El voto del vecino muerto Capítulo 4 — Lo que valía la portería #2
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Capítulo 4 — Lo que valía la portería #2

La historia cómoda había sido sencilla:

Andrés rechazaba noventa y dos.

Andrés decía noventa y cinco.

Llegaban noventa y seis.

Andrés aceptaba.

Pero una tasación de ciento nueve convertía esa secuencia en algo diferente.

Noventa y cinco no era una llave.

Era apenas una puerta.

Y alguien había decidido tratarlo como si fuera lo mismo.

—Quiero hablar con Sergio —dijo Clara.

Aranda la miró.

—No.

—No te estoy pidiendo permiso.

—Entonces te estoy dando una negativa gratis.

—Él sabía lo de los noventa y cinco.

—Sí.

—Y Celia se lo había dicho.

—Sí.

—Y la oferta llegó justo por encima.

—Sí.

—Eso importa.

—Importa. No significa que puedas interrogarlo.

—Puedo preguntarle cosas.

—Puedes servirle café.

Pilar levantó la mano.

—Yo puedo preguntarle cosas.

—Tampoco.

Clara recogió la valoración.

—¿Puedo quedarme con una copia?

—No.

—¿Fotografiarla?

—No.

—¿Memorizarla?

Aranda la miró.

—Eso ya lo has hecho.

—Sí.

—Entonces no entiendo por qué preguntas.

La puerta se abrió otra vez.

Esta vez fue Lola Ferrés.

Traía un sobre y una expresión peor que la de la tarde anterior.

—Quiero dejar esto.

Ramiro, que acababa de entrar por el portal con una carpeta bajo el brazo, se detuvo.

—¿Qué es?

—Mi escrito.

—¿Qué escrito?

—Mi protesta formal contra cualquier intento de mantener la operación.

Ramiro cerró los ojos.

—Lola, hay una investigación por homicidio.

—Precisamente.

—No es el momento.

—Si no es el momento de impedir que se use el voto de un muerto, no sé cuándo lo será.

Aranda se acercó.

—Señora Ferrés.

Lola lo miró.

—Inspector.

—Necesito hacerle unas preguntas.

—Ya me las hizo ayer.

—Tengo otras.

—¿Más útiles?

Pilar se tapó la boca.

Aranda señaló una mesa.

—Siéntese.

Lola obedeció, pero dejó el sobre delante de Ramiro.

—Eso se registra.

—Luego.

—Hoy.

—Lola.

—Hoy.

Ramiro cogió el sobre.

—Hoy.

Lola se volvió hacia Aranda.

—Ya puede empezar.

—Usted votó en contra.

—Sí.

—Y discutió con Andrés ayer por la mañana.

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque él quería retrasar la votación y yo quería que se retirara la operación por completo.

Clara levantó la vista.

—¿Entonces estabais de acuerdo?

—No.

—Los dos estaban contra aceptar la oferta.

—Por motivos distintos.

—¿Cuáles eran los suyos?

Lola señaló la pared como si la portería estuviera detrás.

—Estamos vendiendo un espacio común por desesperación porque nadie quiere pagar una derrama. Dentro de cinco años alguien dirá que fue un error.

—¿Y Andrés?

—Andrés quería vender si el precio era bueno.

—¿Aunque ayer votó a favor?

Lola soltó una risa.

—Andrés no votó a favor.

Aranda la observó.

—¿Cómo puede saberlo?

—Porque lo conozco.

—Eso no basta.

—A mí sí.

—A la investigación no.

Lola se cruzó de brazos.

—Entonces pregunte mejor.

Aranda no pareció ofenderse.

—¿Qué le dijo ayer?

—Que iba a pedir que se aplazara la decisión hasta tener la valoración.

Clara y Aranda se miraron.

—¿Cuándo? —preguntó Clara.

Aranda la miró.

Ella levantó las manos.

—Una pregunta.

Lola respondió:

—A las once, más o menos. En el portal.

—¿Usó la palabra aplazar?

—Sí.

—¿Está segura?

Lola la miró con desconfianza.

—Clara, he pasado treinta años recordando las cosas que la gente me dice para poder recordárselas después.

Pilar murmuró:

—Eso explica mucho.

Lola continuó.

—Dijo que no iba a permitir que votáramos sin una valoración independiente porque “una cifra puesta por el comprador no es el valor de nada”.

Clara sintió que la frase encajaba con el hombre que había conocido.

No demostraba nada.

Pero volvía a abrir distancia entre Andrés y el documento.

—¿Quién más lo oyó? —preguntó Aranda.

—Berta estaba cerca. Y creo que Nora llegó al final.

—¿Celia?

—No.

Aranda tomó nota.

—¿Dónde estaba usted ayer entre las cuatro y media y las cinco y cuarto?

Lola sonrió.

—En el dentista.

Pilar ladeó la cabeza.

—Eso sí que es una buena coartada.

—No fue agradable.

—Los mejores no lo son.

Aranda cerró la libreta.

—Lo comprobaremos.

—Haga lo que quiera.

Lola se levantó.

—¿Puedo irme?

—Sí.

Se volvió hacia Ramiro.

—El escrito.

—Lo registraré.

—Hoy.

—Sí.

Lola se marchó.

Ramiro dejó la carpeta que llevaba sobre una mesa.

—Tengo lo que pediste.

Aranda lo miró.

—¿Qué?

—Las versiones de la oferta, la convocatoria y los correos de la negociación.

Clara se acercó.

Aranda levantó una mano.

—No.

—No he tocado nada.

—Tu intención hace ruido.

Ramiro sacó varios documentos.

—También encontré una nota de Andrés.

Clara se detuvo.

Aranda cambió de expresión.

—¿Dónde?

—En una carpeta que Berta me dijo que revisara.

Berta, desde su mesa, corrigió:

—Dije que revisaras el archivo de la evaluación.

—Eso.

—No es lo mismo.

—¿La nota estaba en documentación comunitaria?

—Sí.

—¿Original?

—Una fotocopia con una anotación manuscrita.

Aranda se puso guantes antes de cogerla.

Clara vio únicamente el reverso.

—¿Qué dice?

Aranda leyó.

No respondió enseguida.

Pilar dejó la taza.

—Odio cuando hacéis eso.

—¿Qué?

—Leer algo y poner cara.

Aranda giró la hoja sobre la mesa.

La anotación era corta.

Letra firme.

Azul.

Revisar correos antiguos / intermediación.

Clara leyó dos veces.

—¿Intermediación?

Ramiro frunció el ceño.

—No sé.

Berta habló:

—Puede referirse a las primeras conversaciones con Cendalva.

—¿Quién las llevaba? —preguntó Aranda.

Ramiro respondió:

—Celia, cuando era presidenta.

Clara miró la nota.

Después a la puerta.

Después otra vez la nota.

No era prueba.

Ni siquiera era una acusación.

Podía referirse a una comisión normal.

A un intermediario.

A una conversación antigua.

A cualquier cosa.

Pero Andrés había pedido revisar correos antiguos.

Y había querido aplazar la junta.

Y la falsa representación había hecho exactamente lo contrario.

Le había hecho aceptar.

—¿Cuándo escribió esto? —preguntó Clara.

Berta se acercó.

—No lo sé.

Ramiro señaló la carpeta.

—Estaba junto a la documentación que pidió para preparar la valoración.

Aranda recogió la hoja.

—Quiero esos correos.

Ramiro asintió.

—Buscaré.

—No.

—¿No?

—Los buscamos nosotros.

—Pero sé cómo está organizado el archivo.

Aranda lo miró.

—Entonces vienes con nosotros y explicas. No borras, no mueves, no reenvías.

Ramiro asintió.

Clara observó la nota desaparecer dentro de una funda.

Intermediación.

Pilar se acercó.

—¿En qué piensas?

—En dos cosas.

—Dime una.

Clara miró hacia la antigua portería, invisible desde el café pero presente en todas las conversaciones.

—Que todo el mundo está respondiendo a la misma pregunta.

—¿Cuál?

—Quién quería que se vendiera.

Pilar frunció el ceño.

—Es la pregunta lógica.

—Sí.

—¿Y la otra?

Clara miró hacia la funda con la nota de Andrés.

—Quién necesitaba que se vendiera exactamente ayer.

Pilar dejó de sonreír.

Aranda, a unos metros, había oído.

No dijo nada.

Clara volvió al mostrador.

La valoración seguía en su cabeza.

Ciento nueve mil.

La oferta: noventa y seis.

La frase de Andrés: noventa y cinco.

Y una nota sobre correos antiguos.

Por primera vez, el precio de la portería empezaba a parecer menos importante que el precio de aquella noche.