El volcán que nos silenció (Flor del Zaire 3) 26 #2
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Si eso era lo que quería su ahijado, iba a hacer todo lo posible por dárselo.

No había estado con él todo el tiempo que le habría gustado.

Louise había sido la que había asumido su cuidado en todos sus aspectos.

Había asumido el darle un hogar en el que se sintiera seguro, una familia, amor, cariño, disciplina, comida, una casa.

.. Había asumido el darle lo mejor que cualquier padre o madre quiere dar a sus hijos.

Ahora, que ya era un hombre que quería labrarse un futuro como médico, sentía que su responsabilidad como padrino era darle lo que quería.

Ahora entendía que debía ejercer como el padrino que siempre debió ser.

—Si quieres estudiar medicina, lo harás, pero me tendrás que ayudar.

—¿Estás de broma?

—No, no lo estoy. No va a ser fácil. Tendrás que ayudarme a pagar la carrera.

—Lo miraba con atención—. Tendrás que sacar buenas notas para que te bequen.

—Recordaba tener compañeros en la universidad que se la costearon con becas gracias a las buenas notas que sacaban en la carrera—.

Si fuese necesario, tendrás que buscar trabajo de media jornada para complementar los costos.

—Sin problema.

—Otra cosa. No te pido que seas el mejor médico.

Te pido que seas un gran médico. —Hubert tragó con dificultad.

Sabía la responsabilidad que tendría en sus manos si llegaba a ser médico—.

Recuerda siempre que son personas a las que estás atendiendo.

Personas enfermas que necesitan de ti en uno de los momentos más vulnerables de sus vidas.

Personas que están asustadas por la enfermedad.

Personas que no solo necesitan de tus conocimientos.

Necesitan que las trates con amabilidad y con respeto.

Si alguna vez se te olvida, recuerda lo que las enfermeras y médicos del Saint Hospital hicieron por ti y por mí después del incendio.

Cómo nos trataron. Cómo nos cuidaron. No lo olvides nunca.

Eso es lo que marca la diferencia entre médicos y enfermeros mediocres, y un gran médico o un gran enfermero.

—¿Entonces voy a ser médico? —preguntó con una sonrisa, sin poder creérselo aún.

—Si eso es lo que quieres, sí. —Le sonrió—. Ahora solo depende de ti.

El joven, emocionado, se acercó a él y lo abrazó. Jamás imaginó que su sueño pudiera hacerse realidad.

Hablaría con el coronel Mwenze. Agilizaría la recuperación de la casa de sus padres.

Ahora le debía una, y bien gorda. Hablaría con Camila y le pediría dinero.

No le gustaba la idea, pero como le había dicho a su ahijado, siempre había excepciones.

Ayudar a su familia era la única que había.

Ellos habían hecho mucho por él. Ahora se sentía en deuda con ellos.

—Así que medicina —comentó Louise cuando le contó los planes de su ahijado mientras la ayudaba a organizar la cocina—.

Sabía que la contabilidad no era lo suyo.

Gracias por ayudarlo. Nosotros no podemos darle algo así.

—Dejó de limpiar la encimera de la cocina y lo miró con una sonrisa—.

Cada vez me recuerdas más a papá —dijo con nostalgia.

—Tonterías. No me parezco en nada a él.

—Claro que te pareces. Él hizo todo lo posible por ayudar a Hubert padre y ahora tú estás haciendo todo lo posible por ayudar a Hubert hijo.

—He dicho que no me parezco.

—¿Me vas a decir qué te pasa con papá? —preguntó molesta—. Cada vez que te digo que me recuerdas a él, lo niegas. Deberías sentirte orgulloso. Fue un buen padre y un gran amigo.

—Yo no lo recuerdo así.

Su hermana lo miró con los ojos abiertos como platos.

—¿Cómo me vas a decir eso? Si eras su favorito.

Jerome se rio con jactancia.

—La favorita eras tú. Te llamaba su chica.

—Porque era la única niña de la casa. Pero entre Aurel, Samuel y tú, contigo era con el que se le caía la baba.

Era con el que tenía más cosas en común.

A los dos os gustaba hacer las mismas cosas.

Siempre te consentía. Cualquier cosa que hicieras o dijeras, aunque estuviera mal, la pasaba por alto.

—Eso no es cierto. Siempre me estaba riñendo.

—Sí, para al final no ponerte ningún castigo. —Ella negó con la cabeza—. Mamá siempre se lo decía. Le recriminaba que no fuera más duro contigo.

—Bien duro que fue cuando me mandó a estudiar a un país extranjero. Solo era un niño. Hacía poco que mamá había muerto.

Louise miró al suelo y asintió pensativa.

—Sí, es cierto. Te mandó siendo un niño, pero te mandó junto con tus dos hermanos mayores, a los que adorabas.

Sabía que estarías mejor con ellos que con él.

Papá no estaba para nadie en ese momento, Jerome.

Ni siquiera para mí. ¿Te crees que fue fácil estar en casa viendo cómo la tristeza lo consumía, sin ninguno de vosotros tres?

Él adoraba a mamá. Su parte divertida y alegre se marchó con ella.

—Se quedó en silencio—. Se volvió osco y huraño.

Fue horrible ver cómo dejaba de ser el padre que siempre habíamos tenido para convertirse en otro hombre.

Hasta Mama Koko lo amenazó. —Suspiró—. Aún lo recuerdo —Sonrió ligeramente—, le dijo que o cambiaba o me sacaría de casa y me llevaría a vivir con ella.

Él se esforzó por estar bien para nosotros, aunque nunca volvió a ser el mismo.

—Conmigo no es que se esforzase mucho —dijo enfadado.

—¡Válgame Dios, lo que tengo que oír! Contigo era con el que más se esforzaba.

Siempre que regresabais de Francia, estaba buscando cosas que hacer contigo, pero tú.

.. no sé qué te pasó. Vosotros siempre estabais juntos cuando mamá vivía, pero cuando regresaste, tú lo tratabas mal y, al final, él respondía a tus ataques. ¿Qué te pasó?

—¿Que qué pasó? Pasó que mamá murió —dijo con rotundidad—.

Pasó que él no me debería haber hecho caso cuando le pedí ir a Francia con mis hermanos.

Me debería haber ido a buscar cuando descubrí que aquel no era mi lugar.

No debería haberme dejado marchar de casa, aunque me doliera estar allí sin ella.

Papá debería haber salvado a mamá cuando le dio la crisis asmática.

Él la debería haber salvado. —Dijo con los ojos inyectados en rabia.

Se sentó en la silla, derrotado—. No pudo salvarla.

—Sé que tú estabas con ellos cuando ocurrió.

—Él asintió—. No puedes culparlo por lo que pasó.

Ella siempre tuvo problemas de asma. Esa crisis pudo con ella y murió.

Si él hubiera podido hacer algo por salvarla, lo habría hecho.

—Él asintió—. Sabes que él habría dado su vida por la de ella. La adoraba.

Volvió a asentir con la cabeza. De eso no le cabía ninguna duda. Su padre adoraba a su madre. Eso siempre lo había sabido.

—Yo también me habría cambiado por Camila con tal de que ninguna de mis chicas muriese —dijo, dándose cuenta de que tal vez sí se parecía más a su padre de lo que le gustaría reconocer.

—¿Y acaso Camila te culpa por lo que pasó?

Miró a Louise y asintió.

—Sí, me culpa por no haber salvado a nuestra hija.

Su hermana lo miró con compasión y se sentó a su lado. Le dio la mano.

—Lo siento. No tenía ni idea.

Él se encogió de hombros.

—Es curioso. Ahora que ella me culpa de la muerte de Sophie, me doy cuenta de lo injusto que fui con papá.

¿Cómo no se había dado cuenta antes?

—No te tortures. Solo eras un niño. Necesitabas culpar a alguien de lo que pasó. —Él asintió—. Solo es la vida, Jerome. Ahora ya lo sabes, y conociendo a tu mujer, estoy segura de que ella también lo acabará entendiendo.

—Eso espero, porque si no, no sé qué más hacer. Yo lo he comprendido tarde.

—No, papá no era tonto. Él lo sabía. Nunca se dio por vencido contigo. No te culpes por lo que no hiciste en su momento. Recuerda que vengaste su muerte y la de nuestros hermanos. Él estaría orgulloso de ti.

De eso era lo único que podía estar seguro en este momento. Su padre y sus hermanos estarían orgullosos de él por haber vengado sus muertes.

Paró la camioneta y respiró hondo varias veces.

Podía escuchar a lo lejos los tambores de las fiestas de Lombe.

No estaba para bailes, ni música, ni celebraciones.

Una respiración entrecortada la angustió.

Apoyó su frente contra el volante y notó cómo el llanto hacía presencia en sus ojos.

La tensión del día de ayer y la de hoy había sido abrumadora.

La camioneta era el único sitio en el que podía estar sola.

No quería llegar a casa y que Jacques notase que estaba angustiada.

La ausencia de su marido le estaba afectando más de lo que en realidad les hacía saber a los amigos que le preguntaban.

Había tratado de mantenerse ocupada. No quería sentir cuánto lo echaba de menos.

Pero después de que Estel apareciese en el hospital, ya ni eso le servía.

Se había venido abajo. No entendía el mundo. Sentía que había dejado de entenderlo.

La policía había aparecido esa misma mañana en el hospital. En lugar de detener a su marido por la atrocidad que había cometido, casi se las llevan a Marion y a ella detenidas. Solo querían proteger a Estel y a su pequeña.

Conrad y Anthony habían tenido que interceder por ellas, cuando la policía no las escuchaba. Las tomaban por unas histéricas y unas locas que habían tratado de llevarse a la niña sin permiso de sus padres.

Ese hombre las había denunciado. Hasta que Estel no habló con la policía y les explicó que les había dado permiso para que le llevasen la niña al hospital, el asunto no se resolvió.

Sentía que el mundo estaba del revés. Se protegía a quienes debían cumplir un castigo por las atrocidades que cometían y a los débiles e inocentes los dejaban desamparados en manos de sus verdugos.

Estel había vuelto a casa con él. Marion y ella insistieron en que se quedara con alguna de ellas. Pero no quería perder a sus hijos. Lo peor de todo es que ella, como madre, la entendía.

Estaba sobrepasada. La camioneta era su refugio en esos momentos.

Las lágrimas cesaron y bajó el parasol del vehículo.

Se miró en el espejo que se escondía en él y se secó las lágrimas.

Comprobó que no se notaba que había estado llorando.

Abrió la guantera, colocó su arma en la cinturilla del pantalón y se bajó de la camioneta con la botella de leche que acababa de ir a buscar a los establos.

Vio cómo Alemán salía de la parte trasera de la casa, con la correa destrozada, y se dirigía hacia ella.

Se agachó y acarició al animal mientras le sonreía.

—Tengo que buscarte una buena correa. Como sigas escapando, me las tendré que ver con Bastien. No puedo darle otra gallina.

Abrió el cuarto de herramientas que estaba al lado de la casa y buscó entre los cajones de los armarios una cuerda más fuerte que la que usaba como correa. Se agachó, el pelo le molestó en los ojos y se hizo un moño con el coletero que llevaba en la muñeca.

Encontró una cuerda que parecía resistente.

Él sonrió al verla con el trasero en pompa. Era una postura muy tentadora. Se quedó observándola para ver qué hacía. No dijo nada. Quería saber qué se traía entre manos.

—¿Crees que esta te irá bien? —le preguntó al perro mientras comprobaba la resistencia de la cuerda. No le convencía mucho. Podía hacerle daño en el cuello—. Si no te va, seguro que Jerome tiene alguna otra más fuerte y suave.

Le hizo gracia la conversación que se traía con el pastor alemán. Siguió buscando, pero no encontraba ninguna que le convenciera.

Entonces le llamó la atención la pistola que llevaba en la cinturilla del pantalón.

Ella no era mujer de armas. Se inquietó. Algo la asustaba.

—En el cajón del centro hay una que le puede ir bien —dijo él.

Se incorporó a toda prisa del susto que le dio y se giró.

Jerome estaba allí, con su hijo agarrado de la mano. No se lo podía creer.