El voto del vecino muerto Capítulo 3 — Noventa y seis mil
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Capítulo 3 — Noventa y seis mil

Noventa y seis mil

Silencio.

No absoluto.

Desde el segundo piso llegaba el sonido amortiguado de una televisión.

En algún apartamento funcionaba una lavadora.

El ascensor subía y bajaba con agentes que entraban, salían, pedían nombres, comprobaban puertas y hacían preguntas que parecían repetirse hasta que una respuesta cambiaba una palabra.

Pero nadie discutía.

Eso era lo extraño.

Clara estaba detrás del mostrador del Café Aurora con una taza que se había servido hacía veinte minutos y que aún no había probado.

Pilar ocupaba uno de los taburetes.

Ramiro estaba sentado a una mesa con las manos alrededor de un vaso de agua.

No lo bebía.

Berta tenía su carpeta cerrada delante.

Cerrada.

Clara no recordaba haber visto a Berta con una carpeta cerrada durante tanto tiempo.

Migas dormía bajo una mesa.

Incluso él parecía haber entendido que aquella noche no convenía conquistar territorio.

—No fue culpa tuya —dijo Pilar.

Ramiro levantó los ojos.

—Conté el voto.

—Contaste un documento.

—Lo conté como voto.

—Porque parecía un voto.

—No parecía. Era una representación válida.

Clara lo miró.

Ramiro corrigió:

—Formalmente válida.

Pilar dejó escapar aire por la nariz.

—Esa palabra otra vez.

Ramiro no sonrió.

—Comprobé el nombre. El DNI. La junta. El punto del orden del día. Mi nombre como representante. El sentido del voto. La firma.

—¿Qué más podías comprobar? —preguntó Berta.

—Que Andrés estuviera vivo.

La frase cayó mal.

Ramiro también lo supo.

Se pasó ambas manos por la cara.

—Perdón.

—No tienes que pedírselo a nosotros —dijo Clara.

—No sé a quién tengo que pedírselo.

Pilar miró hacia la puerta que comunicaba con el portal.

—Quizá a nadie.

Ramiro no respondió.

Clara seguía viendo la escena de la junta.

La representación entrando en la sala dentro de un sobre blanco.

El alivio de algunos.

La irritación de otros.

Celia diciendo que, si Andrés había puesto la referencia, habría visto la nueva oferta.

Una frase perfectamente sensata.

Eso era lo peor de las frases perfectamente sensatas.

A veces solo parecían sensatas porque llegaban en el momento adecuado.

Aranda apareció en la puerta del café.

No entró de inmediato.

Se quedó allí observando el local, como si estuviera comprobando que las mismas personas que había dejado dispersas por el edificio se habían reunido exactamente donde esperaba encontrarlas.

—¿Esto qué es?

Pilar miró alrededor.

—Un café.

—Sé que es un café.

—Entonces vamos bien.

Aranda señaló a Ramiro y Berta.

—Me refiero a esto.

—Personas sentadas.

—Pilar.

—No sé qué respuesta quieres.

Clara dejó la taza.

—No hemos hablado del caso.

Aranda la miró.

—No te he preguntado.

—Ya, pero estabas a punto.

Entró.

—¿Y cómo sabes que estaba a punto?

—Porque ya te conozco.

—Eso me preocupa.

—A mí también.

Aranda dejó una carpeta fina sobre la barra.

—Ramiro.

El administrador se levantó.

—Sí.

—Necesito el correo original de la oferta revisada.

—Lo tengo.

—No una captura. El correo.

—Sí.

—Con encabezados, adjuntos y hora de recepción.

—Sí.

Aranda lo miró durante dos segundos.

—De acuerdo. Me retiro de la parte de la conversación en la que iba a explicarte qué es un correo electrónico.

Ramiro no reaccionó.

—Está en mi portátil.

—¿Dónde?

—En casa.

—Vamos.

Clara dio la vuelta al mostrador.

—Yo también.

Aranda se volvió.

—No.

—La oferta estaba dirigida a la comunidad y yo estuve en la junta.

—Exacto. Por eso ya te he tomado declaración.

—No me has tomado declaración sobre el correo.

—Porque no lo recibiste tú.

—Pero vi la oferta.

—Clara.

—Y sé qué decía Andrés antes de que llegara.

Aranda la miró con esa expresión que había aprendido a reservar para momentos en que quería discutir y sabía que perder tiempo discutiendo era peor.

—No toques nada.

—No iba a tocar nada.

—No interpretes nada delante de Ramiro.

—Eso es imposible.

—Inténtalo.

Pilar levantó una mano.

—¿Yo puedo ir?

—No.

—No pensaba ir.

Aranda señaló la mesa.

—Perfecto.

Ramiro recogió las llaves.

Clara lo siguió hacia el portal.

Antes de salir, Pilar dijo:

—Traed de vuelta al administrador.

Ramiro se detuvo.

—¿Por qué no iba a volver?

—Era humor.

—Ah.

—Ramiro, necesitas dormir.

—No creo que pueda.

—Entonces necesitas aprender a reconocer el humor.

Subieron al primer piso.

Ramiro vivía en el primero C, en un apartamento que Clara había imaginado durante años lleno de carpetas perfectamente alineadas, sellos, sobres y una impresora capaz de imprimir actas por voluntad propia.

La realidad era decepcionantemente normal.

Había una planta demasiado grande junto a una ventana, zapatillas bajo un banco y una chaqueta caída sobre el respaldo de una silla.

—No mires —dijo Ramiro.

Clara frunció el ceño.

—¿Qué?

—La chaqueta.

—No estaba mirando.

—Está mal puesta.

Aranda lo miró.

—Gil.

—Sí.

—El ordenador.

—Claro.

Ramiro abrió el portátil en la mesa del salón.

Mientras esperaba que arrancara, Clara observó una bandeja con correspondencia, un cargador, una libreta y dos bolígrafos colocados en paralelo.

El resto podía ser normal.

Los bolígrafos confirmaban que seguía siendo Ramiro.

Abrió el correo de la comunidad.

—Aquí.

Aranda se puso a su lado.

Clara detrás.

—Dieciocho catorce —dijo Ramiro.

En pantalla aparecía el mensaje de Sergio Alcoria.

Asunto: Revisión oferta vivienda portería – VC-18B

El texto era breve.

Agradecía las conversaciones mantenidas, confirmaba la mejora de la propuesta y adjuntaba una nueva versión.

Ramiro abrió el archivo.

La primera página coincidía con la que habían tenido sobre la mesa durante la junta.

Cendalva Patrimonial. Oferta revisada VC-18B. 96.000 euros.

Clara sintió una pequeña presión en el pecho.

No porque hubiera algo nuevo.

Precisamente porque no lo había.

—¿A quién se envió? —preguntó Aranda.

Ramiro abrió los destinatarios.

—A la cuenta de la comunidad. A mí. A Celia.

Clara miró la pantalla.

—¿A Celia por qué?

Ramiro tardó demasiado.

—Había participado en las negociaciones anteriores.

—Ya no era presidenta —dijo Clara.

—No.

—¿Entonces?

—Seguía teniendo contacto con Cendalva.

Aranda giró la cabeza.

—¿En qué calidad?

—No lo sé.

—¿No lo sabes o nunca te lo preguntaste?

Ramiro bajó los ojos.

—Nunca me lo pregunté.

Clara guardó la respuesta.

Aranda también.

—¿Alguien más?

—Arturo Casteira estaba en copia en algunos correos antiguos, pero no en este.

—¿Andrés?

Ramiro negó con la cabeza.

—No.

Clara miró el mensaje otra vez.

—Espera.

Aranda se volvió.

—¿Qué?

—Andrés no recibió este correo.

—No por esta vía.

—Pero la representación menciona la referencia exacta.

Ramiro habló:

—Podía haberla visto en otro sitio.

—¿Dónde?

—En el buzón de la comunidad, si bajó.

—La oferta no estaba en el buzón.

—No.

—¿En el tablón?

—No.

—¿La enviaste por WhatsApp al grupo?

Ramiro negó con la cabeza.

—No tenemos grupo.

Clara miró a Aranda.

Él respondió antes de que dijera nada.

—Eso no significa que no pudiera conocerla.

—Ya lo sé.

—Podía llamarlo alguien.

—Sí.

—Podía enseñársela alguien.

—Sí.

—Podía recibirla reenviada.

—Sí.

—Entonces no empieces a construir una imposibilidad que todavía no existe.

Clara cruzó los brazos.

—No estoy construyendo nada.

—Te conozco.

—Eso me preocupa.

Ramiro parecía mirar un partido de tenis.

Aranda ignoró la devolución.

—Quiero saber quién recibió esta oferta y quién pudo verla antes de la junta.

Ramiro abrió la bandeja de enviados.

—Yo la imprimí a las seis y veinte.

—¿Dónde?

—Aquí.

—¿Bajaste después?

—A las seis y treinta y cinco aproximadamente.

—¿Con las copias?

—Sí.

—¿Te cruzaste con Andrés?

—No.

—¿Dejaste alguna en una zona común?

—Las puse en la sala de reuniones.

Aranda anotó.

—¿La sala estaba abierta?

—Sí.

—¿Desde cuándo?

—Desde que bajé.

Clara habló:

—Entonces Andrés podía bajar, entrar, leerla y volver a subir sin que nadie lo viera.

Aranda asintió.

—Exacto.

—Pero tendría que haberlo hecho entre las seis y treinta y cinco y las seis y cuarenta y algo.

—Si asumimos que escribió el documento después.

—Claro.

—Y todavía no sabemos cuándo se depositó el sobre.

—No.

Clara miró la hora del correo.

18:14.

Después imaginó el documento.

Aquella referencia.

VC-18B.

No bastaba.

Todavía no.

—¿A qué hora revisaste el buzón? —preguntó Aranda.

Ramiro pensó.

—Primero a las seis y veinticinco.

—¿Vacío?

—Sí.

—¿Seguro?

Ramiro lo miró casi ofendido.

—Sí.

—Luego.

—Poco después de las siete.

—Y ahí estaba el sobre.

—Sí.

Aranda escribió.

—Entonces el sobre llegó entre las 18:25 y poco después de las 19:00.

Clara lo miró.

—Eso deja bastante margen.

—El suficiente para empezar.

—Y demasiado para fingir que sabemos un minuto.

—Por una vez, estamos de acuerdo.

Aranda cerró la oferta.

—Ahora la representación.

Ramiro abrió la carpeta física que había llevado consigo.

El original ya estaba bajo custodia policial. Aranda sacó de la carpeta una copia hecha por los agentes después de recogerlo.

La copia quedó abierta sobre la mesa.

Clara se inclinó.

Era la primera vez que la veía con calma.

Arriba, los datos de Andrés.

Después:

Por medio del presente escrito designo a D. Ramiro Gil como representante para la Junta Extraordinaria de la Comunidad Portal 7 convocada para el día de hoy…

Más abajo, el punto concreto.

Y finalmente:

…manifestando expresamente mi voto favorable a la aceptación de la oferta revisada VC-18B de Cendalva Patrimonial por importe de 96.000 euros…

Clara leyó la frase entera.

Dos veces.

Aranda la miró de reojo.

—¿Qué?

—Nada.

—Eso no es verdad.

—Solo estoy leyendo.

—Lees con demasiada intención.

Ramiro se sentó.

—A mí no me pareció raro.

Clara lo miró.

—¿Qué parte?

—Que fuera detallado.

—Andrés era detallado.

—Sí.

—Y el documento está bien hecho.

—Sí.

—Demasiado bien.

Aranda soltó el bolígrafo sobre la mesa.

—Ahí está.

Clara lo miró.

—¿Qué?

—La frase.

—¿Cuál?

—“Demasiado bien”.

—No he dicho que sea falso.

—Todavía.

—Estoy diciendo que explica todo.

—Eso suele ser una ventaja en los documentos.

—No siempre.

Aranda se apoyó en el respaldo.

—Explica.

Clara volvió a mirar la hoja.

—Andrés falta a una junta a la que tenía intención de venir.

—Sí.

—No avisa.

—Sí.

—No responde llamadas.

—Sí.