El voto del vecino muerto Capítulo 2 — El vecino que no bajó #2
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Capítulo 2 — El vecino que no bajó #2

—No. No, no digo que…

Se pasó una mano por la frente.

—Acabo de contar su voto.

Nora lo miró por primera vez.

—¿Qué voto?

Nadie respondió.

—¿Qué voto? —repitió.

Ramiro tragó saliva.

—Tu tío dejó una representación para la junta.

—No.

La respuesta llegó de inmediato.

Clara la observó.

—¿Por qué dices que no?

Nora la miró.

—Porque hablé con él a mediodía.

—¿Y?

—Estaba furioso con esa venta.

Ramiro frunció el ceño.

—La oferta cambió después.

—¿Qué oferta?

—Subieron a noventa y seis mil.

Nora pareció no entender.

—¿Y qué?

—Andrés había dicho que por debajo de noventa y cinco no quería ni hablar.

—Eso no significa que quisiera vender.

La frase coincidía casi exactamente con la de Lola.

Clara la registró sin saber todavía por qué.

Nora miró a Ramiro.

—¿Qué decía ese documento?

—Que me autorizaba a representarlo y votar a favor de la oferta revisada.

—Eso es imposible.

Ramiro palideció.

—La firma estaba ahí.

—Me da igual.

—Nora—

—Mi tío quería parar la votación.

La frase cayó en el pasillo.

Clara sintió el cambio.

Hasta entonces tenían una muerte.

Ahora tenían también una contradicción.

—¿Por qué? —preguntó.

Nora se secó la cara con la palma, aunque todavía no lloraba.

—Porque había encontrado algo.

—¿Qué?

—No lo sé.

Pilar habló con suavidad.

—Antes has dicho que quería hablar contigo de unos papeles.

Nora asintió.

—Me llamó esta mañana. Me dijo que viniera después de la junta.

—¿Te dijo qué papeles?

—No.

—¿Nada?

—Dijo que era mejor hablarlo en persona.

Ramiro miró a Clara.

—¿Y aun así dejó el voto?

Nora se volvió hacia él.

—No dejó ningún voto.

—Había un documento.

—Entonces alguien está mintiendo.

Una sirena se oyó a lo lejos.

Clara miró hacia la puerta del despacho.

El pisapapeles seguía junto a la mesa.

La silla seguía desplazada.

Andrés seguía en el suelo.

Y una planta más abajo, dentro de una carpeta de Ramiro, había un papel que afirmaba que aquel hombre había tomado una decisión que su sobrina acababa de negar con absoluta certeza.

Las sirenas se acercaron.

Pilar tocó el brazo de Clara.

—Baja.

—¿Qué?

—La policía va a querer entrar sin atravesar a toda la comunidad.

Tenía razón.

Clara salió al rellano.

Ya había dos vecinos asomados.

Berta estaba en el segundo tramo de la escalera.

Doña Amparo, un peldaño más abajo.

Lola aparecía detrás.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Berta.

—Volved a vuestros pisos —dijo Ramiro.

Tres personas lo ignoraron simultáneamente.

—¿Es Andrés? —preguntó Doña Amparo.

Nadie respondió.

Eso bastó.

La expresión de la anciana cambió.

No de sorpresa.

De confirmación.

—Lo sabía.

Pilar la miró.

—¿Qué sabía?

Doña Amparo señaló hacia arriba.

—Que no era normal que faltara.

Lola se quedó inmóvil.

—¿Está muerto?

Clara no pudo seguir evitando la palabra.

—Sí.

Lola se sentó en un escalón.

Berta cerró los ojos.

Doña Amparo agarró la barandilla.

Durante unos segundos nadie dijo nada.

Entonces Lola levantó la cabeza.

—¿Y cuándo?

—No lo sabemos.

—Pero estaba vivo cuando firmó la representación.

Clara la miró.

—Eso tampoco lo sabemos.

Ramiro reaccionó.

—La firmó.

Clara sostuvo su mirada.

—Hay un documento firmado.

—Es lo mismo.

—No.

Ramiro abrió la boca.

La cerró.

Los pasos de los sanitarios resonaron en el portal antes de que pudiera responder.

Después llegaron los policías.

Y veinte minutos más tarde apareció el inspector Aranda.

Subió las escaleras con el abrigo abierto y una expresión que Clara conocía demasiado bien.

No parecía sorprendido.

Eso la molestó un poco.

Aranda se detuvo al verla en el rellano del tercero.

Miró la puerta del 3º B.

Luego a Clara.

Luego a Pilar.

Luego a Ramiro.

—No.

Clara cruzó los brazos.

—Buenas noches a ti también.

—No puede ser.

—Ha pasado.

—Claro que ha pasado.

Aranda señaló el portal con una mano.

—¿No había más edificios disponibles?

Pilar levantó un dedo.

—Técnicamente, el cadáver está en un piso.

Aranda la miró.

—Gracias, Pilar.

—De nada.

Clara casi sonrió.

Casi.

Aranda dejó de bromear en cuanto vio a Nora.

Se acercó, se identificó y habló con ella en voz baja. Después entró en el piso acompañado por otro agente.

Clara se quedó fuera.

No intentó seguirlo.

Había aprendido al menos eso.

Pilar se apoyó en la pared.

—¿Crees que lo han matado?

—No lo sé.

—El pisapapeles.

—Puede haber caído.

—La silla.

—Puede haberse movido.

—El cajón.

Clara la miró.

—No hagas mi trabajo.

—No sabía que era tu trabajo.

—Precisamente.

Pasaron varios minutos.

Ramiro había bajado a buscar la documentación de la junta porque Aranda había pedido que nadie tocara nada más de lo necesario.

Cuando regresó, llevaba la carpeta con ambas manos.

Como si pesara más.

Aranda salió del piso.

—Clara.

Ella se acercó.

—¿Qué?

—Tú encontraste el cuerpo.

—Nora abrió la puerta. Yo entré con ella.

—Cuéntamelo desde el principio.

Clara lo hizo.

Sin interpretar.

Nora llegó al café.

Andrés no había asistido.

Tenía llave.

Subieron.

Llamaron.

Entraron.

Lo encontraron.

Aranda escuchó sin interrumpir.

—¿Tocaste algo?

—La puerta. El móvil. A Nora.

—¿Dentro del despacho?

—Nada.

—¿Entraste?

—No.

Él asintió.

—Bien.

Pilar se inclinó hacia Clara.

—Te ha puesto buena nota.

Aranda la oyó.

—No.

Se volvió hacia Ramiro.

—¿Qué documentación tienes?

Ramiro le entregó la carpeta.