El volcán que nos silenció (Flor del Zaire 3) 25 #2
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Los tres se rieron. Sabían que tenía razón. Camila generaba ese efecto.

—Será una mujer excepcional si ha conseguido que tu recompensa se la dones a ese hospital.

—Lo es —dijo Jerome—. Es excepcional y preciosa.

Tenía ganas de estar en casa.

El príncipe levantó la cerveza que tenía en la mano.

—Un brindis. Por las mujeres bellas y excepcionales que nos hacen cometer locuras —dijo, mirando a André.

André se rio de buena gana. Si Edmund supiera que a él muy pocas mujeres le hacían cometer locuras, habría cambiado el brindis.

—Por ellas —dijeron al unísono, mientras levantaban sus cervezas y chocaban las botellas.

—Olivier, ¿dónde vas a ir ahora? —preguntó André, tras apurar el brindis.

—No lo sé. Hoy nos marchamos. —Miró a Edmund—.

La gente está preguntando por algunos hombres que deberían haber bajado de las montañas hace unos días y no lo han hecho.

Imagino que son los que están inmovilizados allá arriba.

No quiero estar cuando lleguen a Ruhengeri.

—En ese momento, llamaron a la puerta, y los cuatro se miraron.

Sabían quiénes eran—. Si quieres saber de mí, tendrás que leer mis artículos.

—Se levantó de la silla y abrazó a su hermano, que también se había levantado al escuchar la puerta—.

Gracias por todo. Dile a mamá que estoy bien, que no se preocupe por mí.

—Ninguno sabía si aquel sería el último abrazo que se darían o si tendrían otra oportunidad de verse—. Te quiero.

—Me cago en la puta. Yo también te quiero.

Jerome, al igual que Edmund, sonrieron con pena ante la despedida de los hermanos. Allí, una vez más, se bifurcaban sus caminos. Sintió la tristeza de sus amigos.

Volvieron a tocar.

Abrió la puerta y dos hombres de las FARDC estaban ante ellos, con la clara intención de llevárselos retenidos de nuevo. Solo hacía cinco horas que habían avisado al coronel Mwenze de que tenían los documentos de Dengo.

André y él volvían a casa.

Camila observaba cómo Jacques dormía a pierna ancha sobre el heno y la manta que Bastien había traído del cuarto de aperos, y acarició a Calabaza en la cabeza. De forma ocasional, salía algún eructo de la boca del animal, pero nada que indicase una mejora clara. Empezaba a preocuparse.

La habían levantado en varias ocasiones. El movimiento ayudaba a soltar el gas acumulado. Pero ahora se había vuelto a tumbar. Prepararon otro litro de cerveza, sabiendo que sería la última oportunidad del animal.

Rezó a Dios para que saliera adelante.

—Venga, Calabaza. Tienes que soltar todos esos gases que tienes ahí dentro. Verás cómo te alivias. —El hombre se rio mientras se levantaba del suelo e intentaba incorporarla de nuevo—. ¿Qué te hace gracia?

—Tú me haces gracia. Me hace gracia cómo le hablas al animal. Le hablas como si creyeras que te entendiera.

Ella sonrió.

—¿Acaso no me entiende? —Los dos se sonrieron por la broma. Ella se levantó y lo ayudó a empujar a la vaca—. Calabaza, tienes que ayudarnos. Levanta ese trasero del heno. Necesitamos que te pongas en pie y des un pequeño paseo.

Bastien sonrió por el comentario y el animal mugió, como si aquello le supusiera un tremendo esfuerzo.

—Venga —la imitó el hombre—. Sé que duele, pero si conseguimos que se muevan esos gases, saldrás de esta.

—Pareció que la vaca lo entendía, porque se puso de pie y soltó un eructo más grande que los anteriores.

Los dos se miraron con esperanza—. ¿En serio vas a hacerme caso?

—Volvió a mugir y a soltar otro eructo. Los dos rieron—.

Me vas a hacer quedar en ridículo ahora que me he reído de ella por hablar contigo como si fueses una persona.

La vaca volvió a mugir y a eructar.

Camila rio, sin ser consciente de que acababa de despertar a Jacques.

—Creo que tu voz grave y varonil le gusta más que la mía —dijo bromeando.

—Ha sido casualidad. —Le quitó importancia

—Vamos —le dijo, tirando de ella, pero no se movió.

—Vamos —le pidió él. Como si solo a sus órdenes hiciera caso, la vaca comenzó a caminar—. No puede ser.

Los dos reían a carcajadas. La tensión y la preocupación se relajaron por unos instantes.

Salieron del establo y Calabaza comenzó a eructar de forma repetida. De repente, levantó el rabo y comenzó a defecar y a expulsar gases de forma intercalada. Aquella mezcla hacía que el ambiente apestara.

—Fos, caca —dijo Jacques, que con el alboroto de las risas y la vaca los había seguido.

—Mi vida, ven con mamá. Siento haberte despertado. —Su hijo la miraba con carita de sueño—. Y sí, huele muy mal, pero parece que Calabaza se acaba de curar.

Dejaron que el animal caminara libre por las tierras, expulsando todo lo que tenía que eliminar de su aparato digestivo. Mientras, Camila la observaba, contenta de que el ternero tuviera de nuevo a su madre recuperada. Feliz, acunaba a Jacques para que se volviera a dormir.

Miró la luna, que estaba a punto de volverse oscura, y pensó en cuántas cosas habían pasado en estas cuatro semanas. Tenía la sensación de que había transcurrido mucho más tiempo del que en realidad había pasado.

Observó a Bastien guardando al resto de las reses en el establo y pensó que aquello no debería ser así. El que debería estar allí era Jerome, y no él. Lo echaba de menos. Necesitaba que volviera pronto a casa. Parecía que hacía una eternidad que no se veían.

Suspiró. «En realidad había sido más tiempo», se dijo.

«Dejé de verlo cuando Sophie murió. Por eso me parece una eternidad».

Cerró los ojos y unas lágrimas cayeron de ellos.

«Vuelve a mí. Te estoy esperando».

Se secó las mejillas al escuchar que el hombre se acercaba a donde estaba.

No quería que la viera llorar. Había hecho mucho por ellos.

No solo se había encargado de las tierras y de Calabaza, también se había encargado de Jacques y ella.

A primera hora de la mañana acudía a su casa para comprobar que habían pasado bien la noche.

Su excusa era tomarse un café antes de subir a los cultivos.

Cuando terminaba de trabajar, volvía a pasar por su casa con la excusa de hablarle de las novedades que había habido en las tierras.

Quería comprobar que habían pasado bien el día.

Era un buen hombre. No se merecía la fama de huraño que se había ganado.

—¿Nos vamos a casa? —le preguntó él—. Calabaza ya está a buen recaudo en el establo.

—Sí, nos vamos a casa. —El hombre, que sabía cuánto le pesaba el niño en brazos, lo tomó y terminó de dormirlo mientras se dirigían a la camioneta—.

Gracias, Bastien. Has sido de gran ayuda.

Sé que no solo te quedaste aquí arriba por Calabaza.

Te lo agradezco. Estos días me he sentido muy cuidada por ti.

El hombre carraspeó.

—No sé de qué me hablas —dijo con una pequeña sonrisa.

Ella sonrió y no dijo más.

El coronel Mwenze los miraba con atención para después volver a posar su mirada en los documentos.

—¿Están seguros de que estos son todos los documentos que tenía el general Dengo guardados? —preguntó decepcionado, tras revisarlo uno por uno con interés.

Los comandantes, que estaban de pie ante su bonita mesa de madera noble, se miraron de reojo, sabiendo que una parte de ellos estaba hecha cenizas en las montañas Virunga.

—Sí, mi coronel —comentó André—. Son todos los documentos que encontramos. ¿Esperaba encontrar algo más?

Jerome sonrió para sí. Él habría hecho la misma pregunta. Parecía que el coronel esperaba algo más en aquellos papeles.

—Si le soy sincero, sí. Esperaba poder entregarle a Kabila más dinero del que aparece en estos documentos.

Ahora falta comprobar que ese dinero esté donde estos papeles dicen que está.

—Los miró con detenimiento—. Pero eso ya no les compete a ustedes.

—Sonrió—. Muchísimas gracias por los servicios prestados al gobierno.

Comandante Kahenga tiene permiso de una semana por todas las molestias que ha tenido.

Puede retirarse. Comandante Ngona, usted aún no se retire.

Los dos hombres cruzaron una mirada de preocupación antes de que André saliera del despacho.

—Le recuerdo que soy excomandante —dijo Jerome en cuanto oyó cerrarse la puerta.

El militar sonrió.

—De eso quería hablarle. Siéntese. —Hizo un ademán con la mano, invitándolo a ocupar la silla frente al escritorio—. Ustedes dos han hecho un trabajo excepcional. Como siempre. Hacen muy buen equipo. Podría decir que son de lo mejor que tiene la FARDC.

—Le recuerdo que no formo parte de la FARDC —lo interrumpió.

—Lo sé, comandante. Aunque se empeñe en decir que no forma parte de esto, no deja de hacer justo lo contrario.

—Rio—. Acaba de conseguir unos documentos muy preciados para el gobierno de nuestro país.

Aunque lo niegue, es uno de los nuestros.

Sus dotes de mando y liderazgo son de las mejores que he tenido bajo mi supervisión.

El hombre se levantó de la silla y comenzó a pasear.

—En estos momentos necesitamos a los mejores, comandante.

Ruanda y Uganda nos están presionando. Nuestro ejército no está preparado todavía para hacer frente a una ofensiva.

Aún somos unos guerrilleros de la selva a quienes les ha venido grande formar parte de las Fuerzas Armadas de la República Democrática del Congo.

Sé que con usted liderando alguna unidad, nuestro ejército tendría más probabilidades de éxito.

Quiero que vuelva. Quiero que comande, junto con el comandante Kahenga, el Camp Tshatshi.

Cada uno con una unidad, como cuando estábamos en Rutshuru.

Las unidades Delta Norte y Delta Sur han sido las mejores que ha tenido la Alianza.

—Sonrió—. Y sé por qué es. Ustedes dos son auténticos militares.

Como yo, fuimos formados en las mejores academias del extranjero y del país.

Quiero darle a nuestro ejército orden, disciplina, mando, autoridad, entrenamiento, liderazgo. .. Quiero que forme parte de la FARDC.

No se podía creer que le estuviera pidiendo volver.

—Lo siento, coronel. Aunque me siento reconocido y agradecido por sus palabras, ya no formo parte de esto.

—Es una pena. —Se volvió a sentar en su silla—. Tendrá a su disposición un helicóptero que lo dejará en la base militar de Bandundu. De allí, un vehículo lo llevará hasta su casa. Es lo menos que puedo hacer después de todas las molestias. Puede retirarse.

—Coronel.

Se cuadró ante él, como cuando era su superior, y se giró sobre sus talones.

—Ngona —le interrumpió antes de que abriese la puerta—. Le recuerdo que suelo conseguir lo que quiero —dijo, señalando los documentos—. Quiero lo mejor para mi país. Piénselo, las puertas de la FARDC siempre estarán abiertas para usted. Buenas noches, comandante.

—Buenas noches.

Cuando el excomandante cerró la puerta, el coronel abrió el cajón superior derecho de su noble escritorio y sacó la carpeta que tenía guardada allí.

La abrió. Dentro, estaba la fotografía que lo había puesto sobre la pista de los documentos de Dengo.

La colocó sobre la mesa y pensó si unirla al resto de la documentación que entregaría al presidente Kabila.

La observó con detenimiento, tratando de dilucidar por qué, para Dengo, aquella fotografía era tan importante.

La giró, y la fecha 16 de agosto de 1996 aparecía en su reverso.

Cerró la carpeta, sabiendo que, tarde o temprano, lo descubriría.

La volvió a guardar en el cajón superior derecho de su escritorio de roble.

Esperaría a descubrir más antes de entregarla al presidente.