Capítulo 5 — El papel que sabía demasiado #2
Clara sintió que aquella descripción se parecía mucho más al hombre real que la representación falsa.
—¿Y las cifras tenían sentido para él?
—La última vez que hablé con él, no.
—¿Cuándo fue?
—Antes de la oferta de noventa y dos.
Aranda anotó.
—¿Volvió a intentar hablar con él?
—No directamente.
—¿Por qué?
—Porque Celia dijo que era mejor que las comunicaciones pasaran por la comunidad.
Clara miró a Sergio.
—¿Celia dijo eso?
—Sí.
—¿Cuándo?
—No lo sé. Durante las conversaciones.
—¿Antes o después de que Andrés pidiera la valoración?
—No recuerdo.
Aranda intervino.
—No adivine.
—No estoy adivinando.
—Entonces diga que no recuerda.
—No recuerdo.
Aranda cerró la libreta.
—Por ahora, suficiente.
Sergio se levantó.
—¿Puedo preguntar algo?
—Puede.
—¿Han encontrado quién hizo el documento?
—No.
Sergio miró la copia de la representación sobre la mesa.
—Es una barbaridad.
Pilar ladeó la cabeza.
—¿El homicidio o el voto?
Sergio la miró.
—Las dos cosas.
—Bien.
—¿Por qué “bien”?
—Nada.
Sergio decidió no preguntar.
Se marchó.
Pilar esperó a que la puerta se cerrara.
—Ese sí reaccionó a las dos cosas.
Clara la miró.
—¿Comparado con quién?
—Con nadie.
—Pilar.
—Estoy trabajando.
—No trabajas aquí.
—Eso dice Aranda.
El inspector recogió sus papeles.
—Y lo seguiré diciendo.
Clara seguía pensando en otra frase.
Celia explicaba las objeciones.
No era extraño.
Había sido presidenta.
Conocía la operación.
Conocía el edificio.
Conocía a Andrés.
Nada de aquello era extraño.
El problema era que la falsificación también conocía muy bien a Andrés.
Sabía qué cifra usar.
Sabía qué argumento parecía razonable.
Sabía que una representación genérica habría provocado preguntas.
No bastaba con falsificar una firma.
Había que falsificar una persona.
Nora llegó cerca del mediodía.
No entró como la noche anterior.
No tenía prisa.
Parecía cansada de una forma más profunda que la falta de sueño.
Clara salió de detrás del mostrador.
—¿Quieres café?
Nora negó.
—Agua.
Clara le sirvió un vaso.
Pilar abandonó discretamente el taburete que ocupaba y se fue hacia la cocina.
No dijo nada.
Aquello, viniendo de ella, era una forma bastante sofisticada de respeto.
Nora bebió un poco.
—Me ha llamado el inspector.
Aranda se acercó.
—Gracias por venir.
—No tenía mucho más que hacer.
La frase quedó entre ellos.
Aranda señaló una mesa más apartada.
Nora se sentó.
Clara dudó.
—¿Quieres que me vaya?
Nora la miró.
—No.
Aranda tampoco objetó.
Clara se sentó a un lado.
—Ayer dijiste que tu tío quería enseñarte unos papeles —empezó Aranda.
—Sí.
—¿Has recordado algo más?
Nora giró el vaso.
—Una frase.
Clara no se movió.
—¿Cuál?
—Me dijo que había algo sucio.
Aranda apoyó el bolígrafo.
—¿Esas palabras?
—Sí.
—¿“Algo sucio”?
—Sí.
—¿Sobre qué?
—Sobre la venta.
—¿Dijo quién?
—No.
—¿Dijo qué?
—No.
Nora apretó los labios.
—Mi tío hacía eso.
—¿Qué?
—Te llamaba para decirte que tenía algo importante y después se negaba a explicarlo por teléfono.
Clara sonrió apenas.
Podía imaginarlo.
Nora también.
Por un instante, el cansancio de su cara cambió.
—Decía que las cosas importantes se explican con el papel delante.
—Eso suena a él —dijo Clara.
Nora miró el vaso.
—Sí.
Aranda preguntó:
—¿Te dijo qué papel?
—Un correo.
Clara levantó la vista.
—¿Estás segura?
Nora asintió.
—Dijo “te voy a enseñar un correo”.
—¿Uno solo?
—No sé.
—¿Dijo antiguo?
—No.
—¿Mencionó a Cendalva?
—No recuerdo.
—¿A Celia?
Nora negó.
—No.
—¿A Sergio?
—No.
—¿Intermediación?
Nora frunció el ceño.
—No.
Aranda la observó.
—¿Qué dijo exactamente después de “algo sucio”?
Nora cerró los ojos un momento.
—Algo así como… “he encontrado algo sucio en cómo se ha llevado esto”.
—¿“Cómo se ha llevado”?
—Creo que sí.
—¿No “en la oferta”?
Nora abrió los ojos.
—No.
Clara sintió una pequeña diferencia.
No en cuánto ofrecían.
En cómo habían llegado hasta allí.
Aranda escribió.
—¿Pensaba enseñarlo en la junta?
Nora asintió.
—Eso creo.
—¿Por qué?
—Porque dijo que iba a pararlo.
Clara recordó la corrección que aquella frase había necesitado incluso en su propia cabeza.
—¿Parar la venta?
Nora negó.
—La votación.
Aquello encajaba.
—¿Lo dijo así?
—Sí. “Esto no se vota hoy”.
Aranda dejó de escribir un segundo.
—¿A qué hora hablaste con él?
—A las doce y pico.
—¿Estaba alterado?
—Andrés siempre parecía un poco alterado cuando hablaba de documentos mal hechos.
Clara casi sonrió.
—Pero sí. Estaba enfadado.
—¿Asustado?
Nora pensó.
—No.
—¿Preocupado?
—Más bien satisfecho.
—¿Satisfecho?
—Como cuando encontraba un error.
Pilar apareció desde la cocina con una jarra de agua.
No se acercó.
Solo la dejó sobre el mostrador.
Nora siguió:
—Mi tío podía pasar dos días enfadado por una factura mal calculada. Pero cuando descubría dónde estaba el error, cambiaba. Se calmaba.
—¿Porque podía demostrarlo? —preguntó Clara.
—Sí.
Aranda anotó aquello.
—¿Te dijo dónde estaba el correo?
—No.
—¿En su piso?
—Supongo.
—No supongas.
Nora respiró.
—No lo sé.
—¿Tenía impresora?
—Sí.
—¿Guardaba correos impresos?
Nora miró a Clara como si la pregunta fuera absurda.
—Guardaba tickets de ferretería de hacía diez años.
—Entonces sí —dijo Clara.
—Sí.
Aranda pasó de página.
—Ayer también dijiste que habíais discutido por dinero.
Nora se tensó.
—Sí.
—Necesito que me cuentes un poco más.
—¿Tiene que ver?
—No lo sé todavía.
Nora miró hacia la ventana.
—Le pedí dinero.
—¿Cuánto?
—Tres mil.
—¿Para qué?
—Estoy intentando cambiar de piso.
—¿Y se negó?
—Sí.
—¿Se enfadó?
—Los dos.
—¿Le amenazaste?
Nora volvió la cabeza.
—No.
—¿Le dijiste algo sobre la herencia?
Nora soltó una risa seca.
—Sí.
Clara la miró.
—¿Qué?
—Que probablemente tendría que esperar a que se muriera para poder permitirme un piso.
Silencio.
Nora apretó el vaso.
—Fue una frase horrible.
Aranda no reaccionó.
—¿Cuándo?
—El martes.
—¿Alguien la oyó?
—No sé.
—Medio edificio —dijo Doña Amparo desde la ventana.
Aranda giró lentamente la cabeza.
Doña Amparo levantó las manos.
—Esta vez sí.
Nora cerró los ojos.
—Perfecto.
—No se preocupe —dijo Doña Amparo—. También oí lo que respondió Andrés.
Aranda suspiró.
—Ya que estamos aquí.
Doña Amparo pareció satisfecha.
—Dijo: “Como esperes mi muerte para organizar tus finanzas, acabarás debajo de un puente”.
Nora soltó una carcajada involuntaria.
Se tapó la boca.
Después empezó a llorar.
No mucho.
Sin ruido.
Clara le acercó una servilleta.
Nora la cogió.
—Eso sí era él.
Aranda esperó.
No hizo otra pregunta hasta que Nora respiró mejor.
—Esa discusión nos da un motivo aparente —dijo.
—Ya lo sé.
—Pero no una explicación para el voto.
Nora lo miró.
—Yo no hice ese papel.
—No he dicho que lo hicieras.
—Pero alguien quiere que parezca que todo gira alrededor del dinero.
Clara pensó en la portería.
Noventa y seis mil.
Ciento nueve mil.
Tres mil para Nora.
Dinero por todas partes.
Y, sin embargo, el documento falso seguía teniendo un problema que el dinero no explicaba por sí solo.
Necesitaba conocimiento.
Del precio.
De Andrés.
De la comunidad.
Y de una firma.
—Nora —dijo Clara—. ¿Tu tío había delegado alguna vez su voto?
Nora secó los ojos.
—Muy pocas.
—¿Recuerdas cuándo?
—No.
—¿Guardaba copias?
—Probablemente.
Aranda la miró.
Clara se encogió de hombros.
—Es una pregunta.
—Lo sé.
—¿Entonces?
—Estoy aceptando tu deterioro moral.
Pilar, desde el mostrador, murmuró:
—Bonito.
Nora miró de uno a otro.
—¿Qué estáis buscando?
Clara no respondió enseguida.
—Una firma que alguien pudiera conocer.
Berta recibió la pregunta como otras personas recibían un cumplido.
Con satisfacción.
—Claro que existen representaciones anteriores.
Clara la miró.
—¿Muchas?
—Depende de qué entiendas por muchas.
Pilar regresó a su taburete.
—Error.
—¿Qué?
—No le preguntes cantidades sin establecer unidades.
Berta ignoró el comentario.
Habían quedado solo ellos, Ramiro y Aranda alrededor de la mesa.
Nora se había marchado.
Lola también, finalmente, después de hacer prometer a Ramiro que su escrito quedaría registrado aquel mismo día.
—Necesitamos saber si existe alguna representación anterior firmada por Andrés —dijo Clara.
Berta asintió.
—Seguro.
—¿Seguro o crees que sí?
—Seguro.
Ramiro frunció el ceño.
—Yo no recuerdo ninguna.
Berta lo miró.
—Tú eres administrador desde 2025.
—Sí.
—Entonces no tenías por qué verla.
Clara se inclinó.
—¿De cuándo estamos hablando?
Berta pensó.
—Hubo una junta en 2024 en la que Andrés estaba fuera.
—¿Fuera dónde?
—En Cuenca.
Pilar la miró.
—¿Cómo sabes que estaba en Cuenca?
—Porque mandó una fotografía de una iglesia al grupo antiguo.
Ramiro parpadeó.
—¿Había un grupo antiguo?
—Sí.
—¿Por qué yo no estoy?
—Porque eres administrador desde 2025.
—Eso no significa—
Aranda levantó una mano.
—No.
Ambos callaron.
Clara miró a Berta.
—¿Quién era presidenta en 2024?
—Celia.
La respuesta no produjo ningún efecto visible.
No debía.
Ser presidenta significaba acceso a documentos de la comunidad.
Nada más.
Todavía.
—¿Quién guardaba las representaciones? —preguntó Aranda.
—La presidencia y la administración de entonces.
—¿Quién era administrador?
Berta dijo un nombre que Clara apenas recordaba.
Un hombre que se había jubilado antes de la llegada de Ramiro.
—¿El archivo pasó completo al nuevo administrador?
Ramiro respondió:
—Lo que recibí, sí.
Berta lo miró.
—Eso no es una respuesta.
—Es exactamente la respuesta.
—Es una tautología.
Pilar se iluminó.
—Ahora sí estamos en terreno peligroso.
Ramiro cruzó los brazos.
—Yo recibí cajas.
—¿Cuántas?
—Once.
—Doce.
—Once.
—La de seguros llegó después.
—Entonces once y una después.
—Doce.
Aranda se masajeó la sien.
—¿Existe la representación de Andrés o no?
Berta se quedó quieta.
—Si estaba en el archivo físico de 2024, debería existir.
Clara detectó la palabra.
—¿Físico?
—Sí.
—¿Había otro?
Berta asintió.
—Celia digitalizó bastante documentación.
Ramiro frunció el ceño.
—¿Toda?
—No.
—¿Qué?
—Actas, presupuestos, algunas facturas, representaciones, seguros… lo que consideró útil.
Clara sintió que algo cambiaba de lugar.
No era una conclusión.
Solo una posibilidad nueva.
—¿Por qué?