El voto del vecino muerto Epílogo — La portería sigue cerrada
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Epílogo — La portería sigue cerrada

Epílogo

La portería sigue cerrada

Tres semanas después, la antigua portería seguía cerrada.

Doña Amparo consideraba aquello una mejora.

—Por lo menos ahora nadie intenta venderla.

Ramiro levantó la cabeza de los papeles.

—Nadie ha dicho que no vaya a venderse.

—Está cerrada.

—Porque estamos esperando.

—Eso he dicho.

—No es lo mismo.

Doña Amparo bebió café.

—Para una puerta, sí.

Pilar miró a Clara.

—No intervengas.

—No pensaba hacerlo.

—Tienes cara de querer explicar la diferencia entre una decisión aplazada y una decisión abandonada.

Clara dejó una taza sobre la barra.

—No tengo esa cara.

—La tienes desde hace tres semanas.

Era una mañana tranquila en el Café Aurora.

No excepcionalmente tranquila.

Simplemente normal.

Una pareja desayunaba junto a la ventana. Un hombre leía el periódico. Al fondo, Migas intentaba introducir la mitad de su cuerpo dentro de una caja de cartón que evidentemente había sido diseñada para contener algo menos ambicioso.

La comunidad había recibido una nueva valoración de la antigua vivienda.

Esta vez nadie había discutido que debía existir antes de cualquier otra decisión.

Ramiro había enviado el documento a todos los propietarios.

Después lo había reenviado porque Lola aseguraba no haberlo recibido.

Después había dejado una copia impresa en su buzón porque Lola aseguraba que recibir y poder encontrar no eran exactamente lo mismo.

Clara sospechaba que aquello era el principio de una guerra completamente nueva.

Le parecía bien.

Las guerras normales eran mejores.

Ramiro cerró la carpeta.

—La próxima junta será el mes que viene.

Pilar lo miró.

—¿Ya existe una próxima junta?

—Claro.

—Creía que después de lo ocurrido ibais a concederos seis meses sin decisiones colectivas.

—Hay que aprobar el presupuesto.

—Entonces lo ocurrido no os ha enseñado nada.

Ramiro ignoró el comentario.

—Además, tenemos que corregir definitivamente el acta extraordinaria.

Clara lo miró.

—¿Todavía?

—La corrección está hecha.

—Entonces no entiendo.

—Está hecha, pero quiero que quede ratificada.

Pilar apoyó una mano en la barra.

—Explícame otra vez por qué no te permitimos crear un protocolo nuevo.

—No iba a crear ningún protocolo.

—Lo pensaste.

Ramiro guardó los papeles.

—Solo quiero que conste correctamente lo que ocurrió.

Clara entendía.

Antes habría pensado que era simplemente Ramiro siendo Ramiro.

Ahora sabía que había algo más.

Él no había contado mal aquella noche.

No había sumado mal.

No había aplicado mal una regla.

Había hecho exactamente lo que debía hacer ante un documento que parecía auténtico.

Y aun así había registrado como voluntad de un hombre algo que aquel hombre nunca había decidido.

Desde entonces hablaba menos de procedimientos infalibles.

No mucho menos.

Pero menos.

—¿Cómo lo has dejado? —preguntó Clara.

Ramiro la miró.

—¿Qué?

—La corrección.

Él dudó.

Después abrió otra vez la carpeta.

Pilar soltó aire.

—Error.

Ramiro sacó una hoja.

—He eliminado el voto representado de Andrés de la relación válida y añadido una nota explicativa sobre la nulidad del documento aportado.

Pilar levantó una ceja.

—Eso ha sonado muy vivo para tratarse del voto de un muerto.

Ramiro siguió:

—Y he indicado que cualquier acuerdo cuya eficacia dependiera de esa representación queda sin efecto a la espera de una nueva decisión de la comunidad.

Clara asintió.

—Está bien.

Ramiro pareció satisfecho.

—También pensé incluir—

Pilar levantó un dedo.

—No.

—No sabes qué iba a decir.

—No importa.

—Era una referencia—

—Ramiro.

Él cerró la carpeta.

—Bien.

Doña Amparo, desde la ventana, dijo:

—Yo habría puesto que Andrés no votó.

Ramiro la miró.

—Eso no es lenguaje de acta.

—Pero es verdad.

Clara sonrió.

—También.

Ramiro guardó la carpeta sin responder.

La campanilla de la puerta sonó.

Nora Montalvo entró.

Clara no la había visto desde el funeral.

Parecía distinta.

No mejor.

Más ligera quizá.

Como si el cansancio hubiera dejado de tener que sostener además una investigación policial.

—Hola.

Clara salió de detrás del mostrador.

—Hola.

Pilar levantó una mano.

—Café.

Nora sonrió.

—Sí.

—Eso es progreso.

Clara preparó uno.

Nora se sentó en el extremo de la barra.

Llevaba una pequeña bolsa de papel.

La dejó delante.

—He venido por una cosa.

Clara miró la bolsa.

—¿Qué?

—Estoy vaciando algunas cosas del piso de mi tío.

Pausa.

—Despacio.

—Claro.

—Hay mucho que no sé qué hacer con ello.

—No tienes que decidirlo ahora.

—Ya.

Nora abrió la bolsa.

Sacó un portaminas.

Viejo.

Metálico.

Con pequeñas marcas de uso cerca de la punta.

Clara lo reconoció.

No porque lo hubiera visto muchas veces.

Porque parecía exactamente el tipo de objeto que Andrés habría conservado durante treinta años y considerado perfectamente funcional.

—Era suyo —dijo Nora.

Clara lo cogió.

—Lo imagino.

—Lo usaba para todo.

Pilar se acercó.

—¿Todo qué?

—Planos. Cuentas. Listas.

—Quejas —añadió Doña Amparo.

Nora sonrió.

—También.

Clara giró el portaminas entre los dedos.

Pesaba más de lo esperado.

—¿Por qué me lo das?

Nora se encogió de hombros.

—Porque no quiero guardarlo.

Clara bajó la vista.

Nora se apresuró:

—No por nada malo.

—No tienes que explicar.

—Es que si empiezo a guardar cada objeto porque era suyo, acabaré viviendo dentro de un museo de Andrés Montalvo.

Pilar miró a Doña Amparo.

—Sería un museo con muchas normas.

—Y buenos horarios —dijo la anciana.

Nora se rio.

Esta vez sin culpa visible.

—Eso.

Miró el portaminas.

—Pero tampoco quería tirarlo.

Clara entendió.

—Entonces lo guardaré.

—¿Seguro?

—Sí.

—No como una reliquia.

—No hago reliquias.

Pilar levantó una ceja.

—Eso es discutible.

Clara abrió un cajón bajo la barra.

Dentro había tijeras, cinta adhesiva, un destornillador pequeño, dos bolígrafos, pilas, una libreta y varias cosas cuya utilidad no recordaba.

Colocó el portaminas entre ellas.

Nora lo vio desaparecer.

—Perfecto.

—Aquí tendrá trabajo.

—Eso le habría gustado.

Clara cerró el cajón.

No sintió que hubiera guardado un recuerdo.

Había guardado una herramienta.

Le pareció mejor.

Aranda llegó veinte minutos después.

No llevaba carpeta.

Aquello fue lo primero que Clara notó.

Lo segundo fue que se sentó.

—Buenos días.

—Buenos días —respondió Clara.

Preparó el café.

—¿No preguntas?

Aranda la miró.

—¿Qué?

—Por qué estoy aquí.

Clara dejó la taza.

—Has venido a tomar café.

—Exacto.

—Entonces no hay nada que preguntar.

Pilar se acercó.

—Esto es decepcionante.

Aranda bebió.

—¿Qué?

—Antes siempre preguntabas por qué Clara estaba metida en todo.

—Ya no.

Clara lo miró.

—Es verdad.

Aranda siguió bebiendo.

—¿Por qué?

Él dejó la taza.

—Porque intento ahorrar preguntas cuya respuesta ya conozco.

Pilar sonrió.

—Eso ha sido casi cariñoso.

—No.

—Ha sido.

—No.

Clara se apoyó en la barra.

—¿Y cuál es la respuesta?

Aranda la miró.

—Que vas a meterte igualmente.

—Eso no es justo.

—Es exacto.

—No es lo mismo.

—Hoy sí.

Pilar señaló al inspector.

—Ramiro también te está afectando.

Aranda ignoró el comentario.

Nora terminó su café.

—¿Ya está todo?

Aranda entendió la pregunta.

—La parte principal, sí.

—¿Celia?

—El procedimiento seguirá.

Nora asintió.

No pidió detalles.

Clara agradeció que Aranda tampoco se los ofreciera.

Había momentos en que saber cada paso no ayudaba.

Nora dejó unas monedas.

—Invita la casa —dijo Clara.

—No.

—Nora.

—Mi tío odiaba que alguien no cobrara lo que correspondía.

Clara la miró.

—Eso sí es verdad.

Nora sonrió.

Dejó las monedas.

Se despidió y salió.

Doña Amparo esperó a que la puerta se cerrara.

—Ha dejado demasiado.

Clara contó.

—Veinte céntimos.

—Demasiado.

—Lo guardaré para la próxima.

—Eso sí.

Ramiro se levantó.

—Tengo que irme.

Pilar miró la carpeta.

—¿A administrar?

—Sí.

—Qué vida.

—Alguien tiene que hacerlo.

—Eso nunca ha sido una defensa convincente.

Ramiro se marchó.

Doña Amparo volvió a su crucigrama.

Aranda pidió otro café.

Clara lo miró.

—¿Dos?

—Hoy sí.

—Eso puede convertirse en costumbre.

—No amenaces.

Pilar recogió una taza.

—¿Sabéis qué me preocupa?

Clara y Aranda la miraron.

—Que después de todo esto la comunidad vuelva a vender la portería.

—Puede hacerlo —dijo Clara.

—Ya.

—Con otra oferta.

—Sí.

—Con otra junta.

—Sí.

—Con otra representación.

Ramiro reapareció en la puerta.

—No.

Los tres lo miraron.

—¿No te habías ido? —preguntó Pilar.

—He olvidado las llaves.

Las cogió de una mesa.

—Y no. Representaciones, sí. Pero correctamente verificadas.

Pilar sonrió.

—Sabía que había un protocolo intentando salir.

—No es un protocolo.

—Adiós, Ramiro.

Él se marchó.

Esta vez de verdad.

Clara miró hacia el pasillo.

La puerta de la portería seguía cerrada.

La pintura crema estaba algo descascarillada en la parte inferior.

Nunca lo había notado.

O quizá sí.

Solo que antes aquello no importaba.

—¿Qué harán con ella? —preguntó Aranda.

—No lo sé.

—¿Tú no tienes una teoría?

—No.

Pilar dejó una caja de cartón en el suelo.

—Yo sí.

Migas apareció inmediatamente.

Metió primero la cabeza.

Después una pata.

Luego el resto.

La caja cedió un poco hacia un lado.

Pilar señaló.

—Alquilarla.

Clara la miró.

—¿A quién?

—A él.

Migas giró dentro de la caja hasta encontrar una posición aparentemente imposible.

Aranda observó.

—No parece solvente.

—Pero ocupa poco.

—Eso es discutible —dijo Clara.

Pilar miró la etiqueta de la caja.

—Era para guardar la documentación de la nueva valoración.

Clara se volvió.

—¿Y la has dejado en el suelo?

—Temporalmente.

—Con Migas.

—No sabía que iba a entrar.

Clara miró al gato.

—Sí lo sabías.

Pilar sonrió.

Migas apoyó la cabeza sobre el borde.

Doña Amparo levantó los ojos del crucigrama.

—Al menos esa caja tiene un ocupante vivo.

Nadie respondió durante un segundo.

Después Pilar empezó a reír.

Aranda también.

Incluso Clara.

No era una gran carcajada.

No necesitaba serlo.

El café siguió funcionando.

Entraron dos clientes.

Una cafetera silbó.

Alguien pidió una tostada.

Migas se durmió.

Afuera, el Portal 7 continuaba exactamente donde siempre.

Personas subiendo.

Personas bajando.

Correspondencia en los buzones.

Puertas cerradas.

Pequeñas decisiones convertidas en grandes discusiones.

Clara miró una última vez hacia la antigua portería.

Pensó en Andrés.

En su portaminas dentro del cajón.

En la representación de 2024.

En aquella otra hoja que había conseguido hablar en su nombre después de muerto.

Durante días todos habían mirado firmas, cifras, fechas y actas intentando encontrar la verdad dentro de ellas.

Pero los documentos no querían nada.

Las personas sí.

Una firma podía copiarse.

Una frase podía inventarse.

Un voto podía caber perfectamente en una línea de un acta.

La voluntad de alguien, no.