El volcán que nos silenció (Flor del Zaire 3) 28
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Se desabrochó la camisa sin apartar los ojos de ella, mientras Camila le devolvía la mirada con esa sonrisa que lo desarmaba. La prenda cayó al suelo, luego los pantalones, y los dos quedaron completamente desnudos. Ella sonrió, le tendió la mano, y él se la sujetó.

Jerome apagó la luz, y el generador cesó su zumbido. La oscuridad los envolvió con la cómplice luz de las estrellas que se colaba por el ventanal del salón. Los tantanes sonaban como eco lejano en medio de la selva. Lombe estaba de fiesta.

—Te quiero —le susurró Camila cuando lo tuvo cerca—.

Quiero que me hagas el amor. Desde que Sophie murió no lo hemos hecho.

Lo necesito. —Le tocó el pecho, recorriendo con devoción las cicatrices que amaba—.

Necesito al hombre que me eligió para vivir.

Al padre de mis hijos. A mi marido, a mi amante. Te necesito a ti.

Esa declaración lo alcanzó en lo más profundo. Sus ojos se empañaron, y le sujetó la barbilla con dulzura.

—Yo también te quiero. He deseado hacerte el amor desde que perdimos a nuestra hija. Te lo dije entonces y te lo repito ahora, siempre te elegiré a ti.

Los ojos azules de él brillaban con lágrimas contenidas. Nunca habían llorado juntos la muerte de su hija. Lo necesitaba.

La besó con ternura, y las lágrimas de ambos se mezclaron, mientras se abrazaban con fuerza. Sus cuerpos desnudos se reconocieron y buscaban consuelo.

—Lo siento. Cometí errores. No debí separarte de Jacques. No debí culparte. Necesito que me perdones.

—Claro que te perdono. Lo que vivimos nos destrozó. Cada uno hizo lo que pudo.

—Gracias por estar cuando yo no podía sostenerme. Gracias por elegirme. Yo también te elijo. Siempre. Te amo.

—Y yo a ti.

Un beso los incendió. De uno pasaron a otro.

El deseo, que llevaban conteniendo toda la noche, se desbordó.

Jerome besó su cuello, embriagado por su aroma a lavanda.

Bajó con lentitud, besando, acariciando.

Sus labios llegaron a sus pechos, los adoró como quien honra la vida.

Jugó con ellos con la ternura de quien recuerda que de allí había fluido la leche para su hijo.

Descendiendo, se arrodilló ante ella. Besó su abdomen, ese santuario donde habían crecido sus hijos.

Acarició con ternura la ligera curvatura que la maternidad había dejado.

Ella le había dado lo más preciado que habían creado juntos.

Apoyó la frente sobre su vientre y besó la cicatriz de la cesárea con devoción.

Para él significaba la vida y la muerte.

Gracias a ella, estaba viva. Se emocionó.

Camila sintió sus cálidos labios y comenzó a llorar.

Era un llanto sereno y tranquilo. Hasta hacía pocos días, no se había atrevido a tocar esa marca.

Se había rasurado para poder mirarla sin sentir que su cuerpo le había fallado.

Ahora le recordaba que una vez había sido madre de una preciosa niña a la que nunca olvidaría.

Era lo único que le quedaba de Sophie. Ahora era capaz de amar esa parte de su cuerpo.

Sintiendo su boca sobre su feminidad, un estremecimiento la recorrió. Sus jadeos fueron creciendo, acompasados con los movimientos suaves y hábiles de él. Movió las caderas, buscándolo, hasta que su cuerpo se abrió en una expansión de placer. Lo miró y su sonrisa la llenó de amor.

Lo amaba.

Lo guio hasta el sofá, se sentó encima de él, abrazándolo con las piernas, y encajaron a la perfección. Siempre lo habían hecho.

—Puedes llenarme. Estoy protegida —susurró al oído.

Él se estremeció. Ella había cumplido su promesa. No tendrían más hijos, pero sí tendrían más amor.

—Te quiero, Zaireña —le dijo, mientras una embestida la hizo gemir.

—Y yo a ti.

Ella cabalgó sobre él. Como una amazona salvaje y hermosa, y aceleró el ritmo. Se conocían muy bien. Sabía cuándo él iba a llegar, y lo acompañó con una segunda expansión. El descontrol los encontró juntos esta vez, mientras se besaban con entrega y pasión.

Los dos sabían que acababan de aliviar un dolor que siempre los acompañaría.

Cuando sus respiraciones se calmaron, se recostó sobre él y escuchó como sus corazones latían al unísono.

Había extrañado ese sonido. Le daba seguridad y tranquilidad.

Él le aportaba la calma que a veces perdía.

La devolvía a la realidad y la ayudaba a vivir el momento, en lugar de perderse en el pasado o angustiarse por el futuro.

Jerome también había extrañado su latido.

Sentirlo, tan fuerte y sincrónico, le daba la esperanza de compartir una larga vida con ella.

De tener la vida que jamás imaginó cuando era un soldado en medio de la selva.

Ella le había dado la ilusión de mirar al futuro e imaginar una vida mejor junto a la pequeña familia que habían creado.

En dos ocasiones había vivido la experiencia de cómo su corazón se paraba, y no quería perderla.

—Me gustaría que mañana me acompañaras a ver a Sophie —le pidió—. No me he atrevido a ir sola.

—Claro que sí. Mañana cortamos algunas flores y se las llevamos a nuestra petit. —Ella le sonrió.

—Me gustaría hacerle una misa, también. No estaba muy presente en su funeral.

—Haremos lo que tú quieras.

—Gracias. —Le acarició su varonil rostro—. Quiero que sepa que, aunque sus padres se quieran y sean felices, la echamos de menos.

—Estoy seguro de que sabe que es una niña muy amada. Sabe que la echaremos de menos siempre. ¿Eres feliz ahora? —preguntó sorprendido por sus palabras.

—Sí. Me duele su pérdida, y también estoy feliz —dijo con los ojos brillando—. Tenemos que seguir adelante. Ella así lo querría. Su muerte debe merecer nuestra vida. Sobre todo, la mía. Ella dio la suya por mí.

Camila lo sabía. Cuando se despidió de ella, así lo sintió. Esas eran las contradicciones de la vida. Sentía dolor y felicidad al mismo tiempo.

A Jerome le gustaba oírla hablar así. Algo había cambiado en ella. Él también era feliz a pesar del dolor que sentía por la pérdida de su hija.

—¿Qué te ha ocurrido en estas semanas? Estás diferente. No eres la misma mujer que dejé en Ipeke.

Ella sonrió.

—Gracias a que Dios ha puesto a Lucréce en mi vida, estoy así. Me llevó a una Sainte Mère .

—¿Y qué es una Sainte Mère ?

Nunca había oído hablar de eso.

—Es una bruja, una chamana, una mujer sabia. Una mujer que sabe cosas que a la mayoría de los mortales se nos escapan del entendimiento.

—Comprendo. —Solo conocía a una mujer así—. Es igual que Lucréce.

Ella lo miró sorprendida. ¿Cómo no se había dado cuenta hasta ahora? Su amiga también era una Sainte Mère , aunque no tuviera un séquito de personas que la siguieran.

—Sí, es igual que Lucréce. —Sonrió—. Esa mujer santa me dio de beber una planta sagrada que me hizo conectar con partes de mí misma que había olvidado.

Me mostró lo afortunada que soy en mi vida.

Que, a pesar de lo que he ido perdiendo, me recordó lo que también he ido ganando.

Me mostró lo afortunada que soy por tener personas que me aman.

—Se emocionó—. Lo afortunada que fui al tener una familia que me amó.

Lo afortunada que soy por teneros a Jacques y a ti.

Me mostró que todos tenemos nuestro tiempo pactado aquí.

Todavía no ha llegado mi hora —le explicó—.

Me mostró que todos formamos parte de lo mismo.

Que yo soy la selva, el viento, la lluvia.

Que soy los animales, el sol, la luna… Que ellos forman parte de mí y yo formo parte de ellos.

Yo formo parte de ti —Tocó su corazón— y tú formas parte de mí.

—Le sonrió—. Me mostró lo afortunada que fui al encontrarnos dos veces en aquellos caminos de tierra.

Sé que no fue casual. Tú estabas para mí y yo estaba para ti.

Sé que todo esto suena muy extraño. Pero para mí tiene todo sentido.

—A Jerome no le resultó extraño lo que le contaba—.

Entendí por qué siento con tanta intensidad.

Es un don y estoy aprendiendo a manejar esa intensidad para que no me desborde.

Tú me ayudas a eso. Tú me centras. Tú me haces ser mejor.

En estos momentos me siento muy agradecida a Dios.

—Vio cómo la miraba y se preocupó—. ¿Crees que es una locura todo lo que te he contado?

Negó con la cabeza.

—Si es una locura, bendita locura.

Los dos sonrieron y él la besó.

—Sabes que tengo hambre —dijo, separándose de él y levantándose para ir a comer algo.

—Me lo puedo imaginar. —Él la siguió y le dio un cachete en una de sus bonitas nalgas—. Esto no ha crecido solo.

Ella se giró y lo miró con atención.

—¿Me estás diciendo que estoy más gorda?

—No, estoy diciendo que estás preciosa. Sabes que me encantan tus caderas.

—¿Entonces antes no te gustaba?

«A ver cómo arreglo esto».

—Tú siempre me gustas, da igual cómo luzcas. Tú siempre serás mi Zaireña .

Ella se rio a carcajadas.

—Has sabido capear bien el temporal, Jerome Ngona. —Volvió a reírse—. Sé que esto —Se dio una nalgada— no ha crecido solo. Por fin tengo apetito. Para mí significa que estoy sana.

—No me gusta nada cuando me metes en estos aprietos.

—Te metiste tú solo —Se rio—, y yo ayudé a que te metieras aún más.

Le encantaba verla así, risueña y divertida. Él también se rio.

—Ven aquí.

La agarró con fuerza y suavidad, por esas caderas que tanto le gustaban y que casi lo meten en un buen aprieto, y la besó.

Camila respondió a ese beso y notó, de nuevo, su apetito por él.

Se subió a su cintura y dejó que la llevase a la encimera de la cocina.

Tenían que terminar lo que habían empezado unas horas antes.

Ahora Jacques dormía, y estaban solo ellos dos.

Se abrió para él y dejó que el hombre que amaba la poseyera.