28 #2
La calidez del agua los envolvía y la espuma blanca sobresalía de los bordes de la bañera.
Unas velas repartidas por el baño iluminaban tenuemente la estancia.
No querían encender la luz. El generador podía despertar a Jacques.
Camila, con la espalda apoyada sobre el pecho de Jerome, jugaba con la mano de él.
Medía su mano con la suya. Era bastante más grande.
Le gustaba ver cómo, a pesar de la diferencia de tamaño, encajaban tan bien cuando entrelazaban los dedos.
Besó su mano. Estaba feliz de estar compartiendo ese baño con él.
Volvió a jugar con ella y, con la poca claridad que había, no notó la diferencia del color de sus pieles.
Con esa luz, los dos eran igual de negros e igual de blancos.
Deseó que la gente pudiera verlos siempre de aquella forma, sin ver las diferencias. Que apreciaran lo que les igualaba, lo que los unía. Suspiró. Hasta que no se casó con un hombre mestizo no fue consciente del racismo que aún estaba enquistado en la sociedad de forma tan sutil.
Volvió a besar su mano y se fijó en su alianza.
—¿Sabes cuándo fue la última vez que me di un baño?
—Se giró y quedó sentada frente a él. —Jerome negó con la cabeza—.
¿Recuerdas el hotel donde me pediste matrimonio, en Lodja?
—Él asintió—. Allí fue la última vez que me di un baño como este.
Deberíamos ir algún día. Pedir la misma habitación.
Era un hotel encantador. Creo que ese día engendramos a Jacques.
—Yo también lo creo. Recuerdo que fue en la habitación treinta y tres, del hotel Iroko .
—¿Recuerdas el número de habitación y el nombre del hotel? —preguntó sorprendida.
Para ella, aquel día fue una auténtica locura, y esos detalles no los recordaba.
—Claro. ¿Cómo me iba a olvidar, si le dije al recepcionista que le iba a pagar de más si me daba una única habitación para los dos?
—¿Cómo? ¡No me lo puedo creer! —Lo miraba divertida, sin poder creer lo que acababa de escuchar—. Eres un manipulador. —Tomó espuma de jabón y se la extendió por la cara—. Pero ¿cuándo lo hiciste si yo estuve contigo en todo momento?
—En algún momento en que te distrajiste con Alemán.
—Y yo pensando que había sido el destino.
Él se rio.
—Al destino había que ayudarlo un poco. Sobre todo, cuando tenía a una preciosa Zaireña terca como una mula, que se negaba a hablar conmigo para pedirle disculpas. Había sido un estúpido con ella.
—¿Así que crees que fuiste estúpido al decirme que estar conmigo era un error?
—Por supuesto. —Se acercó a ella y la besó—. Pero creo que no has escuchado la primera parte. Hablaba de una Zaireña terca como una mula.
—Claro que lo he escuchado. Cuando una es terca, ¿qué puedo hacer? Aceptarlo. —Él se rio de buena gana. Hasta ahora, ella era incapaz de reconocer lo terca que se ponía a veces—. Sssssh. Vas a despertar a Jacques— dijo, riendo.
La atrajo hacia él y la besó. Había echado de menos compartir estos momentos con ella.
El beso se alargó más de lo esperado, y en los dos se despertó la sed por el otro.
Molestos, por el estrecho espacio que brindaba la tina, comenzaron a buscar una postura más cómoda.
Deseaban disfrutar de nuevo de la intimidad que le daba estar los dos solos, sin su hijo.
Pero aquella bañera era demasiado rígida y pequeña para los dos, y al tercer resbalón de ella, soltó una carcajada sonora.
—No puedo —afirmó, muerta de risa.
Jerome tampoco podía con la situación. Trataba de sujetarla, pero la risa se lo impedía. Se le resbalaba de los brazos. Al final, acabó sentada en la bañera tras varios culazos.
—Esto será muy romántico, pero es incómodo de narices.
Los dos volvieron a reír a carcajadas mientras se recostaban en la bañera, con pocas ganas de volver a intentarlo.
—Será incómodo, pero ha sido muy divertido.
Creo que mañana me dolerá el trasero. —Jerome comenzó a reírse de nuevo al recordar la incómoda y divertida situación.
Camila se aproximó a él y le tapó la boca.
Le parecía haber escuchado a Jacques. Se quedaron en silencio, esperando a ver si su hijo hacía algún ruido más—.
Falsa alarma. —Lo besó en los labios—. Cuéntame más de ese viaje a Ruanda y de los gorilas. Quiero saberlo todo.
Jerome le explicó todo lo que no le había contado hasta ahora sobre el Parque de los Volcanes, los cazadores furtivos, su encuentro con el espalda plateada, pero hubo algo que se guardaría para sí mismo y que dudaba que alguna vez le diría.
No le habló ni de las fotografías que quemó, ni de los documentos que ya eran cenizas y sobrevolaban las montañas Virunga.
Camila lo escuchaba con atención, fascinada y admirada por todas las aventuras que había vivido en aquellas hermosas montañas.
Recordaba haberlas visto cuando estuvieron en Rutshuru y le habían sobrecogido por su majestuosidad y belleza.
Cuando le habló del rescate de los tres hombres y de los gorilas, se preguntó si el peligro era el que buscaba a su marido, o si su marido era el que buscaba el peligro.
Un escalofrío recorrió su cuerpo. No sabía la respuesta a aquella pregunta y, por un momento, se preocupó.
—Vamos a la cama —le dijo él, al verla estremecerse.
Se levantó de la bañera y le tendió la mano. El agua ya no estaba tan caliente. Ella tomó su mano y se incorporó.
—Gracias. Gracias por volver sano y salvo. Prométeme que harás todo lo posible por alejarte del peligro.
—Te lo prometo.
No tenía ninguna intención de volver a vivir algo parecido.
Aún era de madrugada cuando Jacques comenzó a quejarse y se despertó.
Camila le tendió el brazo para calmarlo y se dio cuenta de que estaba empapado.
Se incorporó, colocó la mano en su frente y comprobó si tenía fiebre.
Todo indicaba que estaba bien. Comprobó si el pañal de tela se había rodado o si tenía que cambiarlo, pero estaba en su sitio y seco.
—Ven, mi vida, te voy a quitar la ropa. Así te refrescas —le susurró.
—¿Qué ocurre? —preguntó Jerome, medio somnoliento.
—Calor —dijo Jacques.
—Está sudando —le explicó mientras le quitaba el body de manga corta y el pantalón de algodón que le había puesto—.
Creo que lo abrigué demasiado. —Lo miró—.
Es un caluroso, como su padre. —Jerome se rio; ahí tenía razón, y Camila, al final, dejó al niño solo con el pañal de tela puesto—. Voy a calentarle el biberón.
—Quédate con él. Ya lo hago yo. Aunque no te lo creas, estas semanas he echado de menos estas madrugadas. —La besó y se levantó de la cama.
—No, papá.
Camila lo entendió. Su hijo quería estar con su padre.
—Ya voy yo.
—No, mamá. —Se sujetó a ella.
Parecía que también quería estar con ella.
—Está bien. ¿Quieres el bibe?
—No. Papá, mamá.
Trepó por encima de ella y se colocó en medio de los dos. Jerome sonrió. Su hijo tenía claro lo que quería.
Se volvieron a tumbar. Ambos se miraban y miraban a su hijo.
Jacques se acercó a su madre, aún desnuda, y se pegó a su pecho.
A Camila la tomó por sorpresa. Desde que había llegado de Kinshasa había intentado volver a pegarlo, y él se había negado.
Aún no estaba preparada para su destete.
Aunque sabía que el ritmo lo marcaba él, le gustaría que durase un tiempo más. Le gustaban esos momentos con él.
—¿Sabes que me encanta verte con él? —Le acarició el rostro a su mujer—. Me pareces una gran madre.
Ella sonrió, agradecida por aquellas palabras, y se emocionó.
—Ahora estoy con él. —Rozó sus fuertes pectorales con suavidad—. Pero en cuanto termine, soy toda tuya —dijo, medio llorosa.
—Ey. —Le secó las lágrimas al escucharla sollozar—. ¿Qué pasa?
—Nada.
—¿Cómo que nada? Soy yo. Me lo puedes contar. —Eso era lo que le preocupaba.
—Lo que ocurre es que no me lo esperaba. Creo que estos días no se ha pegado a mi pecho porque he estado bastante agobiada. Él lo ha notado.
—Comprendo.
Ella tragó con dificultad y su corazón comenzó a acelerarse. No sabía si lo que le iba a pedir, él se lo daría, o si volvería a generar un alejamiento entre ellos.
—Jerome, he estado asustada. Llevo intranquila desde que te fuiste de Ipeke.
Ahora que estás aquí, siento que me he relajado, que me he quitado un peso de encima.
Jacques lo ha notado, por eso creo que ha vuelto a mamar.
—Le costaba decir lo que quería decirle—.
Me asusta la situación del país. —Suspiró, tratando de soltar la tensión que le generaba hablar de eso—.
No te lo he contado, pero hubo una matanza en un poblado cerca de casa de Lucréce.
Los asesinaron a todos. Los dos estábamos en el río cuando pasaron, delante de nosotros, sus cadáveres.
Sintió como si lo hubieran golpeado en la boca del estómago al escuchar aquello. Él debería haber estado allí para protegerlas.
—¿Os pasó algo? —preguntó preocupado.
—No, nada importante. —Suspiró, queriendo relajar la tensión que se había generado en su cuerpo al recordarlo—.
Después, tú desapareciste. André y Nocólas también.
Todos desaparecisteis porque a alguien del gobierno le interesaba.
Se vulneraron todos vuestros derechos y aquí nadie dice ni hace nada.
¿En qué país estamos? —Aún no lo sabía—.
Esta mañana la policía nos venía a detener a Marion y a mí, en lugar de proteger a Estel y a sus hijos.
Necesito... —Le resultaba difícil pedirle lo que quería pedir—…
necesito un respiro. No sé si quiero que mi hijo se críe en un país así.
Quiero darle lo mejor. No sé si el Congo es lo mejor.
Me gustaría que nos fuésemos un tiempo. Mis padrinos están en Madrid.
Si no quieres un sitio tan grande, podemos ir a Gran Canaria.
Aún tengo la casa de mis abuelos en la isla.
También tengo algunos pisos en París. Podemos ir donde quieras, pero fuera de aquí. Podemos empezar donde queramos.
Jerome, por unos instantes, dejó de respirar. Le estaba pidiendo que se fueran del país. La miraba y no sabía qué responder a aquello. Se quedó en silencio por unos instantes.
«¿Cómo podía estarle pidiendo aquello?».
Se incorporó en la cama y se quedó sentado, apoyado contra la pared que hacía de cabecero. Sabía que la situación del país estaba complicada. Necesitaba pensarlo. Había mucho que sopesar.
Camila lo observaba en la oscuridad de la habitación, esperando a que dijera algo, pero él no decía nada. Se angustió. Lo imaginó con el ceño y los labios fruncidos.
—Voy a por un vaso de agua —dijo, mientras se levantaba de la cama con la boca seca.
Resopló al verlo salir de la habitación.
Quiso ir tras él, pero Jacques la reclamaba. Con lo bien que había ido la noche.
Su hijo se quedó dormido y ella lo destetó. Al notar que ya no estaba agarrado a ella, se giró y quedó atravesado en la cama, con los brazos y piernas extendidos. Le hizo gracia. Cada vez que lo pasaba a su cama, ella acababa durmiendo en la esquina.
Se fue a levantar para hablar con Jerome, pero antes de poder hacerlo, él entró de nuevo en la habitación con la jarra de agua y un vaso.
Sonrió al ver la situación. No tenía hueco donde dormir.
—¿Estás bien? —le susurró, preocupada.
—Sí. Mi mujer solo me acaba de soltar la bomba de que quiere que dejemos el país.
De resto, estoy muy bien. —Dejó la jarra y el vaso sobre su mesa de noche—.
¿Pero sabes qué? Que ahora no voy a pensar en eso.
—Bordeó la cama y se dirigió hacia donde ella estaba—.
Ahora me voy a centrar en mi preciosa esposa.
Me prometió que, en cuanto terminase con nuestro hijo, iba a ser toda mía.
Se subió a la cama y se tumbó a su lado. Le gustaba abrazarla sintiendo sobre su pecho su delgada espalda y, en su entrepierna, sus nalgas.
Necesitaba saber algo de lo que le parecía su propuesta.
—Pero…
— Zaireña —la interrumpió, con voz seria—, te prometo que lo pensaré y te diré algo. ¿Cuándo? No lo sé. Ahora quiero disfrutar de ti. La noche ha sido perfecta. Quiero que siga así.
Y ahí estaba él otra vez, calmando su ansia.
«Aquí y ahora», se dijo.
Ahora estaban ellos dos, abrazados, y notaba el deseo de su marido entre sus nalgas. Se mordió el labio inferior y sonrió. Era momento de disfrutar con él.
Le daría su respuesta cuando la tuviera.