Capítulo 4 — Lo que valía la portería
Lo que valía la portería
A la mañana siguiente, el Café Aurora abrió a las ocho.
A las ocho y siete, ya había cuatro personas hablando de Andrés Montalvo.
A las ocho y doce, Pilar declaró que aquello era insoportable.
—No la muerte —aclaró—. La velocidad.
Clara dejó una taza frente a ella.
—¿Qué velocidad?
—La de las teorías.
—Llevas veinte minutos aquí.
—Exacto. Y ya he oído tres.
—No las escuches.
—Una señora ha dicho que lo mataron por la portería.
—Eso no es exactamente una teoría.
—Un hombre ha dicho que lo mataron porque sabía demasiado.
—Eso sí es una teoría.
—Y Doña Amparo ha dicho que lo mataron porque nadie escucha cuando ella avisa.
Clara miró hacia la mesa junto a la ventana.
Doña Amparo levantó su café.
—No he dicho eso.
Pilar bajó la voz.
—Ha dicho algo peor.
—He dicho que cuando una persona cambia de opinión demasiado deprisa, hay que mirar quién se beneficia.
Clara se quedó quieta con la cafetera en la mano.
Doña Amparo la señaló.
—Eso.
Pilar sonrió.
—¿Ves?
—No sé qué ves.
—Que la mañana acaba de empezar.
Clara volvió al mostrador.
Había dormido poco.
No por el cadáver.
Eso habría sido una explicación fácil.
Había dormido poco porque, cada vez que cerraba los ojos, veía la misma línea:
VC-18B. 96.000 euros.
No era la firma.
No todavía.
Era el contenido.
Un documento podía mentir de muchas maneras.
Podía llevar una firma falsa.
Una fecha falsa.
Una identidad falsa.
Pero aquel había hecho algo más complejo.
Había fabricado una decisión.
Andrés no solo aparecía como vivo.
Aparecía como convencido.
Y alguien había entendido lo suficiente sobre él para inventar una razón plausible.
Noventa y cinco mil.
Noventa y seis mil.
Mil euros de diferencia convertidos en voluntad.
Pilar mordió una tostada.
—Estás haciendo números otra vez.
—Estoy trabajando.
—Estás mirando una cucharilla como si pudiera declarar.
Clara dejó la cucharilla.
—No estoy haciendo números.
—Entonces estás pensando en el papel.
Clara no respondió.
—Eso es un sí.
—No necesariamente.
—En tu caso, sí.
La puerta se abrió.
Aranda entró sin quitarse el abrigo.
Clara miró el reloj.
—Son las ocho y veinte.
—Sé leer.
—No esperaba verte tan temprano.
—Yo tampoco esperaba verte en otro cadáver.
Pilar levantó una mano.
—No estaba en otro cadáver. Estaba al lado.
Aranda cerró los ojos.
—Buenos días, Pilar.
—Buenos días.
Clara ya estaba preparando un café.
—¿Lo de siempre?
—Sí.
—Entonces tu enfado no es tan grave.
Aranda se sentó en el extremo de la barra.
—No estoy enfadado.
—Claro.
—Estoy trabajando.
—Eso sí te pone de mal humor.
Clara dejó la taza delante de él.
Aranda bebió.
—Tenemos confirmación provisional de la ventana de muerte.
Clara apoyó las manos sobre el mostrador.
—¿Más precisa?
—Lo suficiente.
—¿Cuánto?
—Entre aproximadamente las cuatro y media y las cinco y cuarto.
Pilar dejó la tostada.
—¿Y Celia?
Aranda la miró.
—¿Qué pasa con Celia?
—Nada. Pregunto.
—Eso no ha sonado como una pregunta.
Clara intervino.
—Tenía una videollamada.
—Sí.
—¿Desde qué hora?
Aranda la miró.
—No voy a darte todas las declaraciones.
—No te las he pedido todas.
—Solo la que te interesa.
—Exacto.
Aranda bebió otro sorbo.
—Entró en una videollamada profesional a las cuatro y media y la llamada siguió hasta después de las cinco.
Pilar se volvió hacia Clara.
—Eso parece bastante bueno.
—Parece.
Aranda dejó la taza.
—Esa palabra te gusta demasiado.
—Porque suele ser útil.
—La estamos comprobando —dijo Aranda—. Por ahora, tratadla como una coartada.
—Antes de seguir obsesionándoos con Celia, hay algo más.
Sacó una hoja doblada de la carpeta.
No era una copia de la representación.
Clara la reconoció al ver el encabezado.
Una valoración.
—¿La tasación? —preguntó.
—Una valoración independiente preliminar.
Clara cogió la hoja cuando Aranda la dejó sobre la barra.
Arriba figuraba el inmueble.
Antigua vivienda de portería.
Superficie.
Estado.
Posibilidades de regularización.
Más abajo, una cifra.
Clara la leyó dos veces.
—Ciento nueve mil.
—Estimación orientativa —dijo Aranda.
Pilar silbó.
—Eso sí cambia la conversación.
Doña Amparo habló desde su mesa.
—Ya lo dije.
Aranda miró hacia ella.
—¿Qué dijo?
—Que noventa y seis era poco.
—¿Cuándo?
—Anteayer.
—¿Y basándose en qué?
—En que si te ofrecen noventa y dos y luego suben cuatro sin discutir, es porque podían subir más.
Aranda la observó.
—Eso no es una tasación.
—No. Pero tampoco me cobraron por pensarlo.
Pilar se tapó la boca.
Clara siguió leyendo.
—Andrés no había visto esto.
—Probablemente no.
—Pero la había pedido.
—Sí.
—Y era justamente lo que quería antes de decidir.
Aranda asintió.
—Eso parece.
Clara levantó la vista.
—Ahora lo dices tú.
—No te acostumbres.
Pilar volvió a coger la tostada.
—Entonces el límite de los noventa y cinco no era un precio de aceptación.
—Eso ya lo sabíamos —dijo Clara.
—Lo sabíamos como interpretación.
—Ahora tenemos una razón más.
Aranda señaló el informe.
—Esto no demuestra que Andrés hubiera votado en contra.
—No.
—Ni demuestra que la oferta le pareciera inaceptable.
—No.
—Solo demuestra que había pedido una valoración que situaba el espacio bastante por encima.
—Exacto.
Clara dejó la hoja.
—Pero hace menos creíble que pasara de bloquear la operación a autorizarla solo porque subieron mil euros por encima de su frase.
Pilar frunció el ceño.
—Eso sí.
Aranda no discutió.
Doña Amparo se levantó con su taza.
—Andrés usaba frases.
Clara la miró.
—¿Qué quieres decir?
—Decía cosas para que la gente entendiera dónde estaba el límite.
—Los noventa y cinco.
—Sí.
Se acercó a la barra.
—Pero no era tonto.
—Nadie ha dicho que lo fuera.
—A veces se habla como si hubiera dicho “noventa y cinco” y luego aparecieran noventa y seis y el hombre se hubiera puesto contento.
Pilar señaló la valoración.
—Pues parece que no.
Doña Amparo bebió.
—Andrés habría dicho que una cifra sirve para empezar a discutir, no para dejar de pensar.
Clara guardó la frase.
Aranda también.
—¿Lo conocía bien? —preguntó.
—Lo suficiente para que me irritara.
—Eso no responde.
—En este edificio responde bastante.
La puerta volvió a abrirse.
Arturo Casteira entró.
Clara lo vio detenerse apenas un segundo al reconocer a Aranda.
No parecía sorprendido.
Tampoco cómodo.
—Inspector.
—Señor Casteira.
—Me dijeron que quería hablar conmigo otra vez.
—Sí.
Arturo miró alrededor.
—¿Aquí?
—Primero un café —dijo Pilar.
Aranda la miró.
—No trabaja aquí.
—Pero tengo criterio.
Clara ya estaba sirviendo uno.
Arturo dejó unas monedas.
—Gracias.
Doña Amparo volvió a su mesa.
Aranda señaló una silla.
—Siéntese.
Arturo obedeció.
Era un hombre que parecía cómodo hablando de dinero. Clara lo había visto en la junta: no levantaba la voz, no se ofendía cuando otros lo hacían y rara vez respondía a un insulto con otro insulto.
Eso lo volvía sospechoso para algunas personas del Portal 7.
—Usted quería que se vendiera la portería —dijo Aranda.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque la situación actual no beneficia a nadie.
—Eso suena muy general.
Arturo bebió.
—Tengo un local contiguo. La comunidad lleva años sin resolver humedades, accesos y cuestiones de regularización. Si se hace la operación, hay dinero para obras. Si hay obras, mejora el edificio. Si mejora el edificio, mejora el entorno.
Pilar murmuró:
—Y su local.
Arturo la miró.
—Y mi local.
—Me gusta cuando la gente no finge altruismo.
—No soy altruista.
Aranda intervino.
—¿Cuánto ganaría?
Arturo sonrió sin humor.
—No puedo saberlo.
—Una estimación.
—Si se resuelven las obras y la zona mejora, el local vale más. Eso no es un secreto.
—¿Discutió con Andrés?
—Sí.
—¿Cuándo?
—Muchas veces.
—La última.
Arturo pensó.
—Anteayer.
Clara levantó la vista.
—¿Sobre el precio?
—Sobre la operación.
—¿Fue una discusión fuerte?
Arturo miró a Aranda.
—¿Quiere la versión policial o la versión Portal 7?
—La verdadera.
—Entonces las dos.
Pilar sonrió.
Arturo apoyó las manos en la mesa.
—Le dije que estaba bloqueando una solución razonable por querer exprimir cada euro. Él me dijo que yo tenía demasiada prisa porque no era mi dinero lo que se estaba vendiendo.
—¿Le amenazó?
—No.
—¿Usted a él?
—Tampoco.
—¿Alguien los oyó?
—Lola. Berta. Creo que Celia estaba bajando.
Aranda anotó.
—¿Dónde estaba usted ayer entre las cuatro y media y las cinco y cuarto?
Arturo respondió sin pensar.
—En el local.
—¿Solo?
—No. Había dos empleados, un proveedor y un cliente que se quedó hasta casi las cinco.
—¿Cámaras?
—Sí.
Aranda asintió.
—Lo comprobaremos.
—Por supuesto.
Arturo bebió otro sorbo.
—¿Puedo preguntar algo?
—Puede.
—¿Esto tiene que ver con la venta?
Aranda no respondió.
Arturo miró a Clara.
—¿El papel era falso?
Clara no dijo nada.
Aranda sí.
—¿Quién se lo ha dicho?
—Nadie. Pero si Andrés murió antes de que llegara la oferta y aun así aparece votando esa oferta, no hace falta ser inspector.
Pilar señaló a Clara.
—Eso le va a doler.
—No me duele.
Arturo continuó.
—La operación queda bloqueada.
—¿Eso le preocupa? —preguntó Aranda.
—Sí.
—¿Más que la muerte?
Arturo lo miró.
—No.
—Ha preguntado primero por la operación.
—Porque sobre la muerte no puedo hacer nada.
Pilar se quedó quieta.
Clara la vio.
No era una reacción.
Era registro.
Arturo terminó el café.
—Andrés me caía mal muchas veces. Eso no significa que quisiera verlo muerto.
—No —dijo Aranda.
—Y si cree que lo maté por una subida hipotética del valor de mi local, tiene una idea bastante exagerada de mis finanzas.
Aranda cerró la libreta.
—Por ahora tengo muchas ideas.
—Espero que alguna sea buena.
—Yo también.
Arturo se marchó.
Pilar esperó a que la puerta se cerrara.
—No me gusta.
—¿Por qué? —preguntó Clara.
—Porque es demasiado razonable.
—Eso no es motivo.
—En este edificio sí.
Aranda guardó la libreta.
—No tiene una ventana buena para el homicidio.
—¿Ya has mirado las cámaras? —preguntó Clara.
—Estamos mirándolas.
—Entonces no lo descartas.
—No descarto a nadie porque a Pilar no le guste su manera de beber café.
Pilar se encogió de hombros.
—He resuelto problemas con menos.
Clara volvió a mirar la tasación.
Ciento nueve mil.
La cifra empezaba a desordenar la historia.