El volcán que nos silenció (Flor del Zaire 3) 31
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Aeropuerto de Kinshasa

—¿Estás contenta? —le preguntó tras acomodarse en sus asientos de primera clase.

Ella asintió con una sonrisa franca.

—Estoy muy contenta. ¿Y tú?

Él también sonrió.

—No te lo he dicho hasta ahora, pero tengo muchas ganas de estas vacaciones.

—Acarició la cabeza de su hijo, que dormía plácidamente en los brazos de su mujer.

Habían decidido volar por la noche para que Jacques apenas notase el viaje—.

Ha sido muy divertido organizarlas contigo —dijo él—.

Estos días en Kinshasa, es como si las hubiésemos empezado hace una semana, desde que salimos de Lombe para solicitar los nuevos pasaportes de la República.

—Es que el hotel que elegiste era de lo más romántico. André y Nocólas se han portado como unos auténticos tíos. Gracias a ellos hemos tenido tiempo para nosotros. Han sido cinco días fantásticos. —Sonrió al recordar algo—. Además, la bañera era mucho más cómoda que la de casa.

Ambos rieron, evocando aquella escena.

—Mmm... Zaireña , tenemos que buscar un hotel con una bañera igual o más grande.

—Estamos hablando de esto y ya estoy deseando llegar a París—le susurró—.

Porque usamos el diafragma, que, si no, de esta me dejas embarazada otra vez.

—Él rio a carcajadas—. Allí vamos a disponer de más tiempo para nosotros.

Mis padrinos nos esperan y, si han ido hasta Francia por nosotros.

.. —Miró a Jacques—. ¿Sabes lo que eso significa?

—Sí. Que tenemos que conseguir una habitación con jacuzzi. —Volvieron a reír, procurando no despertar al niño—. ¿Sabes qué me gustaría hacerte ahora? —le susurró al oído.

—Ni se te ocurra decirlo. —Le puso un dedo en la boca, que él mordisqueó juguetón. Ella notaba cómo todo su cuerpo vibraba—. Sé que el lavabo del avión es tentador, pero no podemos dejar solo a Jacques.

— Zaireña , también me parece muy tentador, pero no me refería a eso —dijo, notando cómo ella se sonrojaba—. Lo que me apetece ahora es abrazarte y darte las gracias por convencerme de este viaje. No sabía lo bien que me iba a sentar. Y aún no hemos empezado.

La besó.

—Entonces, lo del lavabo, ¿lo has descartado?

—Si la azafata se queda con Jacques, cuenta conmigo. —La vio venir por el pasillo—. ¿Le preguntamos?

—Jerome, ni se te ocurra. ¿Qué dice eso de nosotros como padres?

—Que, además de ser responsables, somos un hombre y una mujer que disfrutan mucho el uno del otro.

Camila, conociéndolo, lo besó en cuanto la azafata se acercó.

La mujer carraspeó.

—¿Es usted el comandante Ngona?

—Excomandante Ngona —respondió, algo molesto por la interrupción.

—¿Podría acompañarme?

—¿Ocurre algo?

—El comandante del avión quiere hablar con usted.

Jerome vio a un hombre uniformado al final del pasillo, junto a las cortinas rojas.

—Está bien. —Se levantó.

—Pero...

— Zaireña , tranquila. Vengo ahora.

Le acarició el cabello y la besó para calmarla. Camila observó cómo se alejaban tras las cortinas y comenzó a inquietarse. Había volado muchas veces, y aquello no era normal.

Vio a las azafatas murmurando entre ellas mientras la miraban. Se levantó con Jacques en brazos. Descorrió las cortinas y el mundo se le vino abajo.

Dos policías militares hablaban con el piloto y su marido.

—Lo sentimos, comandante, pero tiene que acompañarnos —dijo uno de ellos, entregándole un documento.

Jerome lo leyó, y Camila notó cómo su rostro se tornaba pálido.

—Esto es un error —protestó.

—No, no lo es. Tiene que acompañarnos.

Camila agarró el papel, y el corazón se le detuvo al leerlo. Su marido estaba en busca y captura por el gobierno de la República Democrática del Congo.

—De acuerdo. Los acompañamos —dijo ella con decisión.

—No. Tú te vas a París con tus padrinos.

—¿Cómo dices?

—No, Zaireña . Tú te quedas en este avión. Ahora sí quiero que te vayas del país y no vuelvas. Soy un criminal para este gobierno. Necesito saber que tú y Jacques estáis a salvo.

—Jerome Ngona, te dije que, si volvías a desaparecer, te buscaría y te traería de vuelta a rastras. Me da igual lo que digas. Nos vamos contigo.

—Piensa en Jacques.

—Ni se te ocurra usarlo como excusa. Nuestro hijo te necesita. No os pienso separar otra vez. Nos bajamos juntos. Recuerda, te elijo a ti.

—Mira que eres terca. —La besó con fuerza—. Nos vamos —les dijo a los hombres—, pero pido dos cosas: que traten bien a mi mujer y a mi hijo, y que no me pongan las esposas. Colaboraré sin resistencia.

Jerome tomó a Jacques en brazos, Camila recogió sus bolsos, y bajaron del avión, rodeados de murmullos. El llanto del niño los acompañaba, como si presintiera lo que ocurría.

Un todoterreno militar los esperaba al final de la escalerilla. Subieron a él, se tomaron de las manos y se dejaron llevar a donde el destino decidiera. Ninguno de los dos tenía ya el control de lo que estaba ocurriendo.

El vehículo se detuvo frente al cuartel general de la FARDC. Los soldados los guiaron a un despacho que ambos conocían.

Sabían que dentro había una preciosa mesa de madera noble.

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