El volcán que nos silenció (Flor del Zaire 3) 29
94%

29

Se despertó, la buscó en la cama, pero estaba vacía. Abrió los ojos y comprobó que estaba solo en el dormitorio. Miró la cuna con las sábanas revueltas y se sintió feliz. Puede que ahora estuviera solo en la habitación, pero sabía que estaban en casa. Ella había vuelto a él y, con ella, su hijo.

Recordó la noche que habían tenido juntos. Se sintió afortunado. Así quería vivir su vida. Con ella, con su hijo, en su casa y trabajando en sus tierras. No quería más. Con eso era suficiente.

Resopló.

Pero ella le estaba pidiendo que renunciase a todo eso. Quería irse a Europa.

Tenía que reconocer que escuchar aquello le cayó como un jarro de agua fría. Jamás imaginó que Camila quisiese volver a Europa. Pensaba que era feliz en la República Democrática del Congo.

Se equivocaba.

Su mujer, al querer marcharse, le estaba pidiendo que renunciase a su familia, a sus amigos, a lo que estaban creando juntos.

Le estaba pidiendo que renunciase a su país.

País por el que luchó para liberarlo de una dictadura.

El Congo era su casa. Su hogar. Era el país donde se había criado.

Donde tenía sus recuerdos de infancia. Donde estaban sus padres, hermanos e hija enterrados.

Donde había creado la vida que quería y le gustaba.

No se veía en ningún otro lugar del mundo.

Volvió a resoplar.

Si se marchaban, ¿qué pasaría con sus tierras, con su casa y con todo lo que dejaban atrás? Ya había estado alejado de su familia y amigos durante mucho tiempo. No quería más de eso.

Además, conocía muy bien a los europeos.

De niño estudió allí. Para ellos no sería más que un inmigrante africano y negro.

Tendría que estar demostrando en cada momento lo que valía y lo bueno que era en lo que hacía.

Para algunos ni siquiera sería suficiente.

No le darían la oportunidad por el simple hecho de ser negro.

Si se iban a España, tendría la barrera idiomática.

Lo único que sabía decir en español era « Zaireña » y «Te quiero».

Y si se iban a París... Conocía el idioma.

Podría volver a contactar con antiguos compañeros del colegio y de la universidad, pero no era eso lo que quería para él, ni para su pequeña familia de tres.

Entendía que Camila estaba asustada. Él no estaba cuando todo eso pasó, pero ahora ya estaba en casa. No pensaba marcharse. Se encargaría de protegerlos y de cuidarlos.

Si ocurría una guerra, ya verían lo que harían. No se adelantaría a los acontecimientos. Su respuesta a lo que ella le pedía era un no.

Suspiró.

Ahora tendría que hablarlo con ella. No le apetecía. Lo último que quería era otro alejamiento como el que habían tenido. Había sido muy duro ver a la mujer que amaba, a su lado, y a la vez tan lejos.

Oyó cómo abrían la puerta de casa y la escuchó hablar con alguien.

Tenían visita. Estaba desnudo y tocaba vestirse.

Se levantó, abrió el cajón de la mesilla de noche donde guardaba su ropa interior y se topó con su arma.

Se extrañó. Ese no era su sitio. Camila insistía en que estuviera alejada de Jacques.

La guardaba en lo alto del armario. Recordó el arma que le había visto ayer en la cinturilla del pantalón cuando se reencontraron.

Se dirigió a la mesilla de noche de ella y abrió el cajón.

Allí estaba. Al lado de donde su hijo dormía.

Tragó con dificultad. No le quedaba ninguna duda. Su mujer había estado asustada.

«Ahora estás aquí, serás tú el que los protejas», se dijo.

No iba a dejar que les pasase nada. Se lo tenía que hacer saber. Tomó las dos armas y las guardó en lo alto del armario. Se vistió con una camiseta blanca y unos pantalones verdes caqui para ir al trabajo.

En cuanto salió de la habitación, le llegó el aroma a café.

Le gustó poder tomar una taza de sus cafetales.

Lo había echado de menos. Vio a Camila sentada en la mesa del salón charlando animadamente con Bastien.

El hombre sujetaba a su hijo sobre las piernas, y no le gustó.

Se le veía relajado y tranquilo, como si estar allí fuera lo más natural para él.

Camila se levantó en busca de azúcar para el café, y con solo una mirada de Bastien a su mujer, supo qué era lo que no le gustaba.

—Buenos días.

—Buenos días —dijo Camila con una sonrisa que lo reconfortó—. ¿Café?

—Comandante —exclamó el hombre con sorpresa, mientras Jerome aceptaba ese café con un asentimiento de cabeza—. No sabía que habías llegado.

La tensión que se generó entre los dos hombres se podía palpar en el ambiente. Jacques, al verlo, quiso soltarse de sus brazos, y Bastien se vio obligado a dejarlo en el suelo.

—Ay, perdona. Se me olvidó decirte que Jerome había vuelto. Con el notición que me diste, me despisté.

Jerome se acercó a donde ella estaba y la besó. Sabía que, tras aquel beso, el rostro de su mujer estaría sonrojado. La había besado como si no hubiera visita en casa. Pero necesitaba que aquel hombre entendiese que el intruso allí era él.

Jacques se acercó a su padre y quiso que lo sujetase. Él, gustoso, lo tomó en brazos y miró al hombre con atención. Esa era su familia y su casa. Por un momento, se sintió como Makasi y marcó su territorio.

Bastien tragó con dificultad y evitó carraspear por la incomodidad que sentía. En ningún momento apartó la vista de los ojos azules del comandante. No era de los que se dejaban amedrentar.

—¿Y qué notición es ese? —preguntó Jerome con curiosidad.

—Bastien ha descubierto por qué Alemán lleva escapándose de casa todos estos días. —Le entregó una taza de café—. Solo como a ti te gusta.

Camila se sentó en la mesa del comedor con el rostro azorado aún por el beso que le acababa de dar.

—Gracias, Zaireña .

Se sentó a su lado y enfrente del hombre.

—Acaba de ser papá de dos preciosos perritos. Acabamos de venir de visitarlos. Bastien tiene a la mamá y los cachorros en sus tierras. Se los encontró esta mañana. Tendrán quince días. ¿No es fantástico?

—Pues sí —dijo, mirando al pastor alemán que estaba tumbado en el suelo, sobre su cojín, al lado de él—. ¿Y sabemos quién es la mamá?

—Es una perra que tenía en mis tierras —comentó el hombre de forma seca—. Pensé que se había perdido en la selva hace un par de meses. Pero se había escapado para estar con vuestro perro.

—Así que somos consuegros perrunos. Interesante.

A Camila le hizo gracia el comentario y rio, pero se hizo un silencio incómodo en la mesa.

Jerome bebió de su taza mientras seguía mirando al hombre, y Bastien, que mantuvo la mirada, bebió también de su taza de café.

—Bueno —dijo Camila, tratando de romper el mutismo que había en la habitación sin entender a qué venía—.

Ahora que estáis los dos aquí, ¿por qué no aprovecháis para que Bastien te cuente lo que ha hecho en las tierras y os ponéis al día?

Además, así habláis de negocios y de sus honorarios por habernos ayudado.

—Apuró su café. Se sentía bastante incómoda con la actitud de los dos—.

Yo aprovecharé para que Alemán vea a sus cachorros.

—Se levantó de la mesa y le dio un beso rápido a su marido.

No quería que la fuese a tomar por sorpresa de nuevo—.

Jacques, vamos a ver a los perritos. —La cara de su hijo se iluminó.

Se había vuelto loco al verlos. Se soltó de los brazos de su padre, se bajó de sus rodillas y se fue con ella sin poner ninguna objeción—.

Alemán, ¿quieres ver a tus cachorros? —Le pareció que el animal la entendía, porque se levantó de su cojín y comenzó a mover el rabo—.

Me parece que sí. Venga, vente conmigo. Te pongo la correa y nos vamos.

—Buscó la cuerda que había dejado en el perchero de la entrada de la casa y la vio mordisqueada—.

¿Me quieres decir cómo puede estar así si aún no la has estrenado?

Sé que no te gusta. Cuando dejes de escaparte dejaré de usarla.

—Se agachó para engancharle la correa al cuello y, cuando se incorporó para despedirse de ellos, se sintió observada por los dos, que la miraban con una sonrisa—.

Bueno —Volvió a sentir esa incomodidad—, nos vemos en un rato.

—Nos vemos ahora, Zaireña .

—Hasta ahora, Camila.

Cerró la puerta con Jacques agarrado de la mano y con el perro sujeto por su correa, y entonces, Jerome habló.

—Gracias por encargarte de mis tierras mientras yo no estaba. Por lo que Camila me ha contado, gracias a ti se ha podido salvar la cosecha.

—Sí, así ha sido. Gracias a mí, tu cosecha no se ha ido al carajo. —El hombre hizo una pausa mientras bebía su café—. No entiendo que alguien se vaya y no deje las instrucciones a sus jornaleros de lo que tienen que hacer.

—Ya. Son cosas que ocurren y se escapan a nuestro control —dijo con la templanza de quien no quería dar explicaciones.

—Y tampoco entiendo que alguien se marche y deje a su mujer y a su hijo solos. Tal y como están las cosas en el país, no es responsable —dijo, enfadado con él por haberla dejado sola.

Y la culpa que había tenido escondida apareció cual torbellino sobre él. Lo encontró desprevenido.

—Bastien, eso es algo que solo nos concierne a Camila y a mí. No es asunto tuyo.

—Sí lo es cuando veo a una mujer asustada, preocupada y que necesita mi ayuda. Yo no habría dejado a mi familia sola.

—Te lo vuelvo a decir. No es asunto tuyo. Sigamos con los negocios —dijo con determinación y firmeza.

El hombre carraspeó, incómodo por la respuesta recibida.

—Estos días que no estuviste —se encargó de recordárselo—, recogimos las papas, una parte de los cafetales y mangos. Hace cuatro días estuve en el mercado de Ipeke y vendí todo lo recolectado, excepto lo que Camila quería repartir entre tus jornaleros. Le di todo el dinero que saqué a ella.

—Lo sé, me lo dijo. Y también me dijo que no habíais llegado a ningún acuerdo sobre tus honorarios por el trabajo realizado.

—El grueso del trabajo lo hicieron tus trabajadores. Yo solo les di las instrucciones de lo que tenían que hacer. Hice lo que tú no hiciste. —Jerome apretó los puños—. No hace falta que me pagues nada. Con lo que Camila me ha dado en estos días ha sido más que suficiente.

Jerome apretó aún más el puño, conteniendo las ganas de golpearlo.

—Y con exactitud, ¿qué te ha dado mi esposa en estos días? —preguntó molesto.

El hombre se quedó pensativo un instante, hasta que decidió hablar:

—Mi mujer falleció hace casi tres años. —Jerome lo sabía; había ayudado a rescatar su cuerpo, aunque él no lo recordase—.

Estaba atendiendo las tierras cuando ocurrió.

No tuvo opción de huir. Yo estaba en Ipeke haciendo negocios.

La dejé sola. No me enteré de lo que había pasado hasta el día siguiente.

—La tensión de Jerome se aflojó. Entendía ahora la preocupación del hombre—.

Desde entonces —continuó Bastien—, he pasado todo este tiempo sin relacionarme con nadie.

Solo salgo de mis tierras cuando necesito algo de la tienda de Marion o para vender mi cosecha.

Pero estos días que no has estado, no solo he velado por tus tierras y tus animales.

También he cuidado de tu familia. —Jerome tragó saliva.

La culpa volvió a golpearlo. Otro hombre había hecho lo que él debía haber hecho—.

Sé que ella se sabe cuidar sola, pero no me quedaba tranquilo sabiendo que estaba en medio de la nada con un bebé.

No podía ignorarlo. —Bebió de la taza aún caliente—.

Por primera vez en tres años dejé de pensar solo en mí.

Camila me recordó cómo se siente cuidar de alguien más, como cuidaba de mi esposa.

Me recordó lo bien que se siente tener una conversación agradable con una mujer bonita.

Me recordó lo bien que se siente despertar y pensar en alguien más, no solo en uno mismo.

Me recordó que aún estoy vivo, que puedo volver a sentir.

Que no estoy condenado a seguir muerto en vida, encerrado y solo.

—Respiró hondo—. Comandante, solo con eso me siento pagado, y con creces.

Camila me ha devuelto algo que ni siquiera sabía que había perdido.

Los dos hombres se miraron y Jerome asintió. Lo entendía a la perfección. Cuando la conoció, ella le hizo sentir algo parecido.

—Gracias por cuidar de mi esposa y de mi hijo, Bastien. Te agradeceré siempre que hayas cuidado a mi familia. Ahora estoy en casa y seré yo quien cuide de ellos. Como he hecho hasta ahora.

—Eso espero, comandante. Espero que hagas lo que se espera de un buen marido.

Tienes una mujer que más de uno querría para él mismo y un hijo encantador.

Cuídala. Estos días han sido bastante duros para ella.

Después de lo que pasó con Estel, estaba fuera de sí.

La conozco desde hace poco, pero sé que ella no es así. La situación la desbordó.

—Lo sé. A veces la policía protege a las personas equivocadas.

—No, comandante. Aquí fue necesario proteger al marido de Estel, por muy cabrón que fuera. Camila y Marion no pueden tomarse la justicia por su mano.

—¿De qué me estás hablando, Bastien? —preguntó un tanto confuso.

—¿Camila no te ha contado lo que pasó con el marido de Estel?

—Me comentó que la policía había ido a detenerlas a ella y a Marion por ir a buscar a la niña.

—Comandante, si tu mujer no te ha contado lo que pasó, no voy a ser yo quien lo haga. Mejor siéntate con ella y háblalo. Tarde o temprano te vas a enterar; es la comidilla de todo Lombe. Y mejor que te enteres por ella que por cualquiera de nosotros.

Jerome se preocupó.