aranda.
—No.
—Todavía no he pedido nada.
—Vas a pedir la otra representación.
—Sí.
Aranda la miró.
Pilar se inclinó hacia Ramiro.
—Es bonito cuando una relación alcanza este nivel.
—No sé qué quieres decir.
—No importa.
Aranda sacó la copia policial de la falsa representación.
La dejó sobre la mesa, pero colocó una mano encima.
—Nadie toca.
—Lo sabemos —dijo Clara.
Berta acercó la representación de 2024.
Clara bajó la vista.
Dos hojas.
Dos fechas.
Dos juntas.
Dos decisiones distintas.
Y, en la parte inferior de ambas, el mismo nombre.
Andrés Montalvo.
No miró aún las firmas.
No con atención.
El papel antiguo era suficiente.
Existía.
Alguien no necesitaba inventar cómo firmaba Andrés.
Había una muestra.
Una representación anterior.
Un documento creado para exactamente el mismo tipo de acto.
Pilar se acercó.
—¿Qué?
Clara no respondió.
Aranda tampoco.
Ramiro miró de una hoja a otra.
—No entiendo.
Berta sí.
—Es una firma antigua.
—Eso lo veo.
—De Andrés.
—También.
—En una representación.
Ramiro dejó de hablar.
Clara observó la hoja de 2024.
Aquella vez Andrés estaba vivo.
Aquella vez realmente había delegado su voluntad.
Aquella vez había firmado para que otra persona hablara por él.
Y alguien, dos años después, había necesitado fabricar exactamente lo mismo.
Aranda retiró la mano que cubría la segunda hoja.
—Mañana compararemos esto correctamente.
Clara levantó la vista.
—¿Mañana?
—Con medios adecuados.
—Tenemos ojos.
—Y yo tengo procedimientos.
Pilar sonrió.
—Ramiro te está cambiando.
—No.
—Has dicho “procedimientos”.
—Fuera.
—Trabajo aquí menos que nunca.
Clara apenas los escuchaba.
Seguía mirando las dos hojas.
La representación falsa sabía demasiado.
Sabía de VC-18B.
Sabía de los noventa y seis mil.
Sabía qué explicación convertiría un cambio de opinión absurdo en algo creíble.
Y ahora sabían otra cosa.
En 2024, Andrés Montalvo ya había dejado sobre el papel una versión auténtica de aquello que alguien necesitó falsificar después de su muerte.
Una firma.
Una estructura.
Un precedente.
Clara miró a Berta.
—¿Quién tenía esto en 2024?
Berta respondió sin dudar.
—La comunidad.
—Eso no es lo que he preguntado.
Berta entendió.
Miró la hoja.
Después a Aranda.
—La presidenta.
Clara volvió a leer el encabezado.
Octubre de 2024.
Presidenta: Celia Velarte.
Aranda cerró la carpeta.
—Y antes de que conviertas eso en una acusación: era documentación comunitaria. Hay que reconstruir quién tuvo acceso después.
Clara asintió.
—Lo sé.
—Bien.
—Solo hay una cosa.
—¿Qué?
Clara miró la representación de 2024 desaparecer dentro de la funda.
—Ayer buscábamos quién podía haber falsificado la firma de Andrés.
—Sí.
—Ahora sabemos que quizá no necesitaba saber falsificarla.
Aranda sostuvo su mirada.
Clara señaló la carpeta.
—Solo necesitaba saber dónde encontrarla.