El voto del vecino muerto Capítulo 2 — El vecino que no bajó #3
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Capítulo 2 — El vecino que no bajó #3

—La junta de esta tarde.

—¿Por qué me interesa?

Ramiro miró a Clara.

Clara no dijo nada.

Él tragó saliva.

—Porque Andrés Montalvo ha votado esta noche.

Aranda abrió la carpeta.

—¿Ha qué?

—Estaba ausente, pero dejó una representación.

—¿Cuándo?

—La encontré poco después de empezar.

—¿Dónde?

—En el buzón de la comunidad.

Aranda extendió la mano.

Ramiro sacó la funda transparente.

El inspector leyó.

Una vez.

Luego otra.

—¿Esto es el original?

—Sí.

—¿Quién lo ha tocado?

Ramiro enumeró nombres.

Él.

Clara, no.

Berta se había acercado, pero no había llegado a sostenerlo.

Nadie más.

—¿Y con esto qué hicisteis?

—Registrar su voto favorable.

—¿Decisivo?

Ramiro tardó en responder.

—Sí.

Aranda levantó los ojos.

—¿Para qué?

—Para avanzar con la operación de la antigua vivienda de portería.

—¿Una venta?

—Una aceptación previa y autorización para los trámites posteriores.

Aranda miró a Clara.

—¿Necesito saber la diferencia ahora?

—No —dijo ella.

—Perfecto.

Volvió al documento.

—¿Cuándo llegó la oferta que menciona?

Ramiro sacó otra hoja.

—A las dieciocho catorce.

Aranda comparó ambas.

—¿Y él cuándo murió?

Ramiro se quedó inmóvil.

Clara sintió que la pregunta llegaba demasiado pronto.

—Todavía no lo sabemos —dijo.

Aranda la miró.

—No he preguntado qué sabes tú.

—Entonces no sé por qué me mirabas.

Pilar se tapó la boca.

Aranda volvió a Ramiro.

—La médica puede darme una primera aproximación en breve.

Entró otra vez en el piso.

La espera se hizo distinta.

Antes esperaban una explicación.

Ahora esperaban una hora.

Clara odiaba aquello.

No porque creyera que los horarios resolvían todos los problemas.

Precisamente porque sabía lo contrario.

Un horario parecía exacto incluso cuando no lo era.

Una factura.

Un registro.

Una llamada.

Una firma.

Todos prometían una precisión que las personas raramente tenían.

Nora estaba sentada en un escalón con Pilar a su lado.

—¿Has discutido con tu tío últimamente? —preguntó Aranda cuando volvió.

La pregunta sonó rutinaria.

Nora tensó la mandíbula.

—Sí.

—¿Sobre qué?

—Dinero.

Ramiro levantó la vista.

Clara también.

Nora lo notó.

—No por esto.

—No he dicho que fuera por esto —respondió Aranda.

—Mi tío quería que dejara de pedirle ayuda.

—¿Te ayudaba económicamente?

—A veces.

—¿Y habíais discutido?

—El martes.

—¿En persona?

—Sí.

—¿Alguien os oyó?

Nora soltó aire.

—Probablemente medio edificio.

Doña Amparo, desde abajo, dijo:

—Yo no.

Aranda cerró los ojos.

—Por favor, que nadie participe desde otra planta.

—Solo aclaraba.

—Gracias.

Doña Amparo bajó un peldaño.

No se fue.

Aranda anotó algo.

Nora miró a Clara.

No con miedo.

Con irritación.

Eso también parecía más humano.

—No lo maté.

Aranda levantó la vista.

—No he dicho que lo hicieras.

—Pero lo estás pensando.

—Estoy pensando que tenías llave, habíais discutido y encontraste el cuerpo.

Nora se quedó callada.

—Eso es lo que tengo ahora —continuó Aranda—. Y lo que tengo cambia.

Clara reconoció aquella frase.

No porque él la hubiera dicho antes.

Porque era exactamente como trabajaba.

Nora se abrazó a sí misma.

—Yo llegué a las ocho y cuarto.

—Eso también lo comprobaremos.

Aranda volvió a mirar el documento.

La representación.

El voto.

La firma.

—¿Quién sabía que Montalvo podía cambiar de opinión con una oferta de noventa y seis mil?

—Todos —dijo Celia desde el tramo de escalera.

Clara no la había visto subir.

Aranda se volvió.

—¿Todos?

Celia asintió.

—Había repetido varias veces que por debajo de noventa y cinco mil no aceptaba siquiera discutir la operación.

—¿Y a noventa y seis?

—No sé si habría aceptado.

—Pero el documento dice que sí.

—El documento sí.

Aranda estudió su cara.

—Nombre.

—Celia Velarte. Cuarto A.

—¿Estaba en la junta?

—Sí.

—¿Conocía a la víctima?

Celia miró hacia la puerta.

—Vivimos en el mismo edificio desde hace años.

—Eso no responde.

—Sí. Lo conocía.

Aranda anotó.

—Hablaré con usted.

—Por supuesto.

La médica salió del piso.

Habló con Aranda aparte.

Clara intentó no escuchar.

No necesitó hacerlo.

Vio el cambio en el rostro del inspector.

Pequeño.

Pero suficiente.

Cuando volvió, Ramiro ya tenía la representación preparada en la mano.

Aranda no la cogió.

—La estimación es preliminar.

Nadie habló.

—Y tiene margen.

Clara sintió que todos contenían el aire.

—Pero no parece una muerte reciente.

Nora palideció.

—¿Cuánto?

—Todavía no voy a dar una hora exacta.

—Inspector.

—Estamos hablando probablemente del final de la tarde. Bastante antes de que encontrarais el cuerpo.

Ramiro miró el documento.

—¿Antes de las siete?

Aranda lo observó.

—Muy probablemente.

Ramiro apretó la funda transparente.

—Pero ha votado.

La frase salió casi rota.

Aranda bajó la mirada hacia la hoja.

Después volvió a mirarlo.

—No.

Ramiro frunció el ceño.

—¿Cómo que no?

Aranda señaló el documento.

—No ha votado.

El pasillo quedó completamente quieto.

—Ha aparecido un papel con su nombre.

Clara miró la referencia impresa.

VC-18B.

Noventa y seis mil euros.

Por primera vez desde que la había leído, la precisión del documento dejó de parecerle extraña.

Empezó a parecerle peligrosa.