27
Por unos instantes, Camila contuvo la respiración. Temía que, si respiraba, Jerome fuese a desaparecer. Apenas se atrevía a moverse. No podía parar de observarlo. Estaba más delgado, su piel estaba más morena que la última vez, y su atractivo rostro estaba cubierto por su espesa barba negra.
Le recordó a cuando se conocieron en Saint-Germain.
Ella lo miraba de arriba abajo, pero no hacía ni decía nada.
Jerome no sabía lo que aquello significaba.
Cuando regresó de la guerra, su mujer, nada más verlo, se había abalanzado sobre sus brazos, pero ahora solo había quietud.
Notó cómo el corazón comenzaba a latir con más fuerza.
Se replegó. La incertidumbre se había hecho presente.
—Mamá —la llamó Jacques—, papá —dijo con una sonrisa en su aniñada cara.
Aquello la sacó de la inmovilidad en la que se había visto inmersa y volvió a respirar.
Camila movía la cabeza hacia los lados, sin poder creerse que ya estuviera en casa. Se sentía feliz de tenerlo allí y asustada. Tenían que resolver mucho entre ellos. Pero él ya había regresado. Eso era lo importante en ese momento.
—Jerome Ngona —le increpó con el dedo mientras se iba acercando a él—, no vuelvas a hacerme esto—.
«Sigue enfadada», pensó, y sus latidos se aceleraron aún más, mientras su dedo seguía apuntándole de forma acusatoria—.
¿Me estás oyendo? No vuelvas a desaparecer para dejarme sola.
— Quedaron ambos frente a frente—. Si lo vuelves a hacer, seré yo la que te vaya a buscar.
Te traeré a rastras. —Hizo una pequeña mueca a modo de sonrisa.
Le había hecho gracia su comentario, pero no dijo nada que la enfadase aún más—.
Tu sitio está aquí. Conmigo y con nuestro hijo.
—Se acercó a él y se abrazó con fuerza a su cintura.
Sonrió al escuchar esas palabras y sentir su abrazo—.
No lo vuelvas a hacer. —Soltó la manita de Jacques y la abrazó con fuerza mientras suspiraba aliviado—.
Prométeme que no volverás a desaparecer.
Sus latidos se fueron calmando.
— Zaireña , te prometo que no pienso volver a desaparecer.
Camila notó cómo todas las barreras que había levantado cuando salió de la camioneta se volvían a deshacer. El llanto volvía a surgir.
La tensión y la angustia de estos días se mezclaban con la felicidad que sentía en esos momentos entre sus brazos.
Sus lágrimas le dolieron. Sabía que la situación no había sido fácil para ninguno de los dos. Si ella desapareciera, así, sin más, se volvería loco. No quería ni imaginar lo que había tenido que pasar.
Se separó de ella. Le sonrió, tomó su barbilla y la besó. Ella se puso de puntillas y dejó que sus labios se fundiesen con los suyos.
Camila notó cómo su cuerpo reaccionaba a los besos de él.
Esta vez no solo había deseo y pasión, también había amor. Un amor que recordaba haber sentido por él desde siempre. Desde la primera vez que lo conoció.
Él notó cómo su cuerpo reaccionaba a los besos de ella. Pero necesitaba ir despacio. Aún recordaba lo que había pasado la última vez que se habían visto. Tenían muchas cosas de las que hablar. Pero por ahora, con tenerla entre sus brazos era suficiente.
Jacques se abrazó a la pierna de su padre y Alemán se rozó con él. Jerome fue consciente de que por fin había llegado a casa.
Camila, que se dio cuenta de lo que había hecho su hijo, dejó de besarlo y le sonrió, conmovida.
Jacques también lo había echado de menos.
Se apartó de él y su marido lo tomó en brazos.
Necesitaba de su padre. Ya habría tiempo para ellos dos.
Se quedó observándolos. Sintió una gran oleada de amor acompañada por la nostalgia de lo que pudo ser y ya no sería.
Se volvió a emocionar y se abrazó a su cintura.
Los cuatro se dirigieron a casa. Jacques estaba feliz y Alemán movía la cola. Se sintió afortunada, a pesar de todo.
«Gracias, por habérmelo devuelto a casa sano y salvo», le dijo a su hija mientras miraba el atardecer rojizo del cielo. «Gracias por cuidar de él».
Camila no supo cómo ocurrió. En cuanto entraron en casa, los dos se organizaron como siempre lo habían hecho. Como si nunca hubieran estado separados.
Jerome se llevó a Jacques al baño para que lo ayudara a afeitarse, mientras ella terminaba de ultimar los detalles de la cena. Anne había preparado un potaje de alubias con verduras y patatas, y quería cocer varios huevos por si la cena no tenía éxito con su hijo.
Troceó los huevos y los dejó en un plato aparte.
Puso la leche a hervir para prepararle después el biberón y puso la mesa.
Escuchó las risas de los dos en el baño y sintió curiosidad por lo que estaban haciendo.
Se asomó a la puerta y descubrió que Jerome tenía a Jacques subido al lavamanos, y que ambos tenían el rostro cubierto de crema de afeitar.
Se miraban en el espejo, muertos de risa.
Solo se les veía sus bonitos ojos azules.
Jerome, sin querer, dio un golpe al cuenco donde estaba la crema y lo tiró al suelo. Provocó aún más risas entre los dos. La poca crema que quedaba había salpicado los azulejos blancos y el suelo de cemento pulido.
Camila sonrió.
No tenía pensado limpiar aquel desastre.
—Campeón, tenemos que arreglar este estropicio antes de que venga tu madre y lo vea —dijo, bajando al niño del lavamanos.
—Ya es tarde. Lo acabo de ver. —Trató de contener la risa.
—Nos han descubierto.
Jacques la miró con cara de no haber hecho nada y señaló a su padre. Camila no pudo más y estalló en una carcajada.
—Nuestro hijo te acaba de delatar.
—Eso no se hace —le reprendió sin poder creerse lo que acababa de hacer—. Somos un equipo. Los miembros de un equipo no se delatan.
El niño se encogió de hombros mientras balbuceaba. Parecía que les estaba diciendo que eso era lo que había.
Los dos se volvieron a reír.
Jerome se lavó la cara y la crema desapareció junto con su barba. Se miró en el espejo con el rostro aún mojado y vio cómo Camila lo observaba con esa sonrisa que solía poner cuando veía algo que le gustaba.
Él le sonrió.
—Te he echado de menos —le dijo ella.
Le gustó oír aquello. Se secó con la toalla. Se giró y la miró a los ojos.
—Yo también te he echado de menos.
Dio un paso hacia ella, quería besarla y casi tira a Jacques al suelo.
—Lo siento. —Lo sujetó en brazos—. Tendremos que esperar a que nuestro hijo duerma. Cierra los ojos —le dijo a Jacques—. Voy a quitarte la crema de afeitar.
—¿Por qué no lo metes en la bañera? No hace falta calentar el agua para ducharlo. Tenemos agua caliente desde ayer. — Ella le sonrió—. Conrad me ayudó a instalar los paneles solares. Funcionan. Jacques estrenó ayer la bañera con un gran baño.
Camila, de una forma o de otra, siempre acababa sorprendiéndolo. Amaba a esa mujer.
Se arrodilló, desnudó a su hijo y lo metió dentro de la bañera. Abrió el grifo y comenzó a salir agua caliente. Se rio. Aquello era toda una sorpresa.
—¿Y tú? ¿Ya la has estrenado?
Era la sorpresa que le habría gustado darle a ella cuando regresara a casa.
—No. —Se arrodilló a su lado—. Estaba esperando a que llegases. Quiero estrenarla contigo.
Estaba claro que algo había cambiado en este tiempo. Ya no estaba enfadada, ni a la defensiva, ni había silencios incómodos. Parecía que había un acercamiento. Se aproximó a ella y la besó con suavidad en sus labios.
Camila cerró los ojos y dejó que lo besase mientras sujetaba a Jacques para que no se resbalase. Estaba deseando poder estar a solas con él. Necesitaba decirle tantas cosas.
Él también la deseaba, pero entonces, se separó de forma brusca de ella.
—¿No te huele a quemado?
—¡La leche!
Se había olvidado de que la había dejado en el fuego. Salió del baño a toda prisa, escuchando la risa de Jerome de fondo.
—Campeón, parece que tu madre vuelve a las andadas en la cocina. Estoy feliz de estar en casa.
Su hijo lo miró y lo abrazó, empapándole el pantalón.
—Feliz.
—Sí. Somos felices.
Se desnudó y se sentó en la bañera con él. Padre e hijo disfrutaron de una buena ducha de agua caliente mientras charlaban animadamente.
Esperaba poder disfrutar de un buen baño caliente con su mujer en unas horas.
Jerome la observaba mientras terminaba de preparar el biberón.
El pantalón le quedaba más ajustado que la última vez.
Había subido de peso y se le marcaba su bonita silueta.
Le gustaba lo que veía. Parecía la Camila de siempre.
La de antes de toda aquella tragedia. Aun así, no quería otra desilusión.
Iría con pies de plomo. Dejó a Jacques jugando con Alemán y se acercó a ella.
Quería saber qué había de cena, mientras la tanteaba con curiosidad.
Camila notó su presencia a su lado y sintió cómo todo su cuerpo se estremecía.
Estos días atrás había tenido la sensación de que en cualquier momento aparecería por la puerta.
Ahora que lo tenía a su lado, no se lo podía creer.
Notó el aroma del perfume que le había regalado en su último cumpleaños.
Lo miró y le sonrió. Solo se lo ponía en ocasiones especiales.
Se puso de puntillas y disfrutó de su olor en el cuello.
—Mmmm, hueles muy rico, Jerome Ngona. —Puso su mano sobre el pecho de él y lo miró de arriba abajo.
Se había puesto unos vaqueros azul marino que casi nunca usaba, una camisa blanca que resaltaba el moreno de los días de sol en la montaña, e iba descalzo, como siempre que estaba en casa.
—Estás muy guapo. ¿Alguna ocasión especial? —preguntó de un modo coqueto.
—Sí. Tengo una cita para cenar con mi mujer y mi hijo.
Camila buscó a Jacques con la mirada y rio.
—Hay alubias para cenar.
Él también se rio. Qué oportuno.
—Voy a cambiarme.
Hizo el amago de marcharse, pero ella le tomó la mano y se lo impidió.
—No, no te cambies. Me gusta verte así.