El voto del vecino muerto Capítulo 1 — La junta extraordinaria
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El voto del vecino muerto

El voto del vecino muerto

Por Mateo Cendral

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Capítulo 1 — La junta extraordinaria

La junta extraordinaria

A las seis y cincuenta y dos de la tarde, Ramiro Gil llevaba tres minutos intentando convencer a Doña Amparo de que ninguna silla de la sala tenía rango jurídico.

—Esa está mejor situada.

—Está junto a la ventana.

—Precisamente.

—Da corriente.

—A mí no me da corriente.

—Porque usted va de un lado para otro.

Ramiro abrió la boca, la cerró y consultó los papeles que llevaba contra el pecho, como si en algún punto del orden del día pudiera haber una respuesta reglamentaria para aquello.

Clara Medina dejó la bandeja de cafés sobre una mesa auxiliar.

—Si quieres, puedo poner en el acta que Doña Amparo ocupa la silla con mejor ventilación del edificio.

—No le des ideas —dijo Ramiro.

—No necesito que me den ideas —replicó Doña Amparo, instalándose precisamente en la silla junto a la ventana—. Necesito que no me las quiten.

Pilar apareció detrás de Clara con otra bandeja.

—¿Hay sitio reservado para quienes estamos aquí únicamente por el espectáculo?

Ramiro la miró.

—Tú ni siquiera eres propietaria.

—Por eso mismo puedo ser imparcial.

—Tú no eres imparcial ni eligiendo una tostada.

—Eso es porque algunas tostadas están objetivamente mal hechas.

La junta extraordinaria todavía no había empezado y el Portal 7 ya parecía haber agotado todas sus posibilidades de convivencia para aquella tarde.

Clara regresó al Café Aurora por la puerta que comunicaba con el portal. Había cerrado al público media hora antes, aunque seguía entrando y saliendo como si todavía estuviera trabajando. Era más sencillo llevar café a una reunión de vecinos que admitir que quería saber cómo terminaba.

La antigua vivienda de portería llevaba años vacía.

Una puerta estrecha al fondo de la planta baja, pintura crema, pomo oscuro, buzón sin nombre.

Durante mucho tiempo nadie había sabido muy bien qué hacer con ella y, por tanto, el edificio había hecho lo que mejor sabía hacer con las cosas difíciles: discutirlas durante años.

Ahora había una oferta.

Noventa y dos mil euros primero.

Noventa y seis mil desde hacía menos de una hora.

La diferencia había conseguido que personas que llevaban semanas asegurando que aquello era una cuestión de principios empezaran a hacer cuentas con una calculadora.

Cuando Clara volvió a la sala, Berta Luján había colocado una carpeta sobre la mesa.

—He traído únicamente lo imprescindible.

Pilar miró la carpeta.

—Eso pesa dos kilos.

—Porque lo imprescindible tiene antecedentes.

—¿Cuántos?

—Los necesarios.

Clara ocupó una silla junto a Pilar.

—No preguntes.

—No iba a hacerlo. Tengo miedo de que me conteste.

En la cabecera, Ramiro organizó tres montones de documentos. Convocatoria. Oferta. Representaciones.

Lo hacía con una precisión que a Clara siempre le había parecido excesiva hasta que había empezado a comprobar cuántos problemas del mundo nacían porque alguien había puesto una hoja en el montón equivocado.

—Son las seis y cincuenta y seis —dijo Ramiro.

—Entonces aún tenemos cuatro minutos para impedirlo —respondió Lola Ferrés desde el otro extremo.

Lola, que vivía en el segundo A desde antes de que Clara llegara al barrio, llevaba toda la tarde con la expresión de quien había acudido a una ejecución y temía que el condenado recibiera un indulto.

—No vamos a vender la portería esta noche —aclaró Ramiro.

—Eso llevas diciéndolo desde que decidisteis venderla.

—Porque es verdad. Hoy se vota aceptar la operación y autorizar los pasos posteriores necesarios.

—Es decir, venderla.

—No.

—Pero para venderla.

Ramiro respiró.

—Sí.

—Entonces venderla.

Pilar se inclinó hacia Clara.

—Van a estar así hasta Navidad.

Clara escondió una sonrisa detrás de la taza.

Celia Velarte llegó a las seis y cincuenta y siete.

Llevaba el pelo recogido, una carpeta fina bajo el brazo y la misma expresión tranquila con la que había atravesado las últimas semanas de discusiones.

Había sido presidenta de la comunidad dos años antes y aún conservaba esa manera de entrar en una reunión como si ya supiera dónde acabarían sentándose todos.

—Perdón —dijo—. Se me ha alargado una llamada.

—Todavía no hemos empezado —respondió Ramiro.

—Entonces no llego tarde.

—Llegas tres minutos antes.

—Eso es llegar bien.

Celia saludó a Clara y Pilar con una inclinación de cabeza y se sentó a dos puestos de Doña Amparo.

Clara la conocía lo suficiente para saber que rara vez levantaba la voz. En el Portal 7, donde muchas personas confundían volumen con argumento, aquello la hacía parecer especialmente razonable.

Arturo Casteira entró detrás de ella.

No vivía en el edificio. Era propietario de uno de los locales contiguos y había solicitado asistir a la parte de la reunión relacionada con las obras y la operación, porque la regularización de aquella zona también afectaba a su propiedad.

Lola lo miró como si acabara de presentarse el comprador con una cinta métrica.

—¿Él también vota?

—No —dijo Ramiro.

—Entonces que no toque café.

Arturo miró la bandeja.

—Puedo pagarlo.

—Peor.

—Lola —dijo Clara.

—Estoy estableciendo límites.

Pilar murmuró:

—Esto sí debería figurar en el acta.

Ramiro ignoró el comentario.

A las siete menos dos, seguía faltando Andrés Montalvo.

Aquello sí era extraño.

Clara miró la puerta.

Andrés vivía en el tercero B. Tenía sesenta y nueve años, había trabajado como delineante técnico y poseía una cualidad poco frecuente en el Portal 7: era capaz de discutir durante veinte minutos sobre un número sin desviarse jamás hacia una ofensa personal.

No siempre resultaba agradable.

Pero resultaba previsible.

Y Andrés había hablado de aquella reunión prácticamente cada día durante las dos últimas semanas.

—¿Montalvo ha dicho algo? —preguntó Lola.

Ramiro consultó el móvil.

—Nada.

—Pues ya empezamos bien.

—Puede bajar en cualquier momento.

—Andrés llega antes que las sillas —dijo Doña Amparo.

Clara la miró.

—¿Antes que las sillas?

—A las reuniones. Siempre llega antes que todos y después protesta porque nadie está preparado.

—Es verdad —dijo Berta.

Ramiro volvió a mirar la hora.

—Esperamos hasta las siete.

Sobre la mesa había varias copias de la nueva oferta.

Clara tomó una.

Cendalva Patrimonial. Oferta revisada. Referencia VC-18B. 96.000 euros.

—Han subido cuatro mil —dijo Pilar.

—A las seis y cuarto —contestó Berta.

—A las seis y catorce —corrigió Ramiro.

Pilar observó a Clara.

—No hagas esa cara.

—¿Qué cara?

—La cara de que el minuto te importa.

—No me importa.

—Todavía.

Ramiro señaló la primera página.

—Sergio Alcoria envió la revisión por correo a las dieciocho catorce. Mantiene el resto de condiciones y el plazo.

Lola soltó una risa breve.

—Qué generosos.

—Es una mejora —dijo Arturo.

—Para ti todo lo que haga que se venda esto es una mejora.

—Porque el edificio necesita las obras.

—Tu local también.

—Precisamente.

—Precisamente nada.

Celia intervino antes de que Ramiro tuviera que hacerlo.

—Noventa y seis mil cambia bastante la situación.

—No cambia la tasación que no tenemos —dijo Lola.

—La tendremos.

—Después de vender.

—Antes de formalizar nada.

—Eso dices tú.

—Eso dice el proceso.

Ramiro levantó una mano.

—Por favor.

Nadie le hizo caso.

—Andrés dijo que por debajo de noventa y cinco ni hablábamos —añadió Celia.

La frase hizo que varias cabezas asintieran.

Clara la había oído antes.

Más de una vez.

Doña Amparo se incorporó en su silla.

—Lo dijo ahí mismo.

Señaló un punto de la sala como si aún pudiera verse a Andrés sentado dos semanas atrás.

—“Por debajo de noventa y cinco mil, ni hablamos”.

Imitó incluso su tono.

Berta asintió.

—Fue en la reunión informativa.

—Y luego volvió a decirlo en el portal —añadió Arturo.

Lola chasqueó la lengua.

—Dijo que por debajo de noventa y cinco no hablaba. No dijo que a noventa y seis firmaría con los ojos cerrados.

—También quería una valoración independiente —dijo Clara.

La frase salió antes de que decidiera intervenir.

Celia la miró.

—Sí. Eso también.

No había molestia en su respuesta.

Solo reconocimiento.

Ramiro reunió las hojas de la oferta.

—En cualquier caso, ahora estamos por encima del límite que él mismo mencionó.

—Un límite para sentarse a negociar —dijo Lola.

—Nadie ha dicho otra cosa.

—Lo estáis pensando todos.

—Lola...

—Yo solo digo que los muertos aún no votan y los ausentes tampoco deberían hacerlo por telepatía.

Pilar giró lentamente la cabeza hacia Clara.

—Esa frase va a envejecer mal.

Clara frunció el ceño.

—¿Por qué?

—No sé. Tiene demasiada confianza en el universo.

A las siete en punto, Ramiro cerró la puerta de la sala.

—Empezamos.

Hizo el recuento de asistentes y representaciones.

Clara dejó de escuchar durante unos segundos. Había aprendido que las juntas de vecinos poseían una primera fase ritual en la que se pronunciaban palabras necesarias que nadie recordaba después.

Miró hacia el pasillo.

Andrés seguía sin aparecer.

No era solo que faltara.

Era que no había avisado.

Andrés avisaba.

Si una empresa decía que llegaría entre ocho y doce, Andrés podía explicar durante cinco minutos por qué aquello no era una franja horaria sino una renuncia moral.

Si tenía cita médica a las diez, llegaba a las nueve y cuarenta y cinco.

Si una junta empezaba a las siete, a las seis y cincuenta ya estaba preguntando dónde estaba Ramiro.

Clara sacó el móvil.

No tenía ningún mensaje suyo.

Tampoco tenía por qué tenerlo.

Pero la ausencia empezaba a ocupar una silla más.

Ramiro se interrumpió.

—Un momento.

Se tocó el bolsillo de la chaqueta.

—¿Qué pasa? —preguntó Berta.

—El buzón.

—¿Qué buzón?

—El de la comunidad.

Miró los papeles.

—He bajado antes, pero creo que no he hecho la última revisión.

Lola dejó caer la cabeza hacia atrás.

—Ramiro.

—Es procedimiento.

—Es enfermedad.

—Puede haber documentación entregada antes de la junta.

—¿A estas horas?

—Precisamente por eso se comprueba.

Se levantó.

Pilar miró a Clara.

—Estoy empezando a comprender por qué los monasterios tenían reglas de silencio.

Ramiro salió al portal.

Tardó menos de un minuto.

Cuando regresó llevaba un sobre blanco.

—Había esto.

En el frente, escrito con letra de imprenta: