Capítulo 1 — La junta extraordinaria #2
COMUNIDAD PORTAL 7 A la atención de Ramiro Gil
—¿Y ahora qué? —preguntó Lola.
Ramiro abrió el sobre.
Sacó una única hoja.
Clara vio cómo cambiaba su expresión.
No mucho.
Ramiro no era un hombre dado a grandes transformaciones faciales.
Pero dejó de leer como administrador y empezó a leer como vecino.
—Es de Andrés.
La sala quedó en silencio.
—¿Qué dice? —preguntó Celia.
Ramiro leyó otra vez desde el principio.
—Es una representación para esta junta.
Doña Amparo frunció el ceño.
—¿Andrés?
—Sí.
—Eso sí que no.
—Aquí está su firma.
—No digo que no esté. Digo que Andrés no representa ni su propia sombra si puede venir a discutir en persona.
Berta se inclinó.
—¿Puedo verlo?
—Un momento.
Ramiro continuó leyendo.
—Me designa como representante para el punto relativo a la antigua vivienda de portería.
Lola se cruzó de brazos.
—Conveniente.
—Y fija el sentido del voto.
Ahora sí nadie habló.
Pilar bajó la taza.
—¿A favor?
Ramiro asintió.
—A favor de aceptar la oferta revisada de Cendalva Patrimonial.
—¿La de noventa y seis? —preguntó Arturo.
Ramiro volvió a mirar el papel.
—Sí.
Clara notó algo extraño en la forma en que Ramiro sostenía la hoja.
No desconfianza.
Sorpresa.
—¿Lo pone así? —preguntó.
Ramiro levantó los ojos.
—¿Cómo?
—¿Pone noventa y seis mil?
—Sí.
Bajó de nuevo la vista.
—“Oferta revisada referencia VC-18B, por importe de noventa y seis mil euros”.
Celia apoyó las manos sobre la mesa.
—Si ha puesto la referencia, habrá visto la nueva oferta.
La explicación encajó tan rápidamente en la habitación que Clara casi pudo escuchar cómo se colocaba en su sitio.
Noventa y cinco había sido el límite de Andrés.
La oferta subía a noventa y seis.
Andrés cambiaba el voto.
No era exactamente lógico.
Pero sí era una historia.
Y las historias suficientemente buenas solían ocupar el lugar de la lógica hasta que alguien se molestaba en separarlas.
—¿Y por qué no ha bajado? —preguntó Lola.
—No lo sé —dijo Ramiro.
—¿Lo has llamado?
—Antes.
—¿Y?
—No respondió.
—Pues vuelve a llamar.
Ramiro suspiró, pero sacó el teléfono.
La llamada se prolongó.
Clara contó cuatro tonos.
Cinco.
Seis.
Nada.
—Puede haberse encontrado mal —dijo Berta.
—O haberse acostado —añadió Arturo.
Doña Amparo lo miró con desprecio.
—Andrés no se acuesta a las siete.
—No conozco sus horarios.
—Entonces no opine sobre ellos.
Celia mantuvo la voz tranquila.
—También puede haber decidido no bajar para evitar otra discusión.
Lola soltó una carcajada.
—¿Andrés Montalvo evitando una discusión?
Incluso Ramiro sonrió.
Fue la primera cosa de toda la tarde en la que parecieron estar todos de acuerdo.
—Sea como sea —dijo Ramiro—, el documento está firmado y especifica el sentido de la representación.
—¿Es válida? —preguntó Berta.
—Formalmente, sí.
—“Formalmente” es una palabra maravillosa —dijo Pilar—. Siempre significa que alguien va a enfadarse.
Ramiro la ignoró.
—Sin Montalvo no podemos avanzar. Con una representación válida, sí.
Lola golpeó la mesa con un dedo.
—Yo quiero que conste que me parece raro.
—Constará.
—Y que no hemos visto ninguna valoración independiente.
—También.
—Y que esa oferta ha llegado hace menos de una hora.
—Lola...
—Constará.
Ramiro hizo una anotación.
—Constará.
Clara volvió a mirar el escrito.
Lo tenía demasiado lejos para leerlo entero.
Pero podía distinguir el encabezado, el bloque de texto y la firma al final.
Una firma segura.
Oscura.
Nítida.
—¿Puedo? —preguntó.
Ramiro dudó.
—Cuando termine la junta.
—No quiero tocarlo. Solo verlo.
Él giró la hoja.
Clara se inclinó.
No buscaba nada concreto.
Eso era lo que le había quedado de quince años trabajando entre certificados, solicitudes, rectificaciones y personas convencidas de que un documento decía una cosa simplemente porque querían que la dijera.
Primero se miraba.
Después se interpretaba.
La representación era breve.
Nombre completo.
Documento de identidad.
Junta extraordinaria.
Punto específico del orden del día.
Ramiro Gil como representante.
Sentido favorable.
Y después aquella frase:
oferta revisada VC-18B por importe de 96.000 euros.
Clara leyó dos veces.
—Está bastante detallado —dijo.
—Andrés era bastante detallado —respondió Ramiro.
Aquello también era verdad.
Clara volvió a sentarse.
La votación siguió.
Uno a uno.
Sí.
No.
Abstención.
Representaciones.
Porcentajes.
Coeficientes.
Durante unos minutos, el edificio entero pareció reducido a nombres y números.
Pilar empezó a hacer marcas invisibles con el dedo sobre la mesa.
—No estás contando —murmuró Clara.
—Estoy intentando averiguar quién dejará de hablar con quién mañana.
—Eso es más difícil.
—Pero más estable.
Ramiro llegó finalmente a la representación de Andrés.
—Andrés Montalvo, representado por el administrador conforme al escrito incorporado al inicio de la junta: voto favorable.
Lola resopló.
Celia no reaccionó.
Doña Amparo miró una vez hacia la puerta.
Clara hizo lo mismo.
Nadie apareció.
Ramiro terminó los cálculos.
Comprobó una vez.
Luego otra.
—Con los consentimientos presentes y representados podemos aprobar el acuerdo para avanzar con la operación y los trámites posteriores.
Arturo expulsó el aire lentamente.
Lola cerró su carpeta.
—Que conste mi voto en contra.
—Consta.
—Y mis reservas.
—Constan.
—Todas.
—Todas las que has expresado.
—Bien.
—Llevamos cuarenta minutos, Lola.
—Entonces has tenido tiempo de escribirlas.
Pilar sonrió.
La reunión continuó con cuestiones menores relacionadas con la documentación posterior, pero para Clara algo había cambiado.
Miró la hora.
Siete y cuarenta y seis.
La nueva oferta había llegado a las seis y catorce.
Ramiro había encontrado el documento de Andrés en el buzón poco después de las siete.
Podía llevar allí bastante más tiempo.
Tiempo de sobra.
Claro.
Andrés podía haber recibido el correo.
Podía haber leído la oferta.
Podía haber preparado el escrito.
Podía haberlo impreso.
Firmado.
Bajado al portal.
Depositado en el buzón.
Y después regresar a su apartamento sin responder a nadie y sin asistir a una junta cuya discusión llevaba semanas preparando.
Nada de aquello era imposible.
Solo tenía una forma extraña.
Demasiado limpia.
Celia se acercó a la mesa de los cafés.
—¿Queda alguno?
—Uno solo —dijo Clara.
—Entonces es mío.
—Esa es la clase de razonamiento que provoca guerras.
—Después de esta reunión, estoy dispuesta a correr el riesgo.
Tomó el vaso.
Pilar señaló con la barbilla los papeles de Ramiro.
—Ha sido un giro bastante espectacular.
Celia miró hacia la representación.
—Andrés llevaba semanas diciendo lo de los noventa y cinco.
—También llevaba semanas pidiendo la tasación —dijo Clara.
—Sí.
Celia bebió un poco de café.
—Pero noventa y seis al menos explica que quisiera desbloquearlo.
—Puede ser.
—¿Tú no lo crees?
Clara tardó un segundo en responder.
—No sé lo que creo.
Celia sonrió.
—Eso en ti suele durar poco.
Se alejó para hablar con Arturo.
Pilar esperó hasta que quedó fuera de alcance.
—¿Qué pasa?
—Nada.
—Clara.
—No pasa nada.
—Has mirado tres veces el papel.
—Porque Andrés no ha venido.
—Eso ya lo hemos notado todos.
—Y no ha avisado.
—También.
Clara observó a Ramiro guardar la representación en una funda transparente.
—¿Tú enviarías una autorización así?
—Yo no autorizaría a Ramiro ni para elegir una mesa en una terraza.
—No me refiero a eso.
Pilar siguió su mirada.
—¿A qué?
Clara no contestó enseguida.
Ramiro cerró la carpeta.
La reunión estaba prácticamente terminada.
Las sillas habían cambiado de sitio. Había vasos vacíos, servilletas dobladas, bolígrafos abandonados y una oferta que cuarenta minutos antes no parecía suficiente y ahora acababa de salvar una operación.
En medio de todo aquello, una única hoja había hecho el trabajo de un hombre ausente.
Clara pensó en Andrés llegando siempre antes.
En Andrés corrigiendo decimales.
En Andrés exigiendo una valoración independiente.
En Andrés diciendo que por debajo de noventa y cinco mil ni hablaban.
Y en aquella representación.
No decía simplemente que votaba a favor.
No decía simplemente que Ramiro podía representarlo.
Decía exactamente qué oferta había aceptado.
Exactamente cuánto ofrecían.
Exactamente cuál era su referencia.
VC-18B.
96.000 euros.
Demasiadas respuestas para alguien que no había dado ninguna explicación.
Pilar volvió a preguntar:
—¿Qué te molesta?
Clara miró la carpeta que Ramiro acababa de cerrar.
—No sé si me molesta.
—¿Entonces?
Clara señaló apenas con la cabeza.
—Que Andrés no haya venido puede tener veinte explicaciones.
—Sí.
—Que no haya avisado también.
—Sí.
Clara recogió un vaso vacío.
—Pero ese papel parece escrito para explicar las dos cosas a la vez.
Pilar dejó de sonreír.
Al otro lado de la sala, Ramiro anunció el final de la junta.
Y en el tercero B, Andrés Montalvo seguía sin bajar.