El volcán que nos silenció (Flor del Zaire 3) 27 #2
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Se acercó a él, se puso de puntillas, de nuevo, y se apoyó sobre su torso para agarrar el delantal que estaba colgado tras él. Su marido no hizo nada por evitarla y el deseo se despertó en su piel. Jerome notó cómo su cuerpo reaccionaba al tenerla tan cerca. Miró a su hijo y se contuvo.

—Ponte esto.

Le pasó por el cuello la cinta del delantal, provocando en los dos el ansia por estar juntos.

Ella se abrazó a su cuello y lo besó con pasión. Él la subió a sus caderas, apartó los platos de la encimera de la cocina y la sentó sobre ella. Comenzó a desabrocharle la camiseta que ella llevaba puesta y paró.

«Jerome, contente».

Se apartó de ella mientras miraba su precioso rostro.

—Jacques está despierto.

—Lo sé —dijo, bastante frustrada. Le acarició el rostro, deseosa de continuar donde lo habían dejado, y apoyó su frente contra su pecho—. Parece que hoy el responsable eres tú.

Él se rio de buena gana. En general, era ella la que tenía que recordarle que tenían un hijo. Tenían que esperar a que estuviera durmiendo.

Dio un salto y bajó de la encimera. Terminó de atarle el delantal a la cintura por la espalda y se abrazó a él. Así había menos tentaciones.

—Me alegra que estés aquí. No te puedes imaginar cuánto.

Él le sujetó las manos sobre su pecho y cerró los ojos. No se podía creer que su mujer le estuviera diciendo aquello después de todo lo que habían pasado.

—Yo también me alegro de que estés aquí. La casa, sin vosotros, era demasiado silenciosa.

Le dolió escuchar aquello. Lo último que había querido era generarle ningún sufrimiento.

—Lo siento. Nunca quise hacerte daño.

—Lo sé, pero lo hiciste. —¿Cómo iba a arreglar lo que hizo si ya el daño estaba hecho? Se fue a separar de él, pero no la dejó—. Hay algo que necesito saber y que me ha vuelto loco estas semanas. —Le costaba decir lo que quería preguntarle—. ¿Aún me quieres?

Se quedó sin aliento cuando escuchó aquella pregunta. ¿Pero qué había hecho? Se soltó de sus manos, lo hizo girar y lo miró al rostro. Parecía expectante a su respuesta.

—No quiero que dudes ni un instante de lo que siento por ti.

Te amo. Jamás he dejado de hacerlo. —Jerome notó cómo toda la tensión de su cuerpo cedía y desaparecía—.

Siento haberte hecho pensar que había dejado de hacerlo.

La muerte de nuestra hija me destrozó, y sé que a ti también.

Siento no haber podido estar para ti, pero.

.. pero yo tampoco pude estar para mí. —No se atrevía a decir lo que quería decir—.

Jerome, quise morir con ella. —Él lo sabía.

Aún recordaba el pitido de aquella maldita máquina diciéndole que su corazón se había parado—.

Sabía lo que eso significaba —le reconoció—.

Significaba dejaros atrás. Me he sentido tan culpable.

Si os elegía, la perdía a ella; y si la elegía a ella, os perdía a vosotros.

De las dos formas perdía. —Sus ojos se emocionaron—.

Lo siento. Dime qué puedo hacer para reparar el daño que te he hecho.

La abrazó y la besó en la coronilla de su cabello.

—Por ahora vas bien, Zaireña . Por ahora vas bien.

Ella se abrazó aún más fuerte a él. Tenía que arreglar aquello y aún no sabía cómo.

Alemán pegó un pequeño chillido. Jacques le acababa de tirar de la cola y se estaba quejando. Los dos sonrieron sin ser conscientes de que el otro también lo había hecho. Tenían un hijo al que atender. Se separó de él y lo miró a sus bonitos ojos, que brillaban emocionados.

—Te quiero. No lo olvides. —Señaló a Jacques con la cabeza—. ¿Estás preparado?

Jerome le sonrió.

—La última vez ganó él.

—Lo sé. Por eso he comprado otro delantal. —Abrió el segundo cajón de la encimera de la cocina y sacó uno sin estrenar—. Si volvemos a perder, estaremos preparados.

La quería. No podía evitarlo.

— Zaireña , tal vez no deberíamos obligarlo a comer algo que no le gusta. Sé que tiene que comer legumbres, pero es que les va a tomar manía. Al final va a ser peor.

—Lo sé. Yo también lo he pensado. Pero quiero que crezca sano y fuerte. Que no le falte ningún nutriente.

—Míralo. —Estaba entretenido con Alemán—. ¿Crees que no está sano y fuerte? —Ella negó con la cabeza—. Está muy sano, y sabes que está grande para su edad. Margarita te lo dijo en la última revisión hace mes y medio.

—Lo sé, pero... ¿y si no está tan sano como aparenta?

Jerome sabía que desde que pasó lo de Sophie, Camila se había vuelto más sobreprotectora con su hijo.

—¿Te parece si lo intentamos otra vez? Si no quiere, lo dejamos hasta dentro de dos meses.

Sabía que lo que le proponía era lo más razonable, pero su miedo a que le pasase algo era irracional. Sabía que no se podía dejar llevar por el miedo. Él la ayudaba a centrarse cuando se agobiaba.

—Está bien. Si no quiere, lo intentamos en dos meses. Ni uno más.

—Ni uno más. ¿Preparada?

Se colocó el delantal nuevo.

—Preparada.

La última vez que habían intentado darle alubias habían acabado cubiertos de comida de arriba abajo.

—Jacques, vamos a cenar.

Nada más oír la palabra cenar , dejó de hacer lo que estaba haciendo y se dirigió hacia ellos.

—Ven. —Camila lo izó y lo llevó al fregadero—. Primero vamos a lavarte las manos, que has estado con Alemán.

Se miraron sorprendidos, no estaba yendo tan mal como la última vez, llevaba la mitad del plato y se lo estaba comiendo sin quejarse.

Habían decido no ponerlo en la trona para que les resultase más fácil distraerlo.

Jerome lo tenía sobre sus piernas mientras ella cada vez que veía que su boca estaba vacía le daba una cucharada.

Al ver que la cosa iba bien le enseñó el cubierto que tenía en la mano para que comiese solo.

—¿Quieres seguir tú?

—No. Con papá. —Se giró y se abrazó a él.

—Papá va a estar aquí mientras tú te lo comes. Enséñale cómo lo haces. Aún no te ha visto comer solo.

Así que ya estaba comiendo solo. Le dio pena habérselo perdido.

—Claro, Jacques. Así veo cómo lo haces.

—No. Silla no. Con papá.

Su hijo no lo soltaba y la miraba con el ceño fruncido. No quería ir a su trona; quería seguir comiendo sentado en las piernas de su padre. Se había enfadado con ella.

—Está bien. No vamos a usar la silla. Sigues sentado con papá.

—No, tú no. Con papá. —Le apartó, con brusquedad, la cuchara con su pequeña mano.

Camila respiró hondo y miró a los dos con un gran sentimiento de culpa. ¿Cómo no se dio cuenta del daño que les iba a causar al mantenerlos separados?

Le entregó la cuchara a Jerome, se levantó de la silla y se dirigió al baño. Necesitaba salir de allí; la reacción de su hijo la había angustiado. Se sentía fatal.

—Jacques, ¿qué acaba de pasar?

Su hijo se encogió de hombros. Agarró la cuchara que le ofrecía y comenzó a comer con la habilidad propia de un niño de casi dieciocho meses. Estaba orgulloso de él, a pesar de que una parte del potaje estaba en su babero y la otra en la mesa.

Observó el fondo del pasillo. La puerta del baño seguía cerrada.

Sabía que Camila se metía allí cuando necesitaba un momento para ella. Él lo hacía en el cuarto de herramientas. Se preocupó. Jacques había terminado de cenar y ella continuaba en el baño.

Se fue a levantar, pero su hijo no lo dejó. Seguía agarrado a él como si tuviera miedo de que se fuese a marchar de nuevo.

—Campeón, papá se va a quedar en casa. No me voy a ir a ningún lado.

Lo miró con esos inocentes ojos azules y sonrió.

—Con Jacques.

—Sí. Me quedo contigo y con mamá. Te lo prometo. —Se levantó con él en brazos, se dirigió al baño y tocó la puerta—. Zaireña , traigo a Jacques para lavarle los dientes y para acostarlo.

—Pasa.

Abrió la puerta. Había terminado de ducharse. Llevaba el cuerpo cubierto por una toalla y un moño mal hecho que la hacía estar encantadora. Vio sus ojos rojos. Había estado llorando y no entendía por qué. Le fue a preguntar qué ocurría, pero ella lo interrumpió.

—Si quieres, puedes acostarlo tú. Creo que él te necesita en estos momentos —le dijo, para después darle un beso en la frente a su hijo.

Entendía que ahora no era el momento de hablar de lo que le ocurría, pero le extrañó que le pidiese que lo acostase. Jacques siempre se quedaba dormido mientras le daba el pecho. Entonces, recordó que la había visto preparar un biberón.

—Ya no le estás dando de mamar, ¿verdad?

Cerró los ojos con pesar y negó con la cabeza.

—Cuando fui a buscarte a Kinshasa se me retiró la leche. Cuando volví, en cuanto vio que no salía nada, dejó de mamar.

—Lo siento.

—No tienes nada que sentir. Elegí ir a buscarte.

Sabía a lo que me exponía cuando lo hice.

Me habría gustado que siguiese mamando, pero se nos está haciendo mayor.

Él también eligió dejar de hacerlo. —Acarició las redondas mejillas del bebé—.

No me arrepiento de lo que hice. Fue mi elección.

Te volvería a buscar cada vez que fuera necesario.

Le gustó oír aquello.

—Y también sé que me traerías a rastras.

Los dos se rieron.

—No lo pongas en duda, Jerome Ngona. —Miró a su hijo, que estaba medio somnoliento sobre su padre—. Jacques, hay que lavarse los dientes. —Le acarició la cabecita—. Después, a la cama. Esta noche vamos a dormir los tres juntos. Como siempre.

Deseaba que ocurriera.

El niño, para su sorpresa, cuando terminó de cepillarse los dientes, se soltó de él y se abrazó a ella. Sintió que su corazón se reconfortaba. En cuanto se enganchó a sus caderas, la toalla se le aflojó y cayó al suelo dejándola desnuda.

Jerome la miró de arriba abajo, recreándose en su bonita figura.

— Zaireña , no sé si al final voy a poder ser el más responsable de los dos —dijo con una sonrisa socarrona.

—Alguien tiene que serlo. —Lo besó en los labios—. Esta noche te toca a ti ser el responsable.

Salió del baño mostrándole toda la desnudez de su espalda, mientras se soltaba la melena que cayó sobre su cuello. Se había cortado el pelo. Le recordó a cuando la vio por primera vez desnuda en el baño de la pequeña habitación que compartieron en Saint Germain, cuando se conocieron.

Se colocó mejor los pantalones. Le estaban presionando.

Estaba deseando estar con ella. No lo podía negar. No sabía si sería capaz de aguantar sin tocarla antes de hablar con ella. No quería que le volviese a pasar lo mismo que la última vez, cuando pensó que había un acercamiento, y ella se volvió a alejar de él.

—Jerome, ¿vienes? —le dijo desde la habitación.

—Mejor no. Voy a recoger la cena de Jacques.

La escuchó reírse desde la habitación. Sabía que estaba tratando de ser responsable.

Recordó que, desde que Sophie murió, no la había vuelto a oír reír. Algo había cambiado en ella. No sabía qué había pasado, pero le gustaba. Esta noche pensaba descubrirlo.

—Papá. Papá.

Su hijo lo reclamaba. Se ajustó los pantalones, tomó aire y fuerzas. Tenía que ser el responsable esta noche.

Descubrió que Jacques ya estaba en el colecho. Estaba sentado esperando por él. Y ella se había cubierto con su bonita bata de seda blanca. Se entreveía parte de sus pechos y sus contorneadas piernas a través de la abertura que dejaba la prenda. Tragó con dificultad.

Se había rasurado.

—Buenas noches, mi vida. —Le dio un beso en la cabecita. Se acercó a él, se puso de puntillas y lo volvió a besar en los labios—. Te espero en la cocina.

Apagó la luz de la habitación y los dejó a oscuras.

—Jacques, tu madre me está seduciendo y lo está consiguiendo —le susurró a su hijo en cuanto salió de la habitación—. Estoy metido en un lío. No sé si voy a poder aguantar.

—Aguantar.

Se rio.

—Tienes toda la razón. Tengo que aguantar. Te quiero. —Lo besó en la frente—. Ahora, a dormir.

Lo tumbó en su cuna y esperó a que estuviera dormido. Se levantó muy despacio y dejó la puerta entornada para escucharlo si se despertaba. Fue a apagar la luz del pasillo y la vio de pie, en el salón, esperándolo. Estaba completamente desnuda.

Tragó con dificultad.

Estaba diferente, algo en ella había cambiado. No era solo su pelo, ni su pubis, ni las curvas que se le habían formado en estas últimas semanas. La veía más salvaje, más libre, más segura. Sabía lo que quería y, en ese momento, era a él a quien estaba reclamando.

«Jacques, estoy perdido», pensó al recordar la conversación que acababa de tener con su hijo.