30
Unos días atrás.
Las náuseas y la angustia que había sentido estas semanas atrás se alojaron en mi estómago. Era como si me hubieran dado un puñetazo. Me quedé sin respiración cuando descubrí lo que le habían hecho a Estel.
Salí de la sala de curas con la excusa de ir a buscar al médico. Necesitaba tomar aire. Notaba que una crisis asmática se avecinaba, y no me la podía permitir, tenía que ayudarla.
Encontré a Conrad a punto de salir a hacer la ronda. Le expliqué la situación, y me acompañó. Antes de entrar a la sala de curas, a través de la ventana que da a la calle, reconocí a su marido. Estaba fuera, esperando por ella.
Noté cómo algo brotaba de mi interior. Cómo dejé de ser yo misma para ser otra mujer. La reconocí. Era la mujer salvaje de la que hablaba Lucréce. Nunca antes la había experimentado así.
Salí corriendo por el pasillo, estaba angustiada y furiosa.
Atravesé las puertas del hospital y vi que mi camioneta tenía abierta la puerta del copiloto.
Estaban cargando los paneles solares. Abrí la guantera, saqué el arma y la guardé en la cinturilla de mi pantalón.
En cuanto lo tuve frente a mí, me abalancé sobre él.
El hombre que era bastante grande y alto, y que no me esperaba, perdió el equilibrio y cayó al suelo. No sabía que tuviera tanta fuerza.
—¡Tú! —le grité—. ¡No eres más que un hijo de puta! —Me tiré a horcajadas sobre él y comencé a golpearle la cara, el pecho, su abdomen—. ¡Eres un malnacido, un cabrón! ¡Mereces morir, mereces que te mate!
Noté cómo alguien trataba de separarme de él, pero seguía aferrada a su cintura.
El hombre trataba de zafarse de mí, pero no podía.
Me había sujetado bien con mis piernas. Parecía una sanguijuela bien adherida a él.
No podía ver más allá de aquel desalmado que le había quitado a su mujer algo tan preciado como era su sexualidad.
—¡Te voy a quitar la polla a ver qué tal te sienta!
Tomé mi arma, me separé de él y le apunté a sus genitales. El hombre me miró con terror.
Unos brazos fuertes y firmes me sujetaron y me quitaron el arma. Me alejaron de él, aunque yo seguía golpeando al aire con mis piernas.
—¡Si supieras que es a tu marido al que se está follando no te importaría tanto! —me increpó en cuanto se vio libre de mí.
—¡¿De qué estás hablando?! —No entendía a qué se refería.
—¡Estos días, tu marido la ha estado llevando hasta mi casa! ¡Le da leche de sus vacas, le ha dado bolsas de patatas, de café, de mangos de su cosecha, para nuestra familia! ¡¿Cómo te crees que consigue esos favores?! ¡Follándoselo!
No me podía creer que por ser amable con Estel la hubiera llevado a aquella situación.
—¡Tú eres idiota! — Me zafé de mi captor y me acerqué a él para golpearlo de nuevo.
Ya no tenía el arma. Me frenaron antes de poder llegar a él—.
¡La que le ha estado llevando a tu casa con la camioneta de mi marido he sido yo!
¡La que le ha dado leche para tus hijos he sido yo!
¡La que le ha regalado bolsas de papas, café y mango para tu familia he sido yo!
¡Mi marido lleva fuera del pueblo hace más de tres semanas!
— La cara del hombre se desencajó al darse cuenta de que el motivo por el que había hecho lo que había hecho era erróneo—.
¡No eres más que un hijo de puta celoso e inseguro que acaba de dañar a una mujer encantadora porque eres una mierda!
¡Eres incapaz de pensar que alguien pueda ser amable con tu esposa sin querer follársela!
—Yo... yo pensé... —El hombre se quedó pensativo y en su rostro se dibujó el terror—. La niña... mi hija está con mi madre.
—¡No me digas que tienes pensado hacerle lo mismo a tu hija! ¡Serás hijo de puta!
Marion, al verme perder los papeles, imaginó que algo grave había ocurrido.
—Vamos, maldito hijo de puta. —Marion le agarró del brazo con fuerza—. Vamos a tu casa a poner a tu hija a salvo.
Entonces me di cuenta de que no estábamos solos. Se había hecho un corrillo de curiosos a nuestro alrededor. Marion era la que había estado a mi lado en todo momento. Bastien era el que me había sujetado, evitando que cometiese una tontería.
Ella llegó con la pequeña, veinte minutos después. Estaba bien, no la había tocado. Pero a Estel solo pudimos frenarle la hemorragia. No pudimos hacer más. Estaba destrozada.
En este momento.
—Te aseguro que, si no me llegan a frenar, le habría dejado sin genitales —le reconoció a Jerome mientras apartaba el plato de ensalada que tenía delante para cenar—.
¿Cómo te iba a contar lo ocurrido? Hasta a mí me avergüenza mi comportamiento.
Me recordó a cuando comencé a golpearte la noche que estuvimos juntos en casa de Lucréce.
—Jerome lo recordaba muy bien. Estuvo días con el pecho dolorido—.
Perdí el control. Las dos veces lo perdí de una forma que me asusta.
—Se quedó en silencio—. Por eso necesito irme de aquí.
Necesito dejar de sentirme asustada por lo de fuera y por mí misma.
Es como si dentro de mí hubiera una parte salvaje y primitiva que está queriendo despertar.
Como despierte, sería capaz de cortar la cabeza a cualquiera que se interponga en mi camino. Es una locura.
Jerome la miraba sin poder creerse que su dulce mujer, que odiaba las armas, hubiera estado a punto de disparar a un hombre.
La culpa le asfixiaba el corazón.
—Lo siento. Siento no haber estado aquí contigo. No debería haberme ido. Debería haberme quedado cuidando de ti y de Jacques.
Camila lo miró con ternura. Se levantó de la silla del comedor, donde estaba sentada, y se acomodó sobre sus rodillas.
—¿Cómo ibas a estar si te retuvieron sin tu consentimiento? No te culpes por eso.
— Zaireña , estuve retenido solo unos días. Después decidí irme a Ruanda. Estuve fuera dos semanas.
—Sí, para ayudar a André a encontrar a su hermano.
—No, no fui a ayudar a André. Fui por mí. —La miró con atención—. Salí huyendo de nuestro matrimonio —dijo con pesar—. No podía soportar lo que la muerte de Sophie nos estaba haciendo.
Camila notó una punzada de dolor en su corazón. ¡Cuánto daño le había hecho!
—Jerome, tú lo dijiste, cada uno hizo lo que pudo en esta situación. Tú estuviste conmigo en todo momento, hasta que yo te aparté. Nunca me dejaste. Fui yo la que te pidió espacio y tú lo respetaste.
—Pero hui de ti. En cuanto me liberaron, podía haber vuelto contigo, pero no lo hice, no te elegí.
¿Acaso no era eso lo que le decía siempre, que siempre la elegiría a ella primero?
Sentía que había faltado a su promesa.
—Es cierto, no me elegiste. Pero estuviste hasta donde yo te permití.
Después te alejé de mí. Entiendo que te protegieras del daño que estaba haciendo.
—Él asintió—. Este tiempo alejados, nos ha ayudado a resolver esta situación.
Cada uno necesitaba estar con su propio dolor, habitarlo, para poder compartirlo después con el otro.
De la otra forma no estaba funcionando —añadió—.
Nos hacíamos más daño. Tú me pedías que estuviera para ti, y yo solo conseguía enfadarme.
Me sentía frustrada, una mala esposa. Quería darte lo que me pedías, pero no podía.
Ahora lo sé. Te quiero, Jerome. —Le acarició el rostro—.
Esto me ha enseñado que, si no me atiendo, me pierdo.
Sucumbo a la oscuridad. Si dejo de verme, también dejo de verte a ti.
—Lo miró con una mezcla de fuerza y dulzura—.
¿Y sabes qué? Que quiero seguir viéndote.
Quiero seguir amándote. Me encanta mi marido y quiero seguir eligiéndote todos los días de mi vida.
Como te prometí, ante Dios, el día de nuestra boda.
Pero si me olvido de mí, todo se pierde.
Por eso entiendo que tú también decidieras estar un tiempo alejado de mí. Ahora estás aquí, conmigo.
Él tomó su rostro con las manos y la besó. La culpa que sentía desapareció al escuchar aquellas palabras y ante aquel cariñoso beso.
—Me siento tan afortunado de tenerte. Le doy gracias a Dios, todos los días.
Te quiero. —Frunció el ceño y los labios—.
Y sí, mi respuesta a lo que me propusiste anoche es que sí.
—¿Cómo le iba a decir que no, cuando ella lo necesitaba?
—. Nos vamos del país. —Ella lo miró con cara de asombro, no esperaba que fuese a darle una respuesta tan pronto y que fuera un sí—.
Pero no nos vamos a ir de forma indefinida.
Nos iremos de vacaciones. Tres meses. Hasta que tomemos distancia de todo lo que nos ha pasado.
Solo nos iremos a vivir a Europa de forma indefinida si vuelve a haber guerra en el país.
—¿Me hablas en serio? —No se lo podía creer. Lo besó en los labios, feliz y aliviada al saber que, por un tiempo, estarían alejados de todo aquello—. ¿Y por qué no nos vamos seis meses? —Tres meses le parecían poco.
— Zaireña , no tientes a la suerte. Hasta que no escuché lo que me acabas de contar, mi respuesta a marcharnos era un no rotundo.
—Lo miró sorprendida, así que acababa de cambiar de opinión—.
Entiendo que tú necesitas marcharte. Yo no lo necesito.
No quiero irme. —Se quedó en silencio por un momento y le acarició el cabello—.
Pero hay algo que sí necesito, y es que tú estés bien.
—Camila sintió cómo su corazón se expandía aún más ante el amor que recibía de él—.
Quiero ser un turista en Europa, y no un inmigrante negro y africano que se está buscando la vida para mantener a su familia.
—Le dolió oír aquello. No era justo para su marido, pero sabía que así sería—. No pienso vivir de ti.
—De acuerdo. Nos iremos tres meses. Gracias. —Sabía que lo estaba haciendo por ella—. Te amo, Jerome Ngona.
Solo podía sentir amor por el hombre que tenía ante sí.
—Yo también te amo.
Se besaron con mucho amor y la cena quedó sin terminar sobre la mesa del comedor.
Esa noche era otro tipo de hambre el que necesitaban saciar.