26
La mañana se estaba presentando tranquila en el hospital.
Alguna que otra sutura. Alguna vacunación.
Un par de dolores abdominales que, con un poco de suero y medicación, habían cedido y poco más.
Estaba sentada en el despacho con Conrad organizando la ronda de los pacientes cuando Marion apareció por allí buscándolos a los dos.
—Me encanta que estéis juntos. Ya está todo aquí. Lo tuyo —Señaló a Camila—, y lo tuyo —Señaló al médico.
Se levantó de la silla, se acercó a ella y la abrazó. Hacía días que no la veía y el material que le había pedido había llegado a tiempo. Estaba contenta por partida doble.
—Eres la mejor —dijo Conrad—. No sé cómo consigues todo lo que te pedimos.
Camila decidió no decir nada. La mujer, que se sentía orgullosa por su hazaña, tampoco dijo de dónde los había sacado.
—Lo tengo en el camión. ¿Dónde os lo dejo?
—¿Te parece si dejas todo en mi camioneta? —le preguntó a Marion. Después miró a Conrad y le dijo—: Te invito a almorzar a casa si me ayudas a colocarlo. Después te llevo a tu casa.
El hombre se quedó pensativo.
—Querida, si cocinas tú, no creo que le guste mucho la idea. Dice que cocinas fatal.
—Marion —dijo el médico a modo de reproche, con el rostro bastante colorado al sentirse descubierto.
Camila se rio a carcajadas.
—Tranquilo, no eres el primero que me lo dice. —Volvió a reír—. Cocina Anne.
—Entonces acepto tu propuesta.
Los tres rieron. Tenía asumido que la cocina no era su fuerte.
Tocaron a la puerta abatible y Anthony apareció tras ella.
—Hay una mujer que pregunta por ti —le dijo a Camila—. La he pasado a la sala de curas.
—Ya voy. —Se levantó—. ¿Te encargas de subirlo a la camioneta?
—Eso está hecho. He venido con un hombre muy atractivo de tus tierras para descargarlo —le guiñó un ojo.
Metió la mano en el bolsillo de su pantalón y le entregó las llaves de la camioneta—.
Pensaba que hoy estabas en las tierras en lugar de aquí.
Me lío con tus turnos —se encogió de hombros mientras las dos salían del despacho.
—Hasta yo me lío con ellos. —Rio.
—¿Pero no los organizas tú?
—Por eso mismo. —Ambas rieron. Era un auténtico encaje de bolillos organizar a los pocos enfermeros que disponían. En cuanto Jacques cumpliese los dos años, volvería a los turnos rotatorios de noche—. ¿Almuerzas con nosotros?
—¿Comida gratis y preparada por Anne? Claro que me apunto.
—Gracias por todo.
Atravesó el pequeño pasillo que la llevaba a la sala de curas, se despidió de Marion y, tras tocar, abrió la puerta.
Reconoció enseguida a la muchacha y le sonrió.
Estel, que siempre la saludaba con una sonrisa, no se la devolvió.
Tenía el rostro desencajado y estaba a punto de echarse a llorar. Estaba temblando.
—¿Qué te ocurre? —preguntó preocupada.
Se acercó a ella en busca de consuelo y la abrazó. Ella la abrazó también, y la mujer, al notar su abrazo, comenzó a llorar.
—Llora todo lo que necesites. Estoy aquí contigo. —Su llanto no cesaba, y podía sentir su angustia. Se preocupó. No había nada físico que le indicase qué le ocurría—. Estel, ¿qué ha pasado?
—Me dijo que era una mujer impura —dijo entre sollozos—.
Que me lo tenían que haber hecho cuando era una niña para evitar las tentaciones fuera del matrimonio.
—Seguía sollozando—. Que mi familia no sabía la clase de mujer que habían criado.
—Se quedó en silencio unos instantes, como si estuviera pensando—.
¿Y si a mi niña le hace lo mismo? —Volvió a romper en un llanto—.
Tengo que volver a casa. No la puedo dejar con ella —dijo desesperada.
—Estel, ¿qué es lo que te ha hecho? —preguntó preocupada—. ¿Qué crees que le pueden hacer a tu niña?
Se estaba empezando a angustiar. La separó de ella y volvió a observarla en busca de algo que le indicase qué había pasado. Entonces lo vio. Un hilo de sangre caía por su pierna derecha. De él se había formado un pequeño charco de líquido rojo en el suelo.
La mujer se separó de ella, se levantó la falda que llevaba puesta. Camila se llevó las manos a la boca, horrorizada por lo que estaba viendo.
—¿Quién te ha hecho esto?
Sus ojos se llenaron de lágrimas, sin poder creerse lo que estaba viendo.
—Mi marido y su familia. —La mujer no paraba de sollozar.
Camila se estremeció. ¿Cómo alguien que se supone que te quiere puede dañarte de esa manera?
—Lo siento. Lo siento mucho. —La volvió a abrazar con fuerza—. Te prometo que haremos todo lo posible por aliviar tu dolor. —No entendía cómo podían hacerle eso a las mujeres y a las niñas—. Mandaré a alguien para que traiga a tu niña y esté a salvo contigo.
Si estaba en su mano, no dejaría que a la niña la tocasen.
La tumbó en la camilla, se puso unos guantes, agarró unas gasas e hizo presión para parar la hemorragia donde antes estaba su clítoris.
Jerome observaba la escena con alegría. Su hermana y su familia estaban reunidos alrededor de la mesa, después de haber comido una copiosa cena de pollo, arroz blanco, plátanos horneados y hojas de yuca troceadas.
Había decidido pasar la noche con ellos en lugar de en algún hotel de Kutu. Por primera vez en semanas probaba comida casera. Se sentía reconfortado de estar con ellos. Sabía que estaba más cerca de casa.
Miró a su hermana sentada, relajada, mientras hablaba con Julie sobre algo relacionado con la escuela.
Por primera vez, desde que volvió de la guerra, la veía más animada y menos taciturna.
Parecía que la cosecha había ido mejor de lo esperado.
Habían vendido gran parte de la yuca, el maíz y el cacahuete en el mercado de la ciudad, varios días atrás.
Sus dificultades económicas no se habían resuelto del todo, pero podrían tirar durante medio año en cuanto vendiesen lo restante de la cosecha.
Se alegraba por ellos. Habían sido tres años muy duros. Parecía que empezaban a ver la luz.
La pequeña Marie comenzó a llorar y Albert, que la tenía en brazos, se la entregó a Louise. La pegó al pecho y comenzó a mamar. Sonrió. Pensó en Jacques y en Camila. Se preguntó si estarían en casa. Notaba que, a medida que se iba acercando a Lombe, la incertidumbre iba creciendo.
Sintió una presión en el pecho. Su corazón latía más fuerte y más rápido.
Se levantó de la silla. Necesitaba tomar aire. El ambiente en la casa estaba caldeado, y el picante del moambe no ayudaba a relajarse.
—Padrino —Hubert y Tierra habían salido tras él—, ¿te puedo hacer una pregunta? Espero que no te moleste.
—Claro. Paseemos.
Se agachó, acarició a la perra y le invitó a ir con él con un leve gesto de cabeza. Necesitaba despejarse. Se pondrían al día. Desde que fue el funeral de Sophie no lo había vuelto a ver.
—¿Sabemos algo de la casa de tus padres en Kinshasa?
Le resultó extraño que su ahijado le preguntase sobre eso. ¿Qué interés podría tener?
—No, aún no. ¿Por qué lo preguntas?
—Por saber.
—Hubert —Lo miró a sus ojos negros—, si haces esa pregunta y te contesto es porque confío en ti. Eres un hombre de diecinueve años. Me gustaría saber por qué lo preguntas. Quiero que confíes en mí.
—Me gustaría seguir estudiando. Lo que quiero estudiar está en la capital. Le pregunté a Louise si podría seguir con mis estudios. Me dijo que, tal y como está la situación económica, no podía costearlo. Si os devolvían la casa y la vendíais, ella no tenía problema en pagar mis estudios.
—¿Y por qué no me lo has pedido? Camila y yo te podríamos ayudar.
—Porque sé que no sería con tu dinero. Es el de tu mujer. Sé que estás haciendo todo lo posible para ser tú el que mantenga a tu familia. Los dos estáis en la misma situación.
Sonrió.
Su ahijado ya no era ese adolescente despistado de hace unos años. Ahora tenía ante sí a todo un hombre que prestaba atención a las conversaciones de los adultos.
—Es cierto, estoy haciendo todo lo posible por ser yo el que mantenga a mi familia. Soy el hombre de la casa. Para según qué cosas, hago excepciones. Tú eres una buena excepción, Hubert. ¿Qué te gustaría estudiar?
—Contabilidad.
—¿Contabilidad? —No lo imaginaba detrás de un escritorio—. ¿Estás seguro?
—Bueno, sí. Es lo mejor.
—¿Lo mejor para qué?
—En el instituto nos han dicho que las empresas grandes de Kinshasa contratan gente que maneje bien las finanzas. Si estudio contabilidad, tendré más opciones para encontrar un trabajo. Es lo más seguro económicamente.
—Entiendo. —Los problemas económicos de estos últimos años habían pasado factura a todos.
Hubert no quería volver a pasar por algo así—.
Si supieras que a lo que te gustaría dedicarte va a cubrir todas tus necesidades.
Que vivirías bastante holgado a nivel económico. ¿Qué te gustaría estudiar de verdad?
—Mmmm. Alguna vez lo he pensado. —Se quedó en silencio—. Me gustaría dedicarme a lo que hace Declan.
—¿Quieres ser sacerdote?
Se rio a carcajadas.
—¡Nooo! Me gustan mucho las chicas. No voy a renunciar a ellas.
Jerome suspiró aliviado y se rio con él.
—Me gustaría ayudar a la gente.
—¿Y cómo te gustaría ayudarla?
—Es que es imposible, tal y como están las cosas.
Entendía que el muchacho fuese incapaz de ver más allá de lo que era posible.
—Imagina que es posible. —Notaba cómo a su ahijado le costaba decir lo que le gustaría hacer—. Imagina a lo grande.
—Me gustaría ayudar como médico. —Eso sí que era más propio de él—. Pero las condiciones económicas no ayudan. Es imposible.
—¿Estás seguro de que ser médico es lo que quieres?
—Claro que sí.
El joven asintió. Sus ojos brillaban de emoción solo de imaginarlo.
Frunció el ceño y los labios.