El voto del vecino muerto Capítulo 2 — El vecino que no bajó
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Capítulo 2 — El vecino que no bajó

El vecino que no bajó

La junta terminó a las ocho y cinco.

No terminó bien.

Lola Ferrés salió de la sala anunciando que quería una copia del acta provisional, una copia de la oferta, una copia de la documentación relativa a la desafectación y, si era posible, una copia de la paciencia que Ramiro decía estar ejerciendo desde hacía cuarenta minutos.

—El acta no existe todavía —dijo Ramiro.

—Entonces cuando exista.

—Te la enviaré.

—Por correo electrónico y en papel.

—¿Por qué en papel?

—Porque el papel no desaparece.

Berta, que estaba cerrando su carpeta, levantó la cabeza.

—Eso depende mucho de quién archive.

Pilar cogió dos vasos vacíos.

—No ayudéis.

Arturo Casteira se marchó detrás de Lola, pero en dirección contraria, lo que evitó una segunda discusión en el portal.

Celia Velarte permaneció unos minutos hablando con Ramiro sobre los pasos siguientes.

Doña Amparo seguía junto a la ventana, aparentemente convencida de que levantarse antes que los demás equivalía a renunciar a algún derecho adquirido.

Clara recogía los restos del café.

No tenía una razón concreta para seguir mirando la funda transparente donde Ramiro había guardado la representación de Andrés.

Así que intentó dejar de hacerlo.

—Te estás llevando las cucharillas —dijo Pilar.

Clara miró la bandeja.

Había puesto tres bolígrafos encima.

—No son cucharillas.

—Eso es peor.

Clara devolvió los bolígrafos a la mesa.

—Estoy cansada.

—Claro.

—He trabajado todo el día.

—Claro.

—Y luego he venido a escuchar a siete adultos discutir sobre una vivienda vacía.

—Ocho.

—Arturo no cuenta.

—Díselo a Lola.

Clara levantó la bandeja.

—Voy al café.

Pilar la siguió.

—Voy contigo.

—Ya lo suponía.

Atravesaron el pequeño paso que comunicaba el portal con el Café Aurora. El local estaba cerrado, con las luces principales apagadas y solo las lámparas del mostrador encendidas. Después de una hora de junta, aquel silencio parecía casi artificial.

Migas estaba dormido sobre una silla.

Había conseguido ocuparla de una manera que sugería que todo el mobiliario del establecimiento existía exclusivamente para sostenerlo.

Pilar dejó los vasos en el fregadero.

—¿Sabes qué es lo peor de las reuniones de vecinos?

—Que existen.

—Que todos entran sabiendo exactamente lo que piensan y salen convencidos de que han escuchado argumentos.

Clara empezó a ordenar las tazas.

—Eso no es exclusivo de las reuniones de vecinos.

—No, pero aquí tenemos café.

Migas abrió un ojo.

Clara le quitó una servilleta que había quedado cerca de una pata.

—Ni se te ocurra.

El gato cerró el ojo.

Pilar se apoyó en el mostrador.

—Sigues pensando en Andrés.

—Sí.

—¿Porque no ha bajado?

—Porque no ha bajado, no ha avisado y ha dejado un documento extraordinariamente específico.

—Eso último ya lo has dicho.

—Porque sigue siendo raro.

—También es raro que Doña Amparo considere constitucional su derecho a sentarse junto a una ventana.

—No es el mismo tipo de raro.

Pilar hizo una pausa.

—¿Quieres subir?

Clara la miró.

—No.

—Has tardado demasiado.

—No voy a ir a llamar a la puerta de un hombre de sesenta y nueve años porque no haya asistido a una junta.

—Podemos llamar desde abajo.

—Ramiro ya lo ha hecho.

—Puede tener el teléfono en silencio.

—Entonces no solucionamos nada.

—Podemos subir.

—Acabas de volver a decir lo mismo.

—Porque tú sigues respondiendo a otra cosa.

Clara dejó una taza más fuerte de lo necesario sobre la encimera.

—Pilar.

—Vale.

Silencio.

Pilar esperó cinco segundos.

—Podemos—

El timbre de la entrada la interrumpió.

Ambas miraron hacia la puerta.

El cartel de cerrado estaba puesto.

Una mujer al otro lado del cristal levantó una mano.

Clara la reconoció después de un momento.

Nora Montalvo.

La sobrina de Andrés.

Había estado varias veces en el café, casi siempre de paso, con la prisa de quien visita a alguien y espera que la visita tenga principio y final claramente definidos.

Clara abrió.

—Perdona —dijo Nora—. Ya sé que está cerrado.

—No pasa nada.

Nora entró mirando hacia el portal.

—¿Ha terminado la reunión?

—Hace unos minutos.

—¿Mi tío sigue arriba?

Clara sintió que Pilar dejaba de moverse a su espalda.

—Andrés no ha bajado.

Nora frunció el ceño.

—¿No ha venido?

—No.

—Pero si llevaba dos semanas hablando de esto.

—Lo sabemos.

Nora sacó el móvil.

—He intentado llamarlo tres veces.

—Ramiro también.

—¿Y nadie ha subido?

La pregunta hizo que Clara se sintiera responsable de una decisión que no había tomado.

—No.

Nora volvió a mirar hacia la puerta del portal.

—Habíamos quedado después.

—¿Después de la junta?

—Sí. Quería hablar conmigo de unos papeles.

—¿Qué papeles?

Nora la miró.

—No lo sé.

La respuesta fue demasiado rápida para significar necesariamente algo.

Clara no insistió.

Pilar cogió las llaves del mostrador.

—Vamos.

Clara la miró.

—¿Adónde?

—Al tercero.

Nora ya estaba cruzando hacia el portal.

—Tengo llave.

Aquello cambió la situación.

No mucho.

Pero lo suficiente.

Clara dejó el paño sobre la barra.

—Voy contigo.

Pilar abrió la boca.

—Tú te quedas aquí.

—¿Por qué?

—Porque alguien tiene que vigilar el café.

Pilar miró a Migas.

—Hay personal.

—Pilar.

—Vale.

Nora ya esperaba en el rellano.

Clara la siguió escaleras arriba.

El ascensor estaba en la planta baja, pero Nora no lo llamó. Subió deprisa, con una mano en la barandilla y la otra agarrando el móvil.

En el primer piso empezó a marcar de nuevo.

En el segundo, el teléfono de Andrés sonó.

Lejos.

Amortiguado.

Arriba.

Nora se detuvo.

Clara también.

Un tono.

Dos.

Tres.

Procedía del tercero.

—Está en casa —dijo Nora.

No era exactamente una conclusión.

Pero las dos siguieron subiendo más despacio.

El tercer rellano estaba iluminado por la lámpara amarillenta de siempre. La puerta del 3º B no tenía nada distinto.

Ni abierta.

Ni dañada.

Ni extraña.

Simplemente cerrada.

Nora llamó.

—Tío.

Esperó.

Volvió a llamar, esta vez con los nudillos.

—Andrés.

El teléfono dejó de sonar dentro.

Silencio.

Nora sacó un llavero.

Clara vio tres llaves.

—¿Seguro que quieres entrar?

Nora la miró como si la pregunta llegara tarde.

—Tiene sesenta y nueve años, no contesta desde hace horas y no ha ido a una reunión que llevaba preparando quince días.

Introdujo la llave.

La cerradura giró.

—Sí.

Abrió.

El piso de Andrés olía a café frío y papel.

Clara había estado allí una sola vez, meses atrás, para devolverle un sobre que habían dejado por error en el Café Aurora. Recordaba la impresión de orden.

No limpieza.

Orden.

Cada objeto parecía haber sido colocado en un sitio que Andrés podía justificar.

La entrada seguía igual.

Un perchero.

Dos pares de zapatos.

Un paraguas.

Una pequeña consola con correspondencia apilada por tamaños.

Nora entró.

—¿Tío?

Nada.

Clara cerró la puerta detrás de ellas sin echar la llave.

—No toques nada.

Nora volvió la cabeza.

—Todavía no sabemos si pasa algo.

—Precisamente.

Avanzaron por el pasillo.

La puerta del salón estaba abierta.

Vacío.

El televisor apagado.

Sobre la mesa había un vaso de agua a medio terminar y una revista doblada.

—¿Andrés?

La voz de Clara sonó demasiado alta en aquel piso.

Nora ya estaba mirando hacia el despacho.

Se quedó quieta.

No gritó.

Eso fue peor.

Clara vio primero su espalda.

Luego la mesa.

Después a Andrés.

Estaba caído junto al escritorio, de lado, parcialmente apoyado contra una silla desplazada. Uno de sus brazos quedaba extendido sobre el suelo. No había una escena violenta, no en el sentido que Clara había aprendido a temer después de demasiados casos.

Pero tampoco había ninguna duda.

Algo pesado había caído cerca de la pata de la mesa.

Un pisapapeles de piedra.

No había sangre visible desde donde estaban.

Clara no necesitó acercarse.

—Nora.

La mujer no respondió.

—Nora, no entres.

Nora dio un paso.

Clara le sujetó el brazo.

—No.

—Tengo que—

—No.

—Es mi tío.

—Lo sé.

—Tengo que ver si—

—No lo toques.

Nora empezó a respirar más deprisa.

Clara sacó el móvil.

—Voy a llamar.

Nora negó con la cabeza.

No para impedirlo.

Como si estuviera intentando negar otra cosa.

Clara marcó emergencias.

Mientras hablaba, mantuvo la vista fija en el borde de la puerta del despacho.

No en Andrés.

En la habitación.

La silla desplazada.

Un cajón abierto.

Una hoja sobre el escritorio.

Dos carpetas.

Una taza vacía.

Todo lo demás ordenado.

Demasiado ordenado para que Clara pudiera interpretar nada.

Cuando terminó la llamada, Nora seguía en el pasillo.

—¿Está muerto?

Clara no respondió inmediatamente.

No era médica.

No quería decir algo que no podía afirmar.

—No parece estar consciente.

Nora soltó una risa seca.

—Clara.

Ella cerró los ojos un instante.

—Sí.

Nora se apoyó contra la pared.

—Joder.

Fue la única palabra.

Clara no intentó consolarla.

Algunas veces consolar era otra forma de exigir una reacción determinada.

Se quedó a su lado.

Abajo, una puerta se abrió.

Luego otra.

Los edificios tenían un oído colectivo.

No tardaban en enterarse de nada.

—Voy a bajar —dijo Clara.

Nora la miró.

—No quiero quedarme aquí sola.

—No te voy a dejar sola.

Llamó a Pilar.

Contestó al primer tono.

—¿Qué pasa?

Clara miró el despacho.

—Sube al tercero.

Silencio.

—¿Andrés?

—Sí.

—Voy.

Pilar llegó menos de un minuto después.

Subió con Ramiro detrás.

Clara no sabía si lo había llamado ella o si se había unido al movimiento por puro instinto administrativo.

Ramiro vio a Nora.

Luego la puerta abierta.

Después la cara de Clara.

—No.

Nadie respondió.

—¿Está…?

Clara asintió una vez.

Ramiro se llevó una mano a la boca.

Pilar entró en el piso y se acercó a Nora.

—Ven.

Nora no se movió.

Pilar no insistió.

Se colocó simplemente a su lado.

Ramiro dio medio paso hacia el pasillo.

—No entres —dijo Clara.

—No iba a entrar.

Era mentira.

Pero se detuvo.

—He llamado a emergencias. También vendrá la policía.

Ramiro la miró.

—¿Policía?

—Hay un hombre muerto en el suelo junto a un objeto pesado.

Ramiro miró hacia el despacho.

—Dios.

—No sabemos qué ha pasado.

—Pero…

No terminó.

Clara supo lo que estaba pensando antes de que lo dijera.

Ramiro miró hacia la escalera.

Luego otra vez hacia el piso.

—La representación.

Pilar levantó la vista.

—Ramiro.