Capítulo 5 — El papel que sabía demasiado
El papel que sabía demasiado
A las once y cuarto de la mañana, Ramiro Gil había conseguido reunir siete versiones de cuatro documentos.
Pilar consideró aquello un talento.
Aranda, no.
—¿Por qué hay tres convocatorias?
Ramiro miró los papeles extendidos sobre una mesa del Café Aurora.
—Porque hubo modificaciones.
—¿Del orden del día?
—Una.
—Entonces ¿por qué tres?
—La primera tenía mal el segundo apellido de Lola.
Desde la mesa junto a la ventana, Doña Amparo levantó la cabeza.
—Eso fue culpa de Lola.
—No fue culpa mía —dijo Lola, que aparentemente había decidido que marcharse del café era una concesión excesiva a la investigación—. Mi apellido lleva dos erres.
—Precisamente.
—¿Precisamente qué?
—Que todo el mundo sabe que lleva dos erres.
Aranda cerró los ojos.
—Ramiro.
—Sí.
—Segunda versión.
—Apellido corregido.
—Tercera.
—Hora corregida.
Aranda miró la convocatoria.
—¿La hora estaba mal?
—Ponía diecinueve treinta.
—¿Y era a las diecinueve?
—Sí.
—¿Cómo acabó poniendo diecinueve treinta?
Ramiro tardó demasiado en responder.
Pilar se inclinó hacia Clara.
—Estoy empezando a pensar que el crimen fue un intento desesperado de escapar de la administración de fincas.
Clara le dio un pequeño golpe con el codo.
—No ayudes.
Ramiro aclaró:
—Copié una plantilla antigua.
—Bien —dijo Aranda—. Entonces, de las tres convocatorias, ¿cuál recibió Andrés?
—La tercera.
—¿Seguro?
—Sí.
—¿Cómo?
—Porque se la entregué en mano.
Aranda hizo una marca en su libreta.
La mesa parecía una reconstrucción física de todo lo que había ocurrido alrededor de la portería durante las últimas semanas.
Convocaciones.
Primera oferta.
Oferta revisada.
Correos impresos.
Notas de Ramiro.
Una copia policial de la falsa representación.
Y, apartada del resto, dentro de una funda, la fotocopia donde Andrés había escrito:
Revisar correos antiguos / intermediación.
Clara intentaba no mirar siempre hacia ella.
No lo conseguía.
Pilar estaba a su lado, con una taza de café y la tranquilidad de quien no debía responder de ninguna carpeta.
—¿Qué estás buscando? —preguntó en voz baja.
—Nada.
—Eso es mentira.
—Estoy intentando entender qué buscaba Andrés.
—Eso es algo.
—Entonces no preguntes si ya sabes la respuesta.
Pilar bebió.
—Me gusta darte oportunidades para reconocerlo por ti misma.
Aranda levantó una hoja.
—Oferta inicial.
Ramiro asintió.
—Noventa y dos mil.
—¿Cuándo llegó?
—Una semana antes de la junta.
—¿La recibió Andrés?
—Sí.
—¿Directamente?
—La envié a todos los propietarios.
—¿Y la rechazó?
—No existe un rechazo formal individual.
Aranda lo miró.
Ramiro añadió:
—Dijo que no apoyaría la operación en esas condiciones.
—Eso es un no —dijo Pilar.
—Administrativamente—
—Ramiro.
—Sí. Era un no.
Aranda pasó a la siguiente hoja.
—Luego aparece lo de los noventa y cinco mil.
—Eso no estaba en ningún documento —dijo Ramiro.
Doña Amparo intervino:
—Porque salió de su boca.
Aranda ni siquiera levantó la vista.
—Gracias.
—De nada.
—No era una invitación.
—Ya.
Clara escondió una sonrisa.
Ramiro continuó:
—Andrés dijo que por debajo de noventa y cinco mil ni siquiera quería discutir una aceptación. Pero también insistió en la valoración independiente.
—¿Y quién transmite esa cifra a Cendalva?
Hubo un silencio pequeño.
No dramático.
Solo suficiente para que varias personas pensaran en el mismo nombre.
Ramiro respondió:
—Celia había mantenido el contacto con ellos.
Aranda levantó la vista.
—¿Aunque ya no era presidenta?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque conocía a Sergio desde las primeras conversaciones y… era más sencillo.
—¿Más sencillo para quién?
Ramiro frunció el ceño.
—Para todos.
Lola soltó una risa.
—Habla por ti.
—Lola.
—Yo no quería negociar con ellos.
—Lo sabemos.
—Entonces no era más sencillo para todos.
—Bien. Para quienes querían explorar la oferta.
—Mejor.
Aranda señaló los correos impresos.
—¿Y estos?
—Son los últimos intercambios.
—No los antiguos.
—No.
—He pedido los antiguos.
Ramiro bajó la voz.
—Lo sé.
—Entonces ¿dónde están?
—En el archivo de la comunidad.
—Eso dijiste hace una hora.
—El problema es que el archivo no está organizado por empresa.
Berta levantó la cabeza.
—Está organizado por ejercicio y presidencia.
Aranda la miró.
—Eso suena razonable.
—Lo es.
Ramiro la miró con una expresión traicionada.
—Entonces ¿por qué no encontramos nada?
—Porque estás buscando en 2025.
—Las negociaciones fueron en 2025.
—Las conversaciones empezaron antes.
Ramiro se quedó quieto.
Berta apoyó una mano sobre su carpeta.
—Celia empezó a hablar de la portería durante su presidencia.
Clara se volvió.
—¿Cuándo?
—Finales de 2024.
—¿Con Cendalva?
—No recuerdo si ya era Cendalva.
—¿Con quién entonces?
Berta pensó.
—Con varios. Una agencia. Un administrador de locales. Alguien que preguntó por el espacio.
Pilar miró a Clara.
—Intermediación.
Clara no respondió.
Aranda sí la oyó.
—Todavía no.
—No he dicho nada —dijo Clara.
—Tu cara sí.
—Eso os está obsesionando.
—Porque tu cara suele preceder a una teoría.
—Esta vez no tengo una.
Era verdad.
Tenía piezas.
Eso era distinto.
Aranda recogió la fotocopia con la anotación de Andrés.
—Sabemos que quería revisar correos antiguos.
—Sí.
—Y escribió “intermediación”.
—Sí.
—No sabemos qué significa.
—No.
—Perfecto.
Clara lo miró.
—¿Por qué perfecto?
—Porque me preocupa cuando estamos de acuerdo demasiado deprisa.
Pilar señaló a ambos.
—Eso ha sonado casi matrimonial.
—Pilar —dijeron los dos.
Ella sonrió.
—Ahora sí.
Sergio Alcoria llegó veinte minutos después.
Esta vez no llevaba traje.
Pantalón oscuro, camisa azul, chaqueta ligera.
Parecía menos representante de una empresa y más hombre al que habían obligado a explicar dos veces por qué había enviado un correo a las seis y catorce de una tarde particularmente desafortunada.
—Inspector.
—Señor Alcoria.
Miró a Clara.
Luego a Pilar.
Después a Ramiro.
—¿Otra vez aquí?
Pilar respondió:
—Tenemos buen café.
—Eso ya lo sé.
Clara levantó una ceja.
—Entonces algo hemos conseguido.
Aranda señaló la silla frente a él.
—Necesito aclarar la evolución de la oferta.
Sergio se sentó.
—Ya la expliqué anoche.
—Explíquela otra vez.
Sergio respiró.
—La primera propuesta era de noventa y dos mil euros.
—¿Por qué?
—Porque era nuestra valoración comercial inicial.
—La valoración independiente sitúa el espacio en ciento nueve.
—Una valoración no es un precio de compra.
—No he dicho que lo sea.
Sergio cruzó las manos.
—Hay costes de regularización, obras, trámites, incertidumbre registral…
Pilar miró a Clara.
—Ha dicho incertidumbre registral.
—No me provoques.
Aranda continuó.
—Después suben a noventa y seis.
—Sí.
—¿Por qué exactamente esa cantidad?
—Porque teníamos margen y queríamos cerrar la negociación.
—¿Sabían lo de los noventa y cinco?
Sergio no dudó esta vez.
—Sí.
—¿Quién se lo dijo?
—Celia.
Nadie reaccionó de forma visible.
Clara tampoco.
Era importante.
Pero no era una revelación.
Celia nunca había ocultado que seguía hablando con Cendalva.
—¿Cuándo? —preguntó Aranda.
—Unos días antes.
—¿Qué le dijo exactamente?
Sergio miró hacia arriba, intentando recordar.
—Algo como que Andrés Montalvo no aceptaría ni discutir nada por debajo de noventa y cinco.
—¿Dijo que aceptaría si superaban esa cifra?
—No.
Clara intervino:
—¿Usted lo interpretó así?
Aranda la miró.
Clara levantó una mano.
—Es relevante.
Sergio respondió antes de que el inspector pudiera prohibirlo.
—Lo interpreté como que noventa y cinco era el punto a partir del cual podíamos desbloquear la conversación.
—No como un sí.
—No.
—¿Celia tampoco dijo que fuera un sí?
—No.
Clara guardó aquello.
La falsa representación había hecho justamente ese salto.
De podemos hablar a acepto .
Sergio continuó:
—La empresa autorizó subir hasta noventa y seis. Lo comunicamos esa tarde.
—A las dieciocho catorce —dijo Ramiro.
Sergio lo miró.
—Sí, Ramiro. A las dieciocho catorce.
—Solo lo precisaba.
—Nadie dudaba del minuto.
Pilar murmuró:
—Aquí sí.
Aranda dejó el bolígrafo.
—¿Por qué tanta urgencia por cerrar esa noche?
Sergio se tomó un segundo.
—La oferta tenía plazo.
—Eso ya lo sé.
—Habíamos reservado recursos para la operación.
—¿Qué recursos?
—Presupuesto. Gestoría. Técnicos. No es una operación enorme para la empresa, pero tampoco mantenemos propuestas abiertas indefinidamente.
—¿Cuándo vencía?
—Al día siguiente.
Clara levantó la vista.
—Entonces podían esperar veinticuatro horas.
Sergio negó.
—No exactamente. La junta era esa noche. Si la comunidad no daba un acuerdo claro, el expediente volvía a revisión interna.
—¿Y eso qué significaba?
—Que podíamos mantener la oferta.
—O no.
—O no.
Pilar dejó la taza.
Clara recordó la pregunta con la que había terminado la mañana.
No quién quería vender.
Quién necesitaba vender aquella noche .
Sergio miró los documentos.
—De todas formas, después de lo ocurrido, todo está suspendido.
—¿Por decisión de Cendalva?
—Por sentido común.
—A veces aparece —dijo Pilar.
Aranda siguió:
—¿Quién presionó más durante la negociación?
Sergio sonrió.
—¿Presionó?
—Insistió.
—Ramiro quería tener una oferta formal.
Ramiro asintió.
—Arturo preguntaba constantemente.
—No representaba a la comunidad —dijo Aranda.
—Ya. Pero preguntaba.
—¿Quién más?
Sergio pensó.
—Celia.
Lola soltó un sonido desde su mesa.
Aranda la miró.
—¿Quiere participar?
—No.
—Bien.
—Solo respiraba.
—Hágalo más bajo.
Sergio siguió:
—Celia era la que mejor conocía el histórico. Explicaba las objeciones de unos y otros.
—¿Incluidas las de Andrés?
—Sí.
—¿Intentó convencerle directamente?
—No lo sé.
—¿Nunca le preguntó?
—No.
—¿Habló usted con Andrés Montalvo alguna vez?
—Una vez por teléfono. Hace semanas.
—¿Sobre la portería?
—Sí.
—¿Cómo fue?
Sergio soltó una risa sin alegría.
—Larga.
Pilar sonrió.
—Eso confirma que era Andrés.
—Me preguntó por gastos de formalización, plazos, destino previsto del espacio, costes de obra, si el importe incluía determinadas actuaciones…
—¿Y el precio?
—También.
—¿Le pareció dispuesto a vender?
Sergio hizo una pausa.
—Me pareció dispuesto a escuchar si consideraba que las cifras tenían sentido.