El voto del vecino muerto Capítulo 3 — Noventa y seis mil #2
30%

Capítulo 3 — Noventa y seis mil #2

—Y, sin embargo, aparece un documento que explica su ausencia y su cambio de voto con una precisión perfecta.

Ramiro frunció el ceño.

—No explica su ausencia.

—La hace menos extraña.

—Eso no es lo mismo.

—No. Pero funciona igual para quien está sentado en la sala.

Aranda no dijo nada.

Clara señaló la copia.

—Si el documento dijera simplemente “voto a favor”, todos preguntarían qué había cambiado.

—Y esto responde que había cambiado el precio —dijo Ramiro.

—Exacto.

—Porque probablemente cambió por el precio.

—Probablemente.

Clara se quedó mirando los 96.000 euros.

—O porque alguien necesitaba que pareciera eso.

Aranda se enderezó.

—Ahora sí estás construyendo.

—Una hipótesis.

—Sin saber aún cuándo murió.

Clara guardó silencio.

Tenía razón.

Eso era irritante.

Y útil.

Aranda cerró el portátil.

—Por ahora, sabemos que el buzón estaba vacío a las seis y veinticinco y que el sobre apareció cuando Ramiro lo revisó, ya empezada la junta. Sabemos que cita una oferta enviada a las seis y catorce. Sabemos que Montalvo estaba muerto cuando lo encontrasteis.

—Y sabemos que su muerte fue bastante antes de las ocho.

—Eso no basta.

—La médica dijo final de la tarde.

—“Final de la tarde” no es una hora.

—No he dicho que lo sea.

Aranda recogió la carpeta.

—Bien.

—¿Bien qué?

—Nada. Me alegra comprobar que todavía puedes distinguir una estimación de una hora exacta.

—Llevamos demasiado tiempo conociéndonos.

—Sí.

Bajaron al café.

Pilar estaba exactamente en el mismo taburete.

—¿Habéis descubierto internet?

—Todavía no —dijo Aranda.

Berta levantó la cabeza.

—¿Qué sabemos?

—Que no sabéis nada —respondió Aranda— y quiero conservar esa situación al menos durante diez minutos.

Doña Amparo estaba ahora sentada junto a la ventana del café.

Clara no sabía cuándo había bajado.

—¿Y yo? —preguntó.

Aranda cerró los ojos.

—¿Usted qué?

—¿También tengo que no saber nada?

—Preferiblemente.

—Eso no se puede ordenar.

Pilar sonrió.

—Llevo años intentándolo.

Aranda pidió hablar con cada uno por separado.

Empezó por Celia.

Clara se quedó detrás de la barra porque, oficialmente, estaba trabajando.

Aunque el café continuaba cerrado.

No escuchaba las preguntas completas, solo fragmentos.

La puerta del pequeño almacén se cerraba.

Luego se abría.

Entraba otro vecino.

Salía.

Sergio Alcoria llegó a las nueve y cuarenta y ocho.

Clara lo conocía únicamente de vista y de un par de reuniones relacionadas con la oferta. Tenía cuarenta y pocos, traje sin corbata y la expresión incómoda de quien estaba acostumbrado a conversaciones desagradables sobre dinero, pero no sobre cadáveres.

—Me ha llamado la policía —dijo al entrar.

Pilar miró el cartel de cerrado.

—Hoy está siendo muy interpretativo.

Sergio no entendió.

Clara señaló una mesa.

—Espere ahí.

Ramiro lo miró.

—¿Sabías que Andrés había cambiado de opinión?

Sergio frunció el ceño.

—¿Qué?

—El voto.

—Me han dicho algo por teléfono.

—¿Tú hablaste con él?

—No.

Ramiro se levantó.

—¿Seguro?

—Completamente.

—La oferta llegó a las seis y catorce.

—Sí.

—Y una representación suya menciona exactamente esa oferta.

Sergio dejó el móvil sobre la mesa.

—No sé nada de ninguna representación.

—¿No le enviaste la oferta a Andrés?

—No tenía su correo.

Clara intervino.

—¿Ni lo llamaste?

—No.

—¿Quién te pidió subir a noventa y seis?

Sergio la miró.

—¿Perdón?

—La oferta anterior era de noventa y dos.

—Sí.

—¿Por qué noventa y seis?

Sergio dudó.

—Porque era el margen que podíamos asumir.

—Eso no responde.

—Responde perfectamente.

Pilar se inclinó.

—Ella quería saber por qué justo noventa y seis.

Sergio la miró.

—¿Quién es usted?

—Una excelente pregunta.

Clara siguió:

—Andrés había dicho públicamente que por debajo de noventa y cinco no quería discutir la venta.

Sergio se quedó callado.

Solo un instante.

Pero Clara lo vio.

—Lo sabías.

—Sí.

Ramiro se volvió hacia él.

—¿Cómo?

Sergio se pasó una mano por la barbilla.

—Porque me lo dijeron.

—¿Quién?

La puerta del almacén se abrió.

Celia salió.

Sergio la miró.

Fue suficiente.

Aranda apareció detrás.

—Señor Alcoria.

Sergio se levantó.

—Sí.

—Dentro.

Sergio entró sin decir nada más.

Celia recogió su bolso.

—¿Puedo irme?

—De momento sí —respondió Aranda—. Necesitaré que esté localizable.

Celia lo miró.

—No pensaba irme a ninguna parte.

—Mejor.

Clara observó cómo se acercaba a la puerta.

—Celia.

Ella se volvió.

—¿Qué?

—¿Fuiste tú quien le dijo a Sergio lo de los noventa y cinco mil?

Celia no pareció sorprendida.

—Sí.

—¿Cuándo?

—Hace unos días.

—¿Por qué?

—Porque si querían que Andrés dejara de bloquear la operación, tenían que acercarse a una cifra que él considerara seria.

Aranda habló desde la puerta.

—Clara.

Ella no apartó los ojos de Celia.

—Solo preguntaba.

—Ya.

Celia se marchó.

Pilar esperó a que desapareciera por el portal.

—No ha sido especialmente discreto.

—No tenía por qué serlo.

—Tampoco especialmente útil.

Clara miró hacia el almacén.

—Eso ya veremos.

A las diez y veinte, Aranda recibió una llamada.

Se apartó junto a la puerta.

Escuchó.

Hizo dos preguntas.

Anotó algo.

Clara vio cómo su cara se volvía más seria.

Cuando terminó, no guardó el móvil inmediatamente.

—¿Qué pasa? —preguntó Ramiro.

Aranda miró a todos.

Después a Clara.

—Tengo una actualización preliminar.

Clara no dijo nada.

—La estimación médica sigue siendo amplia. No voy a convertirla en una hora exacta porque no lo es.

—Pero —dijo Pilar.

Aranda la miró.

—Pero la reconstrucción inicial ya permite situar la muerte con bastante seguridad antes de las seis.

Nadie habló.

Ramiro fue el primero en reaccionar.

—¿Antes de las seis?

—Sí.

Clara sintió que algo encajaba.

No como una respuesta.

Como una puerta cerrándose.

Miró el portátil de Ramiro.

Luego la carpeta.

La representación.

18:14.

Aranda la vio.

—No digas nada todavía.

—No iba a—

—Sí ibas.

—Solo iba a pedir el documento.

—No.

—Quiero verlo.

—Ya lo has visto.

—Quiero que Ramiro lea una frase.

Ramiro palideció.

—¿Cuál?

Aranda suspiró.

—Hazlo.

Ramiro desplegó la copia otra vez.

Clara se puso detrás.

—Lee la parte del voto.

Ramiro obedeció.

—“Manifestando expresamente mi voto favorable a la aceptación de la oferta revisada VC-18B de Cendalva Patrimonial por importe de noventa y seis mil euros”.

Clara señaló la copia.

—Ahora el correo.

Ramiro lo abrió.

—Hora.

—Dieciocho catorce.

Silencio.

Berta fue la primera en entenderlo.

—No.

Pilar dejó de apoyarse en el mostrador.

Doña Amparo frunció el ceño.

—¿Qué?

Clara miró a Aranda.

Esta vez él no la detuvo.

—Andrés murió antes de las seis.

Doña Amparo asintió lentamente.

—Eso ha dicho.

—La oferta VC-18B no existía hasta las seis y catorce.

La anciana miró el documento.

Luego a Clara.

—Entonces no pudo verla.

—No.

Ramiro parecía haber dejado de respirar.

—Pero la representación…

Clara terminó por él.

—Sabe algo que Andrés no podía saber.

Aranda cogió la copia.

—Eso sí es una imposibilidad.

Pilar miró los 96.000 euros impresos.

—Entonces alguien escribió esto después de que muriera.

—Sí —dijo Clara.

—Y firmó por él.

—Eso parece.

Ramiro apoyó ambas manos en la mesa.

—¿Para qué?

Clara miró la frase otra vez.

Habían dedicado toda la noche a pensar en una firma falsa.

Pero la firma era solo la superficie.

Alguien había necesitado que Andrés hiciera algo después de muerto.

No esconder su muerte.

No fingir que seguía caminando por el edificio.

Algo mucho más pequeño.

Más cotidiano.

Más útil.

—No falsificaron solo su firma —dijo Clara.

Aranda levantó los ojos.

Ella señaló la línea del voto.

—Falsificaron su decisión.

Y por primera vez desde que encontraron el cuerpo, la pregunta dejó de ser cuándo había muerto Andrés Montalvo.

La pregunta era quién necesitaba tanto que votara.